Lo primero que impresiona de “Hijos del árbol milenario” es su sólida construcción intelectual, algo no ya tan usual en nuestro panorama narrativo. Es la novela de una realidad (medio siglo de la vida de Euskadi) vista, pensada y sentida por sus protagonistas, una novela cuya principal clave es la de la mirada del otro, la del pensamiento y el sentimiento del otro, ese camusianismo intelectual que está en la base de la obra y que, diría, la llena de observación a la vez que de piedad.

El ámbito temporal y territorial de la novela es terrible: la Guerra Civil, la dictadura franquista y la acción de ETA en ese País Vasco donde tan exageradamente tremendos fueron Guerra, dictadura y terrorismo. Y, sin embargo, la vida siguió porque la vida, al final, sigue siempre, esa vida que rastrea María Jesús Orbegozo en toda su complejidad histórica y humana: las familias industriales de las ciudades o los pueblos industriales, las familias campesinas de los caseríos perdidos entre valles, el abogado socialista que procede de una familia campesina y va a dar en unas industrial; las generaciones que muestran distintas edades y que van pasando enseñándonos cómo el devenir de la vida nos cambia; los carlistas que abundaban, los nacionalistas que sobre ellos fueron ensanchando su base, los abertzales que crecieron en el matar al padre nacionalista que había sido pasivo ante la dictadura, los socialistas, el clero poderoso y muy involucrado en la vida y las aspiraciones de la gente, la inmigración que llegaba con sus costumbres distintas, su música distinta, su visión distinta de las cosas, los vasco parlantes del campo y el mar que fueron ensanchando su base en las capas medias como reacción a la represión.

Es “Hijos del árbol milenario” un friso muy completo de la sociedad vasca de casi medio siglo, del devenir diario de esa sociedad que, como todas las sociedades, vive a veces hasta con alegría en medio de lo más terrible porque la vida es lo que corre al final por las venas de la historia. Hay en paralelo a la sólida construcción intelectual que caracteriza la novela una sólida construcción argumental para novelar la vida de esos protagonistas y, por lo tanto, su historia y la historia, lo que requiere de una sólida construcción formal que aporta soluciones eficaces a eso tan complicado que es insertar en una novela la crónica de una época, probablemente la más sencilla y la más eficaz, considerarla como marco y como marco reflejarla al inicio de los capítulos, las décadas en última instancia, por las que la novela transita.

Y es, además de todos estos aspectos formales, de toda esta carpintería literaria bien trabajada, una novela enormemente interesante, que aporta mucha información y arroja mucha luz sobre el tema vasco: lo sutil que fue la frontera entre el carlismo y el nacionalismo, piedra angular para entender la historia de Euskadi; el peso de la religión en la sociedad, más profundo que el existente en otras zonas de España porque más involucrada e imbricada la iglesia con la sociedad en su conjunto, tanto que hubo también —y sigue habiendo— una lectura abertzale en su seno; el surgimiento de un movimiento terrorista que se nutre de la falsa Arcadia paterna y de la moda de los movimientos revolucionarios de los Sesenta.

Y una novela que aporta mucha observación y mucha reflexión sobre lo que significa la fuerza de la vida que corre por debajo de la historia y sus desastres de relato en relato, de caricia en caricia y de complicidad en complicidad. “Estamos aquí tres generaciones de mujeres. Y todas aprendemos los mismos gestos, las mismas palabras”, le dice, mediada la novela, una madre a su hija en presencia de su nieta recién nacida. Los gestos de la gente en medio de la historia, las palabras de la gente en medio de esa historia, los gestos y las palabras que son, al final, la historia misma.