La izquierda ofrece respuestas más complejas, y a la vez más confusas para la opinión pública. Se habla de políticas de crecimiento, de la cohesión social imprescindible, de la fiscalidad progresiva, del impulso a la unión económica europea, de un nuevo modelo de desarrollo basado en la innovación, el conocimiento y la sostenibilidad… Sin embargo, sin renunciar al pensamiento complejo, la izquierda debe formular su alternativa con más eficacia comunicacional. Solo saldremos de la crisis con iniciativa pública, con mercados regulados y con sociedades justas, lo que implica garantía de derechos sociales y una fiscalidad coherente.

Pero la izquierda no ha de renunciar a los dos conceptos que maneja la ortodoxia liberal. La austeridad y la competitividad no son realidades de una sola interpretación. La derecha interpreta la austeridad como un mandato para el recorte rápido y contundente del gasto público. La izquierda defiende la austeridad como el esfuerzo para el gasto eficiente, acomodando las cifras y los plazos a la consecución de los objetivos estratégicos. La austeridad no es un fin en sí mismo, sino una herramienta para un propósito mayor: la estabilidad necesaria para unas cuentas que han de responder a largo plazo al interés común.

Hasta hace bien poco, la competitividad era un término más conflictivo para la izquierda. A menudo se percibía antes como una coartada falaz para el recorte de los derechos laborales que como un instrumento de eficiencia económica. Pero al igual que no existe una sola interpretación de la austeridad, tampoco hay una sola competitividad. ¿Existe, por tanto, una competitividad de izquierdas?

Existe, y dos artículos recientemente publicados en nuestro país contribuyen a aclarar sus contenidos: “El mito de las reformas en Alemania”, de Holm-Detlev Kohler (El País, 4 de enero), y “¿Es la competitividad de izquierdas?”, de Pedro Saura (El País, 7 de enero).

La gran referencia es Alemania y su éxito en materia de empleo. Los alemanes sufrieron una recesión brutal en el año 2009, con una caída del 5% del PIB. Después se recuperaron, pero en el último trimestre de 2012 han vuelto al crecimiento negativo. Sin embargo, a pesar de estos vaivenes macroeconómicos, todos reconocen la fortaleza competitiva de la economía alemana y todos constatan cómo resiste su empleo. El paro no llega al 7% y acaban de alcanzar el récord histórico de 41,5 millones de trabajadores.

La paradoja consiste en identificar la ideología derechista y neoliberal del Gobierno alemán, al tiempo que se reconoce a la sociedad alemana una estructura económica y laboral progresista. Es decir, la economía alemana resiste a pesar de Merkel.

¿Dónde están las claves? Estos artículos las desvelan. Alemania no se dejó deslumbrar históricamente por los cantos de sirena de la terciarización y la financiarización de la economía, sino que consolidó la hegemonía industrial. No se adentra demasiado en el pantano de los nuevos y extravagantes sectores de actividad económica, sino que apuesta por una industria de intensidad tecnológica media. No liberaliza sus mercados, sino que los somete a densas y clarificadoras regulaciones. No baja los salarios, sino que los aumenta prudentemente (más de 1% en 2012) a fin de consolidar el consumo interno (más de 0,8% en 2012).

Alemania no resta influencia a los sindicatos, sino que les concede una alta participación en la planificación y en la gestión de las empresas. Estas empresas no banalizan el compromiso de los empleados, sino que buscan su formación permanente y su implicación colectiva. Por eso no acuden al despido como reacción ante los primeros síntomas de la crisis, sino que encuentran alternativas en el reparto de los tiempos de trabajo, con el acuerdo sindical y el apoyo público.

Tampoco se trata de idealizar el modelo laboral alemán, que tiene también sus flancos débiles, en la proliferación de los ‘minijobs’ y los contratos de tiempo parcial, por ejemplo, pero sí supone una buena pista de por dónde debe apuntar una alternativa progresista para la organización de una economía de mercado con alta ocupación y derechos laborales razonables.

Hay otros factores que coadyuvan en la mejora de la competitividad, como la mayor dimensión de las empresas y su internacionalización. También deben ser objeto de análisis y desarrollo.

La competitividad importa al crecimiento y al empleo. Por tanto, la competitividad también es cosa de la izquierda. No lo olvidemos.