En la sociedad española, seis de cada diez ciudadanos declaran tener poco o ningún interés por las cuestiones políticas, como consecuencia entre otros factores de la desconfianza hacia los políticos y de la percepción que el poder no está en el parlamento sino en otros lugar (bancos, medios de comunicación…). Este hecho, que es de por sí grave, nos tiene que llevar a preguntarnos si este comportamiento es uniforme en toda la sociedad española o existen factores que hacen que existan comportamientos diferentes dependiendo del sexo, la clase social o el lugar en donde vivas.

Ante la pregunta de si existe un comportamiento político diferencial dependiendo de la variable género, la respuesta es afirmativa. En España, tiene gran importancia todavía a la hora de estudiar el interés que tienen los ciudadanos por las cuestiones políticas y la propia participación en política. Hay una segmentación clara por razón de sexo.

Así, las mujeres presentan un desinterés mayor que la media de la población en todas las encuestas realizadas, con valores de desinterés político superiores en tres puntos por encima de la media y siempre con más de seis de cada diez mujeres dentro de este perfil. Pero hay un dato que todavía evidencia más lo grave de la situación. El grupo más numeroso lo conforman las mujeres que manifiestan que no les interesa nada: un 42% en 2001; un 34% en 2004, un 41,5 % en 2006 y un 36,81% en 2009. Los hombres, por el contrario, se sitúan por debajo de la media en cuanto a desinterés por las cuestiones políticas y por encima de la media en cuanto a mucho o bastante interesado.

¿A qué obedece esta falta de interés sobre las cuestiones políticas que son las que van a determinar sus vidas? Primero, esta realidad, es consecuencia de las características sociales, culturales y económicas de una sociedad donde la mujer ha sido apartada y marginada del espacio público, teniendo una presencia minoritaria y en desventaja con respecto a los hombres en un estructura social que pretendía y conseguía mayoritariamente imponerles el rol de esposa, madre y ama de casa, a la vez que limitaba su preparación y acceso a la educación.

En segundo lugar, las altas tasas de desinterés por las cuestiones políticas y la escasa información política en nuestro país se han visto agudizadas por los efectos despolitizadores del franquismo, y su traslado a la educación en la familia y en las escuelas, que incidían especialmente en los distintos roles que existían entre hombres y mujeres. La caracterización de la política como una esfera masculina era una de las principales barreras para la incorporación de las mujeres a sus actividades y organizaciones. Y aunque las cosas van cambiando, todavía hoy la población en general participa poco en sindicatos y partidos políticos, y dentro de los que participan las mujeres lo hacen en menor proporción que los hombres.

Para romper esta dinámica, hay que partir de la concepción de que la democracia solo tendrá un significado verdadero cuando las políticas y las legislaciones nacionales sean decididas conjuntamente por hombre y mujeres y presten una atención equitativa a los intereses y las aptitudes de las dos mitades de la población, como señaló la Unión Interparlamentaria(UIP). En este sentido, nuestro país, con los gobiernos de Zapatero ha logrado notables avances no solo de presencia sino también legislativos y de cambio de mentalidad. Esta tendencia demuestra la necesidad de seguir avanzando en políticas de igualdad como uno de los cambios sociales más importantes a conseguir en nuestra sociedad para que haya más democracia e igualdad.

Y dentro de ellas, una de las más destacadas que se ha producido en la sociedad española es la universalización de la educación y el acceso masivo de la mujer a los estudios superiores, ya que el factor de acceso a la educación tiene gran relevancia como elemento de igualación entre géneros. De este modo, se observan en distintas encuestas del CIS algunos cambios, que se reflejan en como las mujeres jóvenes en el tramo de edad de 18 a 25 años participan más que los hombres de su misma edad en determinadas acciones de ayudas en su entorno más próximo.

La igualdad formal tiene que transformarse en igualdad real, desarrollando acciones positivas que aseguren el acceso igualitario de todas las mujeres y su plena participación en la estructura de poder y de toma de decisiones. Al hacerlo reforzaremos nuestras instituciones democráticas y nuestra sociedad.