¿Cuáles son los límites de esta práctica de interferencia de la privacidad? ¿Se llegarán a invadir los espacios más íntimos, como el hogar y las conversaciones telefónicas personales? ¿Forma parte toda esta situación de la misma lógica “invasora” y “totalitaria” que inspiró la famosa antiutopía de Orwell en 1984? ¿La trivialización de la idea del “gran hermano” acaso no está llevando hacia una cierta aceptación pasiva de tales prácticas?

La reciente difusión de unos comentarios poco oportunos del Presidente de la Patronal es un hito más de una larga cadena de hechos que, por lo general, suelen tener trascendencia política. Personalmente aun recuerdo el impacto que me produjo hace años ver cómo una conocida cadena de radio española difundía a bombo y platillo una conversación privada que Txiqui Benegas había mantenido por su teléfono móvil, mientras se desplazaba en coche desde Madrid a Sevilla. Aunque era evidente que se trataba de una conversación privada, mantenida en un espacio privado, los responsables de la emisora justificaron la difusión por “su gran interés político”. Creo que aquella difusión hizo un daño objetivo notable en las relaciones internas en el PSOE y perjudicó personalmente a Txiqui Benegas. Pero lo más sorprendente para mí, en aquel momento, fue la escasa reacción que tal manera de proceder produjo en la sociedad española, en general, y en los círculos políticos, en particular.

Desde entonces, han sido muy numerosas las “interferencias indiscretas” que se han hecho públicas. Y todas ellas han producido daños objetivos. Por eso, los responsables políticos y sociales tienen que ser muy cuidadosos con lo que dicen, sobre todo cuando se encuentran en espacios y en actos públicos, como es el caso de la última interferencia de la que ha sido víctima el Presidente de la Patronal española. Incluso, tal como evolucionan las cosas, no sé si tendrán que ser cuidadosos también con lo que realmente piensan, no sea que mediante el control remoto de sus pulsos cardiacos, o la observación telescópica de la apertura del iris de sus ojos, se nos quiera alertar sobre lo que piensan realmente de unos u otros personajes políticos.

Más allá del hecho en sí de la interferencia, es posible que el Presidente de la Patronal se haya sentido sorprendido por la reacción que han producido sus palabras y por algunos comentarios críticos publicados. Pero lo cierto es que la ideología de fondo que traslucían sus palabras no deja de ser sorprendente y preocupante, sobre todo en unos momentos económicos tan delicados en los que resulta muy importante mantener buenas relaciones y la mayor capacidad posible de interlocución. Y eso exige por parte de la Patronal suficiente altura de miras, buenos análisis objetivos y una cierta capacidad de empatía y de neutralidad política. Por eso, en la medida que tales palabras han contribuido a empañar una imagen imprescindible son necesarias rectificaciones de fondo.

El problema es que tales palabras indiscretas han puesto encima de la mesa unos enfoques que deberían ser objeto de mayor reflexión y debate. De hecho, la actual crisis económica ha puesto de relieve entre otras cosas la fragilidad, y hasta el peligro, de un modelo que ha tocado fondo y que es necesario modificar. Los analistas más inteligentes, los empresarios más responsables y una amplia mayoría de la opinión pública norteamericana –aunque no sólo– parece que lo han entendido claramente, y son muy diversos los sectores sociales que están trabajando a favor del nuevo consenso social y económico que en estos momentos podría ayudarnos a salir de la crisis y a avanzar hacia un nuevo tipo de sociedades del bienestar y de la corresponsabilidad, en las que pueda lograrse traducir positiva y equilibradamente todo el potencial de la actual revolución tecnológica.

Por eso, en este contexto de nuevas necesidades, resulta enormemente contraproducente todo lo que sea alentar climas broncos de confrontación, como hace continuamente la señora Aguirre (incluso en las filas de su propio partido), y cualquier pretensión desmedida de aprovechar la crisis para apretar más las tuercas de una liberalización presocial que no hace sino generar malestar y disentimiento entre la población y propiciar mayores riesgos de inestabilidad social y personal, como se está viendo por doquier. Por eso un futuro inteligente y estable sólo se logrará por la vía de lograr, al tiempo, una buena funcionalidad de empresas sólidas y bien asentadas, que cuenten con un marco de crecimiento que beneficie a todos y con seguridades sólidamente apoyadas por la opinión pública y, al mismo tiempo, con sindicatos responsables y con trabajadores con empleos razonablemente seguros y bien remunerados, que puedan consumir y propiciar el crecimiento; lo cual se encuentra en las antípodas de tanta “becarización”, “precarización” y tanta “economía sumergida”, como se ha conocido en los últimos años.

De ahí que broncas como la que se armaron últimamente en la Asamblea de Madrid sean perjudiciales para propiciar el clima de entendimiento que se necesita. Y, de ahí también, que sean totalmente inoportunas –y prácticamente inviables– las propuestas de proceder a más recortes sociales y nuevas precarizaciones laborales, al tiempo que se reclaman cuantiosas ayudas económicas para las empresas. ¿Alguien sensato puede pensar que los sindicatos y los trabajadores van a apoyar tales propuestas en estos momentos? Y, a su vez, ¿alguien sensato piensa que en este momento no resulta imprescindible contar con la comprensión y el apoyo de los sindicaos y los trabajadores para salir de la crisis? Y lo mismo que decimos de los sindicatos podemos decir de los jóvenes, de muchas mujeres que tienen empleos precarios y de amplios sectores de la opinión pública, entre los que se encuentran los mismos votantes del PSOE.

Con tantos sectores de la sociedad en contra (potencialmente), ¿hacia dónde quieren ir algunos? ¿Y con qué apoyos? ¿Lo han pensado detenidamente? Eso es realmente lo que en estos momentos preocupa a bastantes analistas. Para que la sociedad española salga del bache y emprenda nuevamente el camino del desarrollo y del progreso se necesita un equilibrio ajustado entre intereses y necesidades, un equilibrio que históricamente se alcanzó en Europa a partir de los años 40 y 50 del siglo XX, a través del modelo de Estado de Bienestar, al que en España nos aproximamos más tarde con el espíritu de consenso de la transición. Ahora es evidente que se necesita un nuevo equilibrio. Y es ingenuo y poco meditado pensar que dicho equilibrio se puede alcanzar con nuevas regresiones sociales y laborales. El aumento de la conflictividad sindical y de las movilizaciones sociales –que ya se está viendo–, en un contexto de problemas económicos y sociales, es evidente que podría conducir a un auténtico choque de trenes si la Patronal española se enroca en posiciones tan desfasadas y tan imposibles de ser asumidas por una gran parte de la opinión pública española y por agentes sociales imprescindibles.

Por eso, las indiscretas palabras del Presidente de la Patronal han puesto sobre el tapete el trasfondo de una realidad que convendría que fuera –o se explicitara– de manera diferente. Es decir, a estas alturas del ciclo político no debiera pensarse que Zapatero y el PSOE son el “mal en sí” y que los sindicatos no hacen otra cosa que “crear problemas”. Por esa vía y con esos enfoques la situación puede complicarse notablemente. ¿Tan difícil es entenderlo?