La emergencia pública de Hugo Chávez tuvo aires de fracaso. El golpe militar fallido de 1992 nos presentó a un militar hastiado del mal gobierno, pero sin un mensaje claro, sin un proyecto visible para su país y sin una base social definida. Su pronunciamiento, y el de sus compañeros de armas, fue un gesto de rechazo a los males que habían carcomido el país: corrupción, despilfarro y egoísmo de los poderosos. Nunca sabremos lo que hubieran hecho los militares ‘bolivarianos’ de haber triunfado. Probablemente, tal victoria resultaba imposible: por falta de preparación, por inmadurez. La clave del éxito posterior de Chávez fue su fracaso fundacional. Esa es la primera contradicción de su vida pública.

En los años siguientes, comenzaron a sentirse en la entrañas del país réplicas silenciosas de la agitación que había impulsado el empeño de los militares golpistas. Sin embargo, las clases dirigentes y sus plutocracias políticas, blindadas en sus armazones de privilegios, no confirieron importancia al creciente movimiento de rebeldía.

Primero en prisión y luego de nuevo en libertad, tras el beneficio de la amnistía, Chávez fue madurando, fue construyendo un mensaje, perfilando una identidad, articulando un discurso. Afinó su sintonía con las demandas populares. Pero nadie se lo tomó en serio. Los políticos tradicionales creían que el fracaso del golpe había acabo con esa amenaza.

Como militar, Chávez abominaba de la política, no creía en sus mecanismos de transformación, todo lo que pasaba por su tamiz se corrompía. Y, sin embargo, cuando la década de los ochenta concluía, llegó al convencimiento de que no era la fuerza el método más eficaz para derribar un sistema corrupto, sino la voladura desde dentro. Tomo la decisión de hacerse ‘político’ para acabar con la ‘política’. Con el tiempo, Chávez se ha convertido en el ‘animal político’ más grande en la historia reciente de su país. Ni siquiera sus adversarios más recalcitrantes se atreven a negar esta evidencia. Aquí se reveló la segunda contradicción.

Una vez instalado en el poder, Chávez se dio cuenta de que no podía cambiar tan rápido la realidad. Que los instrumentos de la política le habían servido para ganar el poder, pero resultaban inservibles para cambiar la sociedad. Podía cambiar el Estado (las instituciones, los mecanismos de poder). O incluso ocuparlo, a medida que encadenaba los triunfos y, según su lógica, acumulaba legitimidad. Actuó en política no como político, que no lo era, sino como militar, aunque como tal hubiera fracasado en su misión más relevante.

Contrariamente a lo que le reprochan sus críticos de dentro y de fuera, Chávez ha respetado las normas democráticas, no porque creyera demasiado en ellas, sino porque le ayudaban a su percepción de avance y consolidación de metas. En lenguaje castrense: guerra de movimientos y guerra de posiciones. Esta concepción militar de su proyecto revolucionario no implicaba puro autoritarismo. Contaba con el pueblo igual que un general cuenta con sus soldados en una guerra clásica (la que él conocía, no las actuales que se ganan, o pretenden ganarse, desde el aire). Pero como suele ocurrirles a los militares que no se convierten de verdad en políticos, Chávez fue acumulando poder pero no capacidad de transformación. Cuanto más poderoso era, más confusión demostraba a la hora de utilizarlo. Ahí anidaba la tercera contradicción.

Chávez contó, durante la mayor parte de su mandato, con el poderoso recurso del petróleo a precios astronómicos. Liquidez para lubricar su personal concepción de la revolución. Como venezolano profundo, el Comandante sabía que su pueblo agradecía ideas de redención, pero lo que ansiaba era mejoras materiales. La Revolución es un buen digestivo, pero para apreciarla como tal, es preciso haber comido antes sin miramientos. Chávez acometió el desafío histórico de cualquier dirigente venezolano moderno: que el petróleo dejara de ser el «excremento del diablo» para convertirse en el «maná del pueblo». Falto de un programa a largo plazo y urgido por una ansiedad mesiánica creciente, el Comandante se atropelló en la abundancia. Y quedó atrapado en la cuarta contradicción.

Al interpretar la Revolución como un acto de devolución al pueblo de lo que le había sido privado durante generaciones, el ‘líder bolivariano’ ha reducido innegablemente la pobreza. Pero se dejó ganar por una ansiedad mesiánica creciente. Lo importante no era ganar el futuro sino percibir que el presente ya era distinto del pasado. Sus programas sociales, las famosas «misiones» son expresión clara de ello. Enseñó a leer a su gente, pero la calidad de la educación normalizada, por así decirlo, es todavía discutible; trajo cientos de médicos cubanos para habilitar centros de salud voluntaristas y enormemente apreciados por la población pobre, pero desatendía hospitales y ambulatorios porque los consideraban recursos para los ricos o la mezquina clase media; construía casas, pero las dejaba a medias o se empantanaba en el proceso de adjudicación; repartía alimentos como si fueran caramelos, pero tenía que importarlos de fuera porque su aparato productivo se deshacía en la desorganización y la ineficacia. Obsesionado por el reparto de bienes y la creación de servicios que fueran visibles, se desinteresó de la producción. Hasta que, víctima de esas deficiencias, la economía venezolana ha quedado expuesta a esa quinta contradicción.

En el aspecto ideológico, Chávez se aferró a dos referencias mitificadas: Jesucristo y Bolívar. El primero en el plano moral y el segundo en el político. Chávez no disimulaba su catolicismo ferviente, sin duda por convicción personal, pero también como elemento adicional de conexión con sus bases populares. La reconstrucción del discurso bolivariano resulta menos espontánea. La lectura que Chávez hace del militar criollo es insolvente y no resiste un análisis histórico mínimamente riguroso. Pero en el ‘libertador’ encontraba señales de identidad con las que le resultaba cómodo emparentarse: su condición de militar, su autoritarismo conveniente, cierto romanticismo superficial y una mística prolífica. Pero Bolívar, como es bien sabido, fue un exponente de las élites y su figura no está relacionada con la liberación de las masas sino de la sustitución de una dominación por otra. Aunque nunca le importó mucho, Chávez ha tenido que navegar lastrado por esta sexta contradicción.

Para corregir esta incoherencia, Chávez se apuntó tardíamente al socialismo. Falto de referencias triunfales en América, y necesitado de la unción práctica de un líder vivo, se volvió hacia Cuba. Allí conectó con la única experiencia de revolución popular exitosa, por mucho que se debatiera en la amenaza existencial de la decadencia. Tras la pérdida del protector soviético, Fidel Castro vio en Chávez un heredero ideológico, pero sobre todo un compañero con chequera, y lo sedujo sin mucha dificultad. Vanidoso hasta la médula, el presidente venezolano encontró en Castro no exactamente un mentor político, sino un padre, un antecesor. En su sistema de conexiones imaginarias, mística con Cristo, mítica con Bolívar, Chávez añadió una más: la sentimental, no tanto política, con Castro.

Pero como su sistema no era asimilable al cubano, y era imposible que Venezuela se convirtiera en otra Cuba, la imaginación de Chávez parió una nueva fórmula para consagrar el vínculo: nació el «socialismo del siglo XXI». En apariencia, una formulación aséptica. Pero la intención era práctica: hacer de su proyecto político algo indestructible, el elemento definidor de la nueva centuria, algo que había nacido para permanecer. La revolución cubana pertenecía al pasado. Pero la luz del futuro para las masas desposeídas se proyectaría desde Venezuela. En su casa, por mucho que digan sus enemigos políticos, Chávez no hacía lo que Castro en la suya. Y esa séptima contradicción ha sido la menos aceptada o reconocida.

En la consolidación de su sistema de poder y afirmación, Chávez tenía que chocar inevitablemente con el gran vecino del Norte. No estaba en sus referencias iniciales la hostilidad con Estados Unidos, pero la lógica de las cosas la ha hecho inevitable. Después de todo, ese país era la referencia material y cultura de las odiadas élites, el poder al que asimilar el desaparecido Imperio español y, en último término, el enemigo intrínseco de sus protectores cubanos. Eso le llevó amistades extravagantes y ficticias con líderes indeseables, en los que seguramente nunca confió, pero que resultaban útiles para irritar al gigante yanqui. No conviene exagerar. La hostilidad entre Caracas y Washington es más retórica que palpable. La vehemencia verbal del Comandante ha sido más publicitada en los medios que los discretos intentos de acercamiento y conciliación. Y al cabo, para satisfacción de ambas partes, Venezuela nunca ha dejado de proporcionar a Estados Unidos su bien más preciado: el petróleo. Esta octava contradicción tampoco ha tenido mucho espacio mediático.

La última contradicción del Comandante ha resultado ser una ironía existencial. Como cualquier líder visionario, su vocación era perdurar. No sólo en la memoria sino en la presencia física. De ahí su voluntad declarada y muy poco política de gobernar sin límite de mandatos, su declarada fusión con el pueblo, su obstinada negativa a someterse a terrenales resistencias. Caribeño hasta el tuétano, a Chávez le gustaba la vida y todos sus placeres, tentaciones y manifestaciones exuberantes. La muerte le amenazó demasiado pronto. Por eso la negó. No se fiaba de ni de los médicos ni de la medicina venezolana. La revolución bolivariana no la había mejorado lo suficiente como para ayudarlo a superar su enfermedad. Por eso fue a espantarla donde creía que estaban sus protectores reales. Chávez, como casi todo ser humano, se ha resistido a desaparecer, no ya física, sino políticamente. Provocó una crisis institucional al presentarse para un cuarto mandato aunque debía saber que no lo podría cumplir. Dio la impresión entonces, como muchas veces antes, y nunca más que ahora, que para él era más importante ganar que gobernar. Para un hombre que proyecta su misión en la eternidad, o en la historia, la lección de sus últimas semanas ha sido de un apego demasiado terrenal.