Ciertamente, las fuerzas más activas de Ansar Dine (Defensores del Islam), la rama local de Al Qaeda del Magreb Islámico, había lanzado una ofensiva sobre el Sur de Malí, a partir de sus consolidadas posiciones en todo el Norte del país, y amenazaban con conquistar Bamako, la capital, y extender la sumisión de toda la población al estricto código de la ley islámica, tal y como habría ocurrido en las zonas ya conquistadas. El dominio total de los islamistas en Malí se presenta como intolerable por gobernantes y analistas occidentales y representaría el primer éxito serio de estas fuerzas tras el aparente debilitamiento de las redes »yihadistas» en los últimos años.

UN APOYO CONSIDERABLE

Conocedores externos del dossier maliano apoyan la intervención. Es el caso de Gregoy Mann, profesor de África en la Universidad de Columbia, quien asegura que «el avance de las fuerzas ‘yihadistas’ sobre Bamako hubiera sido un desastre. En el blog Africa is a Country, Mann se hace eco de las impresiones obtenidas por los propios soldados franceses sobre el terreno acerca de la solvencia, fortaleza y poder de fuego de los combatientes islámicos.

Mann, como otros observadores de la intervención, estima que no puede catalogarse esta operación como una acción colonial o neocolonial, porque ha sido el gobierno de Malí el promotor de la misma. Pero, además, se asegura con insistencia que son los propios habitantes de Bamako los que están demandando la ayuda francesa, a la vista del peligro inminente de control total del país por parte de los insurgentes.

El Gobierno francés también ha recibido el apoyo de los tuaregs organizados en el Movimiento Nacional de Liberación Azawad (MNLA), que había mantenido a comienzos del año pasado una suerte de alianza de conveniencia con los ‘yihadistas’, para arrancar del Gobierno central ciertas reivindicaciones autonomistas. Al final, los islámicos no demostraron demasiadas contemplaciones con sus aliados y los tuaregs cambiaron de bando, ya en el preludio de la intervención internacional, cuando en la ONU se había decidido la formación de una fuerza africana (resolución 2085 del Consejo de Seguridad, de 20 de diciembre).

La Administración norteamericana, aunque ha decidido mantenerse en un segundo plano, respalda también a Hollande, y de hecho le estaría dando apoyo de inteligencia. En parte, esto se explica por fidelidad tradicional al código de respeto por las viejas, pero aún operativas, «áreas de influencia». Pero, sobre todo, por la convergencia estratégica de combate contra las «distintas cabezas de la hidra terrorista». El NEW YORK TIMES apunta otra razón: Washington respaldaría a París también porque la estrategia norteamericana de contención del ‘yijadismo’ en el Sahel ha fracasado. «En los últimos cuatro años, los Estados Unidos habrían gastado entre 520 y 600 millones de dólares en lucha contra la militancia islamista en la región. El programa se extendía de Marruecos a Nigeria, y las autoridades americanas considerarían entonces al ejército maliano como un socio ejemplar».

No fue eso lo que pasó. Todo lo contrario. El golpe militar de marzo de 2012 no sólo no frenó la penetración islamista en Malí y su proyección sobre todo el Sahel, sino que contribuyó a reforzar su avance y consolidación en el norte del país. «Estados Unidos escogió mal» dice el NYT, y «la ayuda se malgastó».

LOS RIESGOS DE LA INTERVENCION

Otros análisis, en cambio, no resultan tan optimistas respecto a la intervención militar francesa. Pierre Cherruaux, en SLATE AFRIQUE califica de «ambigua» la operación y señala los siguientes peligros:

-Los islamistas se han confundido con la población para hacer más arriesgados los bombardeos aéreos franceses. Incluso han establecido alianzas familiares con destacados notables del Norte del país. La intervención militar, predominantemente aérea, no parece diseñada, hasta ahora, para afrontar una respuesta de lucha de guerrilla de los islamistas. De momento, los islamistas han preferido replegarse en el Norte y sorprender en el Oeste, ganando tanto territorio o más del que habían perdido).

– Las represalias contra ciudadanos, cooperantes e intereses franceses en toda la zona, debido a los activos tentáculos que el grupo paraguas de los insurgentes, Al Qaeda del Magreb Islámico, dispone en varios países de la región. Por no hablar de los rehenes ya existentes, la mayor preocupación del Gobierno en este momento.

-La gestión, siempre difícil, de la oleada previsible de refugiados y desplazados (que ya se acerca al medio millón), pero aún más en un territorio carente de infraestructuras y con recursos muy limitados.

-La discutida legitimidad del Gobierno local que ha demandado la intervención, puesto que fue instalado por los militares golpistas.

-La actitud ambigua o tornadiza de algunos países africanos, puesto que, si bien algunos de ellos participan del criterio de frenar a los islamistas en Malí, las intervenciones externas al continente (y en particular las francesas) siguen produciendo evaluaciones contradictorias (recuérdese el último ejemplo: apoyo a Uattara en Costa de Marfil). Argelia -sostiene LE MONDE- pone buena cara, pero confiaba en que París agotara la vía diplomática.

-Las dudas sobre el relevo eficiente que puedan asumir en su momento las tropas africanas, sobre todo si se confirma el liderazgo militar de Nigeria, cuyos militares tienen una malísima reputación por su comportamiento brutal y represor, y más desde que han tenido que hacer frente al desafío de la organización islamista de Boko Haram.

En fin, pese al respaldo de la mayoría de las fuerzas políticas y de la opinión pública, Hollande asume riesgos no desdeñables, en un momento muy delicado. Su gestión se pone en entredicho, al menos por un sector importante de los formadores de opinión, su posición política no está consolidada y un fracaso en Malí -o un resultado controvertido- podría provocar un desgaste suplementario de su autoridad.