No sorprende que el Presidente muestre una contumacia digna de mejor causa afirmando, por enésima vez, que nada le va a hacer cambiar de política. Como si fuéramos almas condenadas al fuego eterno se empeña en que abandonemos toda esperanza de redención y salvación. En el fondo busca transmitir a la ciudadanía que se saldará siempre con frustración cualquier iniciativa de la oposición o de movilizaciones en la calle que demanden un cambio de rumbo. El drama es que esa política, que ni se ha querido ni se quiere cambiar, está cambiando al país. No hace falta decir que sensiblemente a peor. Y los que a todas luces están siendo retrocesos históricos, desde los sociales hasta los laborales, pasando por los económicos y llegando hasta los culturales, se presentan como logros en positivo que, en palabras de la señora Cospedal, están “sacando a España adelante”. Que los españoles vayamos hacia atrás es irrelevante.

De entre los muchos ejemplos de cómo los retrocesos en las condiciones de vida y de trabajo de millones personas se convierten en éxitos en boca del portavoz gubernamental de turno, valgan las declaraciones de la Ministra de Empleo sobre el balance de la reforma laboral. Dejo para mejor ocasión lo de la reforma de las pensiones, pues merece más amplio espacio comentar el anuncio de una nueva fórmula para su revalorización que, inevitablemente, va a suponer pérdidas continuas de poder adquisitivo, muy probablemente al menos en cada uno de los próximos cinco años, y que para la ministra significa dar “confianza, certidumbre y tranquilidad”. ¡Qué cosas hay que oír!

En cuanto al balance de la reforma laboral produce sonrojo presentarlo con un tono tan triunfalista, como si se pretendiera hacernos creer que el problema del paro está, gracias a tal reforma, poco menos que en vías de solución. Se congratula la ministra de que disminuye el ritmo de destrucción de empleo, a pesar de saber que en un sólo año ha aumentado en 650.000 el número de parados. Se ufana de que ha mejorado la flexibilidad e incrementado la competitividad de las empresas, pero omite a costa de qué y de quiénes. Porque lo cierto es que la reforma laboral ha supuesto un impulso a los despidos individuales y colectivos, esto es, todo lo contrario de lo que se dijo cuando se promulgó. Los datos oficiales es que los despidos colectivos han crecido el 2,1%. Y dicen también que las medidas de flexibilidad interna, otro de los teóricos objetivos de esta penosa reforma, han retrocedido un 20% en el caso de las suspensiones del contrato y casi un 15% en las reducciones de jornada, cuando en ambos casos se pretendía que sirvieran para evitar las rescisiones de los contratos, esto es, los despidos. En lo referente al aumento de la competitividad también se ha omitido dar datos como, por ejemplo, que los costes laborales unitarios han disminuido más de un 5% en un sólo año. Explica otro dato como el de la sensible mejora que se está produciendo en los beneficios empresariales. Sin pretensión de generalizar y sin ignorar problemas reales en una serie de empresas, es bastante ilustrativo que la patronal bancaria reconozca que en el primer semestre de 2013 los beneficios en el sector han aumentado ¡un 67%! respecto del mismo semestre de 2012.

El balance real de la reforma laboral es que no sólo ha fracasado en la creación de empleo; es que ha contribuido al empobrecimiento de millones de personas, a la potenciación de las desigualdades y al aumento del poder empresarial sobre sus asalariados, a los que ya es de uso cotidiano modificarles arbitrariamente sus condiciones de trabajo y sus retribuciones, gracias a las posibilidades que para ello abre la reforma. Porque, aunque nunca se reconocerá, esos eran los verdaderos objetivos para, efectivamente, ver mejorar la competitividad a costa de los trabajadores. El hastío aparece por tener que escuchar tanta palabrería para encubrir esto que resulta tan obvio y que, con lenguaje más claro y directo, no es más que una forma de incrementar su explotación.