A la hora de desgranar propuestas fue más allá de lo que se podía esperar en una presentación oficial de candidato. Se comprometió a recuperar el impuesto del patrimonio para las grandes fortunas. También a crear un impuesto a los beneficios de la Banca, con el objetivo finalista de la creación de empleo. Se manifestó contundentemente contra el copago sanitario y ha abogado por perseguir los paraísos fiscales y regular los mercados financieros con la ayuda de Europa. En definitiva, un proyecto de izquierda esperanzador para construir el futuro que queremos, abandonando la resignación («nada está escrito y decidido de antemano»), un discurso de complicidad con los militantes y con la ciudadanía en general («no podré hacerlo solo») y, de gran ambición («podemos hacerlo»).

Suscitó pasión entre los que le escuchábamos, desplegando sus grandes dotes pedagógicas, tan poco frecuentes en la clase política, con argumentos que hilvanó uno tras otro para demostrarnos que son muchas las cosas que se pueden hacer y se deben hacer. Convirtió en realidad la reflexión de Saint-Exupéry «si tu quieres construir un barco, no empieces por hablarles de las herramientas, de los presupuestos y los planos. Empieza por compartir con ellos tu pasión por el mar».

El gran interrogante, como es lógico, no es otro que: ¿es creíble a estas alturas? ¿Podemos recuperar la confianza de la ciudadanía? Sinceramente creo que sí. Básicamente por dos razones; la primera, de fondo ideológico. Son propuestas exigidas y compartidas por la inmensa mayoría de la población. Y la segunda, la trayectoria del que las hace. A Alfredo ni sus adversarios le pueden negar su gran capacidad de trabajo y profesionalidad para sacar adelante las empresas más difíciles. Y esta sin duda lo es. Por ello, los españoles cuando tengan que decidir a quién confían el timón de este barco llamado España confiarán en quién les ofrezca más seguridad. Además, si ya es complicada la travesía, que por lo menos que quién nos dirija no nos cree desasosiego e irritación. Como muy bien decía Bertrand Russell, «el buen carácter es, de todas las cualidades morales, la que más necesita el mundo, y el buen carácter es la consecuencia de la tranquilidad y de la seguridad, no de una vida de ardua y constante lucha».