El ahora profesor universitario se declara enemigo de proporcionar la “golosina” del halago a quienes detentan el mando. Él siempre fue partidario de suministrar la “proteína” de la crítica leal y la idea novedosa. Así se fortalecen los liderazgos. Y seguro que tiene razón. Solo que, a veces, ha intentado servir sus platos de legumbres en público y a paletadas. Para que quedara claro quien servía y quien comía. Cuando probablemente los buenos platos que siempre cocinó Ibarra hubieran alimentado mejor servidos con prudencia y discreción.

Algo hay que reconocerle. Jamás se dejó arredrar por el poder, ni se dejó tentar por la comodidad gregaria o por el silencio táctico. Fuera o dentro de su partido. Ha sido fiel a sí mismo siempre. Defendió sus ideas con coherencia cuando había viento a favor, cuando el viento soplaba en contra y en medio de la tormenta. Como dice Felipe, nunca regaló una sonrisa, ni siquiera a los amigos. Y ganó todas las elecciones a las que se presentó.

Ahora, más libre que nunca, ha hecho tres propuestas. Todas de hondo calado. Unas más factibles que otras. La primera es recurrente en su discurso: España ha de ganar la revolución digital, ya que perdió las revoluciones agraria e industrial. La productividad de la economía y la competitividad de las sociedades no se miden ya en número de productos por hora trabajada. La clave está hoy en la idea, en el conocimiento, en la inteligencia y en la imaginación. Eduquemos por tanto a nuestros hijos, a nuestros maestros, a nuestros investigadores y a nuestros emprendedores en el nuevo código digital que marca las diferencias en la era de la globalización. Intachable.

La segunda es más arriesgada. Sostiene Ibarra que el proceso de descentralización que experimentó el Estado en el final de siglo tuvo consecuencias claramente positivas, en términos de equilibrio territorial, de cohesión social y de convivencia política. Pero el proceso siguió y siguió, hasta que se desbocó. Ahora, la descentralización desbocada, según Ibarra, deriva en riesgo de desequilibrio territorial, de quiebra de la cohesión social y de conflicto político. Los Gobiernos nacionales sin mayoría parlamentaria están renunciando a los instrumentos que garantizan la preeminencia del interés general, sometidos al chantaje de los grupos nacionalistas. Solución: reformemos la ley electoral, elevemos el porcentaje mínimo de votos para obtener escaño en el Congreso al 5%, y enviemos a los nacionalistas al Senado. Hasta aquí la propuesta mantiene una lógica innegable, aunque su realización parece tan compleja que deviene prácticamente en inviable. Pero aún faltaban los cristales: ¡el Rey abdica y Felipe VI convoca un nuevo pacto de transición!

La tercera idea no solo tiene riesgo. Creo que hace daño. Se trata de ofrecer una nueva tregua “definitiva” a ETA. Una especie de ultimátum. “Les quitamos las llaves de la cárcel”. O se rinden ahora o no saldrán nunca. “Como hace Uribe en Colombia”, con todos los honores. El último proceso está demasiado reciente y fue demasiado doloroso para plantearse siquiera esta opción. La sociedad española se ha convencido definitivamente de que ETA solo dejará de ser un problema cuando sea vencida, con la policía y con los jueces. Y esa debe ser la posición de quienes representamos a la sociedad española en las instituciones.

Ibarra refleja sus propias contradicciones cuando cuenta cómo él mismo “chantajeó” al Presidente González, amenazándole con dimitir si autorizaba una nueva central nuclear en Extremadura. Según su propia versión de la historia, Felipe le contestó: “Ten muy claro que si España necesita esa central, se construirá. Hagas lo que hagas”. Vaya lección.

Nuestro extremeño favorito sigue empujándonos a pensar. Celebrémoslo.