El caso es que Berlusconi llegó hasta el final de la partida y terminó ganando la mano con la que se lleva, de momento, la mayoría de fichas del tapete. El otro tahúr que tenía ahora enfrente era su aliado de los últimos tres lustros y de un tiempo acá rival, Gianfranco Finni.

EL MUTANTE FINNI

Este personaje, ahora pregonero y adalid de una derecha italiana moderna (?), resulta un maestro de la volubilidad política. Criado a los pechos de Giorgio Almirante, durante décadas el depositario indiscutido de la herencia mussoliniana, Finni consiguió transformar la nostalgia imposible del fascismo en un club político de laboratorio llamado Alianza Nacional.

Se enganchó al carro de Berlusconi a mitad de los noventa, al darse cuenta de que el mal olor que se desprendía de sus suelas políticas exigía más tiempo y adicionales capas de pintura para anclar el olvido. Pero tuvo que tragarse el sapo de admitir en ese gran pacto de la nueva derecha a los arribistas, xenófobo y asaz atrabiliarios de la Liga Norte, quienes presumían de hacer jirones el discurso de su sacrosanta unidad nacional. Con ese panorama, Finni suplantó la identidad neofascista por la del neoliberalismo rampante de final de siglo.

Ese triunvirato de la Roma moderna, compuesto por Berlusconi, Finni y Bossi, tuvo a gala enterrar la Segunda República, sin ser capaces de alumbrar la Tercera. En su lugar parieron un monstruo político que ha ido apareciendo más patético a medida que se demostraba la falacia del propósito.

Finni fue el primero en darse cuenta de que el experimento no daba para más. Ya intentó hace tiempo desbaratarlo, cuando Berlusconi hincó por primera vez la orilla en la arena. Pero la fórmula volvió a recomponerse, bien que retocada, al darse cuenta el «modernizador» que sin el concurso del magnate mediático nunca sería primer cónsul.

Cuando hace dos años estalló esta especie de crisis de civilización capitalista y la catadura de Berlusconi empezó a resquebrajarse, Finni creyó oportuno dotarse de un nuevo camuflaje para seguir aspirando al poder. Su futuro político pasaba por liquidar el triunvirato y presentarse como la solución moderada, unitaria, moderna y necesaria en los tiempos convulsos de un país a la deriva. Ese es el sentido de su operación de derribo de Berlusconi, escenificada con ribetes tan propios de opereta. El primer ministro tenía la crisis donde quería: en el terreno ambiguo de los trágico y lo bufo. «Derribar el gobierno sin alternativa sólida es una locura», dijo en el Parlamento. No le faltaba razón.

Pero como decía hace un mes uno de los seguidores de Finni al corresponsal de LE MONDE, en esta ocasión «la ruptura de Gianfranco con Berlusconi no era sólo política, sino también sentimental». Como le pasó a Bruto con César.

EL CIRCO POLÍTICO

Finni creyó contar con la connivencia de suficientes diputados del partido del primer ministro. Pero se confió, o menospreció a Il Cavalieri, quien hacía el mismo juego a la inversa, reclutando traidores a Finni detrás de las columnas. Llegado el momento de la verdad, el líder de esa derecha que se proclama de futuro hizo acudir al hemiciclo a dos de sus correligionarias prácticamente rompiendo aguas -una en ambulancia, otra en silla de ruedas-, porque no podía prescindir de sus votos. Debió darse cuenta de su fracaso antes de producirse, porque durante la votación se le vio enganchado de nuevo a la nicotina, después de haber dejado de fumar hace un año. Anécdotas, éstas dos últimas, leídas esta semana en THE ECONOMIST, la biblia periodística del liberalismo, incapaz de digerir la excepcionalidad italiana.

A este punto hemos llegado. Con un primer ministro convertido en héroe de telefilm de serie B, al que ya veíamos en la pantalla con la soga al cuello, salvándose en el último minuto, como lo haría un forajido osado en uno de esos western spaguetti. Es decir, repartiendo el botín entre los renegados de una banda rival. No es raro que sus señorías se agarren a trompadas en el Parlamento, como gustan decir sus herederos argentinos. Ganas no faltaron tampoco este martes de emular ciertas prácticas gladiadoras.

A estas alturas, la Italia de Berlusconi se parece casi como dos gotas de agua a sus televisiones. No sólo por la materia de la que están hechos sus espectáculos, sino también por los juegos malabares de disimulo sobre el control de sus activos. Los enredos de los últimos días mantienen a Berlusconi como primer ministro, pero se ignora de qué depende la estabilidad del gobierno. En otras palabras, se desconoce el alcance de las promesas hechas por el Presidente del Consejo para lograr que ciertos diputados se vieran asaltados por repentinos cambios de juicio. «Una situación ridícula por no decir trágica, en detrimento de los italianos» como sentenciaba lúcidamente LA STAMPA de Turín.

E LA NAVE VA

En Italia hemos visto de todo. No sólo con Berlusconi en el timón de la nave, que va, por ahora va. Aunque ya nadie puede asegurar cuán lejano se fía ese destino. Antes acontecieron otros diluvios que dispararon los peores augurios sobre la salud pública. Y, sin embargo, surgieron siempre arcas de Noé que pusieron a salvo ciertas especies capaces de garantizar la supervivencia de la fauna política. Si no se puso a buen recaudo la integridad, si al menos los reflejos de la clase política.

Después de la escena teatral, remake del exordio de Cicerón al patricio Catilina, desenmascarando su complot para derribarlo (¡Hasta cuando Catilina abusarás de nuestra paciencia!), no debe descartarse una nueva reconciliación. Nada complacería más al político milanés que otro ejercicio de humillación de su antiguo aliado, mediante la renovación del juramento de vasallaje: eso sí, convenientemente maquillado.

La oposición -la izquierda moderada, la sociedad laica, la Italia más decente- continúa buscándose a sí misma y pagando culpas en un purgatorio tan exigente como el de Dante. Algunos grupos de jóvenes salieron a la calle para protestar. Pero la mayoría de la población parece asistir impávida a una decadencia interminable y teatral.