“Invictus”, la última película del maestro Eastwood, basada en el libro “El factor humano” de John Carlin, cuenta la historia real de cómo Nelson Mandela unió sus esfuerzos con el capitán del equipo de rugby de Sudáfrica, François Pienaar, para ayudar a unir el país. Un país al que había llegado la democracia pero que permanecía enfrentado en lo racial y lo económico.

No es ni una biografía de Nelson Mandela ni la historia del ignominioso apartheid. Es una descripción de cómo se utilizó un evento deportivo, el Campeonato Mundial de Rugby de Sudáfrica de 1995, para buscar un punto de encuentro en una población completamente dividida. Su director, no persigue detallarnos la vida personal y política del mandatario, le basta con esbozarla para así poder centrarse en aquello que en realidad le interesa narrar. En todo momento, es consciente de que el público ya conoce todos los terribles aspectos relacionados con el apartheid, por lo que aquí se fija más en la esperanza, la indulgencia y la reconciliación.

Clint Eastwood se aleja del dramatismo de sus últimas producciones y nos ofrece una película en la que se resaltan los aspectos positivos de las personas. Tiene como resultado una cinta emotiva y amena, con claros rasgos épicos. Tres son los elementos que contribuyen a este magnífico resultado; la maestría de su director para controlar el ritmo del film, los pequeños detalles que son historias en sí mismos, y las espléndidas interpretaciones.

En el relato hay una clara progresión dramática, sirva como ejemplo la evolución de las relaciones que se producen entre los guardaespaldas blancos y de color. Y la transformación de la incomprensión de los colaboradores más íntimos de Mandela en posterior complicidad.

Eastwood nos deleita con una elegante puesta en escena en la que no faltan esos pequeños detalles que evidencian que nos hallamos ante un sólido narrador: La contraposición de cómo los blancos juegan al rugby y los negros al fútbol justo al comienzo de la cinta; o como, tras la entrega del trofeo que les acredita como campeones del mundo, las manos de los jugadores se aferran al mismo ofreciéndonos un primer plano de la mano del único jugador de color junto a la de sus compañeros; o también, la secuencia en la que el niño de color merodea alrededor del coche patrulla de la policía para poder escuchar el partido y despierta el recelo de sus ocupantes, y minutos más tarde terminan invitándole a un refresco y celebrando la victoria de Sudáfrica. Detalles que trasmiten sensaciones, que acaban con maestría convirtiéndose en emociones que conmueven y nos hacen partícipes de uno de los episodios más increíbles de finales del siglo XX.

Mandela afirma, que el día que no este dispuesto a decir a su pueblo aquello en lo que cree, aunque no coincida con la opinión mayoritaria de sus ciudadanos, dejará de estar preparado para dirigirlos. Esto, básicamente, es lo que diferencia a los líderes de los administradores. Lo administradores gestionan lo que quiere en cada momento el pueblo, los líderes les enseñan el camino. Ejercen su liderazgo desde la pedagogía política.

No tengo ninguna duda, para afrontar los retos del mundo, se requieren líderes, estadistas y no meros políticos administradores. Y entonces, tendremos ciudadanos, personas y no masas deshumanizadas.