En un «reality show», los programas estrella ahora en este medio, los personajes transmiten no lo que dicen, sino lo que son, y lo que son ha sido perfectamente seleccionado en un casting previo, por lo que un grupo de personajes de un programa de este tipo nunca contendrá un conjunto gris y homogéneo de personas sino que constituirá un variopinto conglomerado de arquetipos que, como en un circo, tendrá desde trapecistas a domadores de fieras pasando por payasos y equilibristas.

En las cumbres políticas internacionales parece, ahora, que se ha hecho un gran casting. Tanto elegir a nuestros políticos por el carisma y la imagen que transmiten, que hemos seleccionado en el mundo un conjunto de personajes que son mas conocidos por su apariencia que por sus ideas.

Así, y aunque no recordáramos sus nombres, cualquiera puede recordar al líder que sólo viste con camisa roja y que nunca se calla, que es muy amigo de otro señor que, después de una vida de no quitarse el traje militar de campaña, ahora solo sale en chándal.

Pero también es muy conocido el señor bajito y repeinado que siempre sale con una señora espectacular que canta. O el millonario que también canta y que, a veces, sale con un pañuelo de pirata en la cabeza, o los hermanos gemelos que se reparten los papeles de máximos dignatarios de su país.

Por no hablar de los varios matrimonios que hacen política en familia sucediéndose, o intentando hacerlo, marido y mujer, en el ejercicio del cargo público. O del hijo tarambana que sucedió al padre lumbreras en la presidencia de su país.

Cuando, antiguamente, la jefatura del estado se resolvía por consanguinidad y sucesión, no pasaba esto. A un jefe de estado le sucedía otro que solía ser hijo suyo independientemente de la imagen que tuviera, pero ahora debe tener un perfil claramente reconocible para que, como en las caricaturas, sea diferenciable en la televisión mundial.

La actividad real de estos personajes como dirigentes de sus países se superpone a otra de carácter mediático que, obviamente, es la que predomina en determinar su imagen pública como líderes internacionales. Son especialmente los momentos en los que se reúnen en grupos cuando concitan la mayor atención pública. Esos grupos, conocidos por la inicial G seguida del número de líderes que se reúnen, son las ocasiones en las que se desarrollan las actividades mas mediáticas, ocasiones que van desde poner los pies encima de una mesa, saludarse, o no, fugazmente, tocarse excesivamente y, sobre todo, posar de dos en dos con un largo apretón de manos o colectivamente en formación cerrada. Mientras tanto, grupos llamados «antiglobalización» actúan a manera de coro a las afueras de los recintos donde se reúnen los líderes.

Al no haber un derecho internacional que las regule, y al hacer estas reuniones al margen de organismos internacionales reglados, los resultados de las deliberaciones que se producen, no suelen traducirse en normas prácticas nada más que en la medida en que cada país quiera aplicarla. Además de que su repercusión pública suele quedar empañada por gestos del tipo de los ya comentados como el intercambio de corbatas o cosas de ese tipo.

Y, sin embargo, la pertenencia a esos G suele ser muy apetecida. Últimamente, a imagen y semejanza de los reality show televisivos, los personajes se «nominan», que es el término que expresa el hecho de que los personajes voten entre ellos quien pertenece al grupo y quien no. Es decir, se cooptan.

En cualquier caso, este aspecto de las relaciones internacionales, a caballo entre la bilateralidad y la multilateralidad de organismos internacionales, tiene una importancia relativa por lo que, al final, no es lo menos importante de todo el estilo del vestido de las señoras o las imágenes de los manifestantes. Aunque siempre habrá algún líder, no cooptado, que aspire a lucir palmito en esos eventos.