Dejando las bromas aparte, que el asunto es más que serio, la imprudencia de los discursos es tal que, cuando uno deja ahí el titular, aislado, sin contexto ni explicación, parece que se insinúa que apuntarse al paro es sinónimo de querer “sacar” dinero sin trabajar. Se olvida quien ofrece la sentencia de lo más importante: las causas que obligan –de ser cierto el dato que da— a gente que hasta ahora no buscaba trabajo a querer acceder al mercado laboral. Tal vez, a algunos que no tienen problemas para llegar a fin de mes haya que recordarles la pirámide de necesidades de Maslow, en la que la satisfacción de las necesidades más básicas o subordinadas da lugar a la generación sucesiva de necesidades más altas o superordinadas. De esta forma, personas que hasta el momento han pensado que siempre tendrían cubiertas las necesidades fisiológicas, incluso las de seguridad y afiliación, y se encontraban en estadios superiores, centrados en necesidades de reconocimiento y autorrealización, ahora ven cómo la infraestructura en la que se desarrollaba sus vidas se ha roto(tal vez porque algunos miembros de su familia –o todos—han perdido el empleo, o porque sus salarios han sufrido escandalosas reducciones que hacen imposible cubrir los gastos del hogar), sus circunstancias han cambiado y han de buscar cómo responder a esas necesidades que hasta no prestaban atención, necesidades de las más básicas como son, por ejemplo, las relativas a la alimentación, y por ello, requieren y solicitan alternativas que les permitan sobrevivir. Quiere esto decir, que detrás de ese incremento de “amas y amos de casa” al mercado laboral, o al menos el incremento de aquellos que buscan trabajo, no hay intención de enriquecerse con un sobresueldo fruto de un subsidio, sino solventar necesidades que hasta el momento no habían experimentado y les generan motivaciones nuevas.

Y quiero redundar en ello porque me resulta reiterativo escuchar el argumento de ciertos sectores, donde la picaresca es la causa de las reclamaciones de los ciudadanos que, según parece para algunos, buscan hacerse de oro sin dar palo al agua. Sectores que ignoran las situaciones dramáticas que se esconden detrás de familias enteras que, después de llevar durante años una vida ‘normal’ y de haber hecho las cosas según el contrato establecido, ven cómo su estabilidad económica se ha roto por el drama del desempleo, por la bajada de salarios o por la precariedad con la que se ha dibujado nuestra economía, fruto de una crisis que ellos no buscaron, y que ha machacado fuertemente al mercado de trabajo en los últimos años (ese que anda de enhorabuena porque se han incrementado las contrataciones, fruto de los movimientos estacionales propios de la época estival).

Rosell ha dicho esto en un curso de verano que ha impartido la FAES sobre el mercado laboral y sus reformas. El mismo en el que el señor Aznar, presidente de dicha Fundación, declaró la guerra días antes al salario mínimo interprofesional y a las prestaciones por desempleo. Y es que para el ex presidente, los 654 euros mensuales que representa en España el salario mínimo (que subió hasta dos veces Zapatero, a falta de hacerlo él en sus 8 años de legislatura) están de más y, para crear empleo, propone suprimirlo o bajarlo. Imagino que poco importan para él detalles como que ya sea el más bajo de Europa (donde oscila de media entre los 1.000 y los 1.200 euros), que sea garante de igualdad social y que constituya uno de los instrumentos fundamentales en las negociaciones colectivas, pues gracias a él, se ha de respetar un mínimo de dignidad a la hora de pagar a los trabajadores por su trabajo.

Asegura, además, que estamos ante un salario mínimo interprofesional tan generoso como lo son las prestaciones por desempleo que hay en nuestro país. Para él, el importe que se da bajo este concepto (que según la base salarial de los últimos años del trabajador alcanza comomáximo los mil euros y que a partir del sexto mes se reducen a la mitad), son más que suficientes para sufragar los gastos que puede tener un parado: la hipoteca o el alquiler, los suministros (agua, teléfono, luz…) y la comida. Dos pequeños incisos: 1. ¡qué barato vive Aznar y a qué buen precio compra! y 2. Qué austera existencia propone… sin ocio, sin acceso a la cultura, sin dinero para imprevistos, sin material del colegio de los peques, sin desayunos, ni meriendas ni cenas (que con una comida ha de ser suficiente), sin recibos extras de impuestos como el del los bienes inmuebles, con gastos muy controlados de calefacción (si es que fuera necesaria), sin coche o billetes de transporte público para la búsqueda activa de trabajo, sin conexión a Internet para lo mismo, etcétera, etcétera, etcétera… que estos son caprichos de otro estatus.

Dice José María Aznar, que la “generosidad” de los subsidios españoles es fuente de desincentivo. Se creerá que lo de vivir con 400 euros es el sueño de todo español. Dice también que las prestaciones han de dejar de verse como un derecho y pasar a ser vistas como “un seguro que sirve para cubrir una contingencia indeseable que se espera subsanar en el menor tiempo posible”.

Insisten, insaciables estos neoliberales, con ideas que presuponen que el ser humano es vago, que le gusta ser un mantenido y que no tiene aspiraciones, salvo vivir del Estado. Bueno, el ser humano, no. Determinados seres humanos. Los que no han tenido la suerte de nacer en familias adineradas, que esos, parece que para algunos, sí saben valorar la vida y lo que cuesta, no como los nacidos en clases medias, que se creen que todo se regala…Discursos escalofriantes, si me lo permiten. Para que luego digan que el pasado está superado y que todos somos iguales y tenemos las mismas oportunidades… Miedo me da qué será lo próximo que propongan… Que digo yo, que si lo que quieren es cargarse el Estado de Bienestar, podrían ahorrarse metáforas y rodeos y decirlo directamente, tal vez abran los ojos los que piensan que “ellos”, con sus buenas maneras, con sus anuncios de reformas y sus migajas, son la solución a nuestros males y aun confían en que la crisis pase y nuestra vida se quede igual. Mientras tanto yo, mucho más escéptica, voy pensando en más estribillos y chirigotas, que titulares no nos van a dejar de dar. Recuerden mientras esta idea: “¡Ay Papá Estado!, ¡cuánto daño nos haces al malcriarnos…!”.