Por ejemplo, todas esas personas que disfrutan sumergiéndose en las profundidades de la M-30, ahora llamada Calle 30 cuando debería llamarse Túnel 30, no reparan en lo que costaron las tuneladoras que se utilizaron para hacer tan magna obra. Y eso, con el problema añadido de que no se pudieron pagar al contado porque el Ayuntamiento ya había hecho muchos otros túneles anteriormente, por lo que se financiaron «a fiado» y ahora hay que pagarlas poco a poco con los intereses correspondientes. Cualquiera que esté pagando una hipoteca ya sabe de qué estamos hablando.

Por ejemplo, también, los que lamentaron que Lula da Silva se llevara el gato de la Olimpiada al agua de la playa de Ipanema, no echaron las cuentas de lo que había costado el 75% del precio de las obras que ya estaban construidas, tal como contaron en Copenhague, Raúl, el presidente Rodríguez Zapatero o Su Majestad el Rey de España, Don Juan Carlos de Borbón, entre otros. Ni tampoco los dos aviones que fletó el Ayuntamiento de Madrid para ir a Copenhague o los sueldos, y resto de gastos, que ha devengado la oficina de preparación de Madrid 2016 (antes llamada Madrid 2012) durante los últimos años y que, a fecha de hoy, no se tienen noticias de que hayan cesado.

O el conocido como Plan «E» de renovación de aceras españolas. Es verdad que las piezas de granito que se están empleando las paga la Administración Central del Estado, pero, ¿quién mide cuantas piezas de granito se están poniendo?, ¿quién cuenta los millones de piezas de plástico blancas y rojas que se emplean para evitar que los viandantes pisen el cemento blando de las obras de la ciudad? Pues, obviamente, miles de funcionarios municipales que velan porque nada se escape del control público.

Y, claro, todo eso se paga no con un «impuesto de M30», ni con una «tasa olímpica» o una «tarifa de aceras», lo cual significaría el I+D de la tecnología tributaria, sino con un procedimiento tan tradicional como el chotis, que es esa tasa de basuras que ha implantado el Ayuntamiento de Madrid y que cobra tanto a las plazas de garaje como a los ecologistas que, por no perjudicar al medio ambiente, no producen basura y reciclan hasta las cáscaras de patata, porque poco importa si se producen, o no, basuras para cobrar esa tasa.

Si ahora, a esa gente irreflexiva a la que me refiero, no les gusta pagar la tasa de basura, solo hay que recomendarles que espabilen: la próxima vez que alguien les prometa enterrar el Paseo de la Castellana o les diga que tiene una corazonada, piensen seriamente si le ríen la gracia o se plantan ante la urna. Claro que, también, la próxima vez que vean una acera levantada deberían cuestionarse no solo para qué diablos sirve, sino si el Estado no tiene otro método más eficiente de enfrentarse a la crisis económica.

Ahora sólo queda pedir al Alcalde que no haga efectivo eso que ha dicho de que no revisará los impuestos con el IPC. Renunciar al IPC cuando es negativo no es un engaño conmovedor como ha dicho la oposición municipal, es más bien síntoma de un desparpajo digno de los tradicionales timadores que esperaban a los paletos cuando llegaban a la estación de Atocha.