¿Qué otras pruebas necesitan nuestros gobernantes para constatar lo equivocado de sus estrategias? ¿Son incapaces de leer la realidad tal y como se manifiesta ante sus narices? ¿Lo saben y perseveran por pura indolencia? ¿Pretenden seguir aprovechando la desgracia de los más para agrandar la ventaja de los menos? ¿O es que no se les ocurre nada? Resulta desesperante comprobar cómo la nave mantiene las velas completamente desplegadas y el rumbo fijo hacia el precipicio, sin que nadie reaccione adoptando decisiones para evitar la desgracia. La receta del Gobierno español consiste en “perseverar en las reformas”. ¿En las “reformas” que nos han traído hasta aquí?

Es evidente que en un contexto de crisis grave como el que atravesamos no puede reclamarse todo a la vez. Hay que priorizar, elegir, decidir. En esto consiste la política y el liderazgo. ¿Qué es ahora lo más importante? Algunos decimos: el empleo y el combate a la exclusión social. Otros dicen: el control del déficit, la reducción de la deuda, mantener la inflación a raya. ¡Claro que todos queremos unas cuentas equilibradas! Pero si toca elegir entre unas cuentas niqueladas a corto plazo y la supervivencia de millones de personas en este instante, la prioridad es indudable.

Aún más nítido: si el coste de iniciar la recuperación del empleo y la lucha contra la pobreza consiste en que el déficit vuelva temporalmente a los dos dígitos, que la deuda pública supere el 100% del PIB o que la inflación pueda escalar un tiempo por encima del 4%, merece la pena. Y merece la pena porque el objetivo primario debe ser salvar del agujero negro de la recesión, la quiebra social y el empobrecimiento severo a la sociedad española. Así lo han entendido en los Estados Unidos, que no tienen precisamente unas cuentas presentables, pero cuyas instituciones, cuyo Gobierno y cuya Reserva Federal han sabido interpretar debidamente las prioridades de su población: primero, el empleo; después, los equilibrios monetarios.

¿Qué medidas concretas se pueden adoptar? Ahí van tres. Primero, un Plan de Estímulo Público para el Crecimiento y el Empleo. Si el Banco Central Europeo atendiera antes a los objetivos de la población europea que a los intereses de los banqueros centroeuropeos, podría abrir una línea de crédito generosa hacia el Banco Europeo de Inversiones y los bancos centrales de los Estados con la que financiar grandes iniciativas públicas de inversión. Planes de remodelación urbana y de rehabilitación de viviendas, planes de mejora en las plataformas logísticas para el transporte de mercancías, planes de explotación eficiente de las energías renovables, planes de innovación en sectores industriales con grandes potencialidades, como la industria agroalimentaria, la automovilística, la aéreo-espacial, la cultural…

Segundo, una nueva legislación laboral que promueva la contratación y el mantenimiento del empleo antes que el despido. Premiar reglamentaria y fiscalmente el incremento de las plantillas y no su destrucción. Estimular la búsqueda de la competitividad por vías alternativas a la descapitalización humana. Incentivar el reparto del trabajo. Alfonso Guerra acaba de reabrir el debate sobre las jornadas de 32-35 horas de trabajo semanal. No puede ser que cada vez haya más personas sin empleo mientras los empleados han de incrementar sus horas de trabajo, con grave coste para la conciliación de su vida personal. Si se establece legalmente a escalas globales, este puede ser un camino por explorar.

Y tercero, un Plan de Coberturas Sociales que bloquee el empobrecimiento de amplias capas de la población y la exclusión social de cientos de miles de personas. La introducción de una Renta Básica de Ciudadanía a escala europea para garantizar unos mínimos vitales a todos los ciudadanos no solo sería viable y justo, sino que supondría una inyección de consumo y reactivación económica muy considerable. Su financiación debería proceder de una reforma fiscal valiente y común en el continente, que grave con suficiencia los grandes patrimonios, las rentas del capital y las transacciones financieras especulativas.

¡Claro que hay alternativas! ¿Qué es lo que impide su aplicación? La falta de determinación y de ideas de quienes nos gobiernan. Y Europa, desde luego. Pero si el Gobierno alemán, la Comisión Europea y el Banco Central Europeo persisten en esta estrategia de estrangulamiento para las sociedades del sur, quizás vaya siendo hora de decir Basta. Puede que haya llegado el momento de constituir un frente de exigencia y de bloqueo en el sur de Europa. Este club no puede seguir funcionando como si los únicos intereses por atender fueran los de Merkel y compañía. O cambian las prioridades y cambian las políticas, o se cuestiona el modelo y comenzamos a buscar otros socios y otras alternativas…

Podemos pensar en un futuro sin dependencias suicidas respecto a los Merkel-Rehn-Draghi de turno. La única alternativa imposible es la seguir como estamos. Porque hoy son seis millones, y mañana serán siete, y pasado ocho…