W«Los días en que se desarrollaba la Cumbre Iberoamericana de Veracruz fueron pródigos en declaraciones triunfalistas por parte de los más destacados portavoces del Gobierno. Tanto Soraya Sáez de Santamaría como De Guindos y Rajoy, con una euforia incomprensible para quienes observamos la realidad cotidiana de nuestro país, nos vinieron a decir, más o menos, que somos el faro de referencia hacia el que mira Europa, que gracias a nuestro crecimiento económico mejoran las cifras de crecimiento europeas, que creamos más empleo que nadie, etc. etc. En suma, han tratado de convencernos una vez más de que es imposible hacerlo mejor que lo está haciendo el Gobierno del Partido Popular. Enardecido por este jalearse a sí mismos, Mariano Rajoy, con frase lapidaria, ha proclamado que “cualquier rectificación de lo hecho sería un grave error”. Para una ciudadanía cívicamente madura esta frase debería ser motivo de alarma.

Aun a sabiendas de la propensión de quienes ostentan el poder de presentar como positivo para la sociedad cualquier desaguisado producido por su política, y aun estando acostumbrados a escuchar declaraciones que atentan contra el sentido común, sería una ligereza minimizar el alcance de ese propósito de no rectificar nada tras haber medio devastado el país. No queda ya demasiado tiempo para que se inicie la convocatoria de elecciones a nivel municipal, autonómico y general, y lo menos que se les puede pedir a los españoles es que reflexionen sobre los declarados propósitos de quienes aspiran a continuar gobernándonos. Porque lo hecho hasta ahora por el Gobierno ha tenido muchos y muy graves efectos sobre la gente. Decir que no se va a rectificar nada es, como poco, despreciar dichos efectos y a sus víctimas.

No procede, por archiconocido, repetir aquí el extenso listado de retrocesos sufridos por los ciudadanos estos últimos años. Pero no va a ser fácil olvidar lo que ha ocurrido con servicios públicos esenciales como los de la sanidad y educación, con la atención a las personas en situación de dependencia, con la cultura, la investigación, la protección al desempleo, las rentas salariales, etc. etc.. Incluso la reciente bandera de una supuesta creación de empleo se ha demostrado que no pasa de ser más que el efecto de una serie de reformas tendentes a repartir entre más personas la misma e incluso una menor cantidad de horas de trabajo. Hay más contratos pero no más trabajo pero, eso sí, a costa de mayor precariedad y retribuciones de miseria. Entre los logros de este Gobierno está precisamente haber favorecido que un gran número de asalariados estén hoy situados por debajo del umbral de la pobreza. Si hubiéramos de utilizar algún exponente que condense el tremendo paso atrás dado por nuestro país valdría servirse del espectacular incremento de las desigualdades. Que a lo largo de estos años de crisis los cinco millones de españoles con mayores ingresos hayan casi multiplicado por dos la notable diferencia que ya tenían en 2007 respecto de los cinco millones más pobres resulta, sencillamente, vergonzoso. En esto si cabe afirmar que somos los campeones en Europa. No hace falta decir que la involución no se ha dado sólo en lo económico, social y laboral; también se ha proyectado sobre el terreno político y sobre la propia democracia.

Las encuestas sobre intención de voto, aun con las notables diferencias derivadas del cómo se cocinan las respuestas, coinciden todas en predecir un fortísimo retroceso del Partido Popular. Es obvio que tratarán de evitarlo movilizando a sus potenciales electores presentando como catastróficas otras alternativas y confiando que la salida de la recesión económica les proporcione banderas reales o inventadas para modificar las actuales tendencias. Incluso, pese a lo dicho por Rajoy, no tendrán pudor en rectificar algo de lo hecho para intentar mejorar su imagen. Pero a poco que pensemos en la contumacia con que han aplicado reformas que, en unos casos, podían haber sido menos agresivas y en otros no tenían relación alguna con la crisis económica sino con la ideología, se llega a la conclusión de que el tuétano de las políticas llevadas a cabo forma parte del histórico ADN reaccionario de la derecha española. Dicho de otro modo, si consiguen prolongar su permanencia en el poder no rectificarán el sentido antisocial de sus concepciones y de su acción política. El único remedio es, democráticamente, impedírselo.»