La última y esperadísima entrega de Indiana Jones, “Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal”, arranca en el mítico y enigmático desierto de Roswell (EEUU) en 1957, en plena Guerra Fría. Indy y su camarada Mac consiguen escapar por los pelos de unos perversos agentes soviéticos en un remoto aeropuerto. El doctor Jones vuelve a casa y se entera de que las cosas van de mal en peor. Su mejor amigo, el decano de la Universidad de Boston, le dice que muchos sospechan de sus últimos movimientos y que el Gobierno norteamericano (en plena Caza de Brujas) presiona a la Universidad para que le despidan. Indiana, a punto de irse de Boston, conoce a un joven rebelde llamado Mutt que le propone un trato. Si el arqueólogo le ayuda a resolver un problema personal, al mismo tiempo podría hacer uno de los descubrimientos más espectaculares de la historia; se trata de la Calavera de Cristal de Akator, un objeto legendario que despierta la fascinación, la superstición y el miedo. Indy y Mutt viajan al rincón más perdido de Perú, tierra de antiguas tumbas, exploradores olvidados y rumores de una ciudad de oro. Pero no tardan en descubrir que no están solos; los oficiales soviéticos capitaneados por la fría, calculadora e inquietantemente atractiva Irina Spalko, también quieren apropiarse de la Calavera de Cristal.

Este es el argumento de la nueva Indiana Jones, que es justo lo que pretendía ser: una película de aventuras, con un claro aroma a nostalgia, que nos hace pasar un rato agradable y divertido. Ya lo anunciaba George Lucas: “La gente cree que está ante la segunda venida de Cristo, pero no lo es. Se trata sólo de una película”. Spielberg y Lucas no pretendían contar una historia profunda, ni emocionarnos interiormente, simplemente, recordarnos, una vez más y con un gusto exquisito, cómo eran aquellas cintas en las que parpadear significaba perder el hilo argumental.

Fantástico Harrison Ford en todos sus planos, ya quisieran otros lucir las arrugas de una manera tan elegante. Indiana Jones, evidentemente se ha hecho mayor, pero Ford consigue parodiar a su “yo” de hace veinte años con pequeñas dosis de socarronería. Reseñable también John Hurt (Ox), que, en su delirio, consigue dar una lección de interpretación a Shia LaBeouf (Mutt). Y es que éste es el punto débil de la cinta. El chico no convence. No, al menos, al lado de Ford o de una Cate Blanchett fántástica (una vez más), con un peinado y unos ojos que hablan por sí solos.