Casi un siglo después, los ministros de Trabajo de la UE han aprobado una propuesta para que dicha jornada pueda retrotraerse a la que era habitual en el siglo XIX, es decir, 60 horas de jornada máxima, ampliable a 65 en algunos casos. La involución histórica que ello representaría afectaría también a otra de las grandes conquistas sindicales, esto es, el derecho a la negociación colectiva, instrumento fundamental para fijar, a partir de los mínimos de la legislación laboral, las condiciones de trabajo de los trabajadores. Pues la propuesta conlleva que la jornada pueda pactarse de manera individual.

Es difícil entender las razones de semejante provocación. Difícil creer que pueda prosperar. Pero la provocación se ha realizado. Para colmo, ha venido de la mano de los ministros que teóricamente deberían ser los más sensibles a los derechos de los trabajadores. Las escasas abstenciones, entre ellas la de España, son un magro consuelo.

Lo ocurrido se presta a distintas interpretaciones. Una de ellas es el menosprecio a la capacidad de respuesta de los trabajadores y sus sindicatos. Otra sería algo así como un aviso de que, aunque al final la propuesta decaiga, la intención de los que detentan hoy los destinos de la UE es seguir haciendo retroceder conquistas de los trabajadores y continuar manteniendo a la defensiva al movimiento sindical, como viene ocurriendo desde la ofensiva neoliberal que en su día encabezaron Margaret Thatcher y Ronald Reagan. Pues el filo reivindicativo de los sindicatos esta mellado por el paro y la precariedad del trabajo y por la lucha para evitar los retrocesos en el Derecho del Trabajo y en las coberturas y prestaciones de los sistemas públicos de protección social.

Hay una tercera hipótesis. Sería que el desprecio a la capacidad de reacción abarque a la izquierda política. Incluso cabe pensar que también la derecha socialcristiana, que sesenta años atrás contribuyó de forma importante a la construcción del llamado modelo social europeo, esté siendo abducida por inefables personajes como Beslusconi, Sarkozy y compañeros de viaje tipo Gordon Brown.

Es pronto para saber hasta dónde esta dispuesta a movilizarse la Confederación Europea de Sindicatos. Es posible que confíe que el Parlamento Europeo eche para atrás esta iniciativa. Pero me temo una respuesta tibia, salvo que en cada país los sindicatos presionen, empezando por hacerlo hacia sus propios gobiernos. Teniendo en cuenta que una agresión de semejante magnitud sólo es concebible por ese menosprecio a la capacidad de respuesta de los agredidos. Y si la sociedad percibe que las organizaciones fundamentales para la defensa de los intereses de los trabajadores no dan la respuesta adecuada, y si percibe que la izquierda política se limita a una crítica testimonial, sacará la conclusión de que la ola de derechización que recorre Europa se hará cada vez más imparable.