Pero la toma, la semana pasada, de la ciudad norteña de Mosul disparó todas las alarmas. La ciudad, segunda del país, capital de la provincia de Nínive, se rindió a la embestida extremista sin casi oponer resistencia. Las fuerzas militares y policiales gubernamentales abandonaron sus armas, cambiaron sus uniformes por atuendos civiles y se unieron a la riada de civiles que huyeron despavoridos. En los dos días siguientes, el avance continuó hacia el sur, con la toma de la ciudad petrolera de Baiji, de Tikrit, la cuna de Saddam Hussein, y otras ciudades menores al norte de Bagdad.

UN PULSO REGIONAL

El Estado Islámico de Iraq y el Levante es un grupúsculo islamista radical desgajado de la dirección central de Al Qaeda, que les reclamaba una mayor contención. Su proyecto es constituir un ‘califato’ único en Iraq y Siria.

Tres factores han favorecido la recuperación de este grupo ‘yihadista’ sunní: la guerra en la vecina Siria, las políticas insistentemente sectarias de los sucesivos gobiernos del político chií Nuri Al Maliki y la retirada militar norteamericana a finales de 2011.

La guerra en Siria les ha proporcionado hombres (se calcula que son unos 5.000 combatientes de distintas nacionalidades), santuario (‘zonas liberadas’), arsenal (arrebatadas al ejército sirio) y recursos (incluido fuentes petroleras) para edificar y consolidar una capacidad de fuego temible. Su primer gran éxito, que propició su ‘aparición’ pública fue la victoria sobre las tropas gubernamentales sirias en la provincia de Raqqa. A partir de entonces, el régimen sirio ha evitado una confrontación directa con ellos, lo que les ha permitido preservar efectivos y acumular fuerzas. Algunos analistas llegan a sostener que el presidente sirio ha permitido indirectamente el auge del EIIL. Podrían aventurarse dos motivos fundamentales:

Primero, al plantear una lucha global contra el chiismo regional (los alauíes son un rama local de esa confesión), el EIIL podría provocar, como ya está ocurriendo, el fortalecimiento de la alianza entre Irán, Iraq y Siria; y para que las potencias occidentales que respaldan a la oposición armada siria se alarmen y den marcha atrás.

Segundo, si se instala la impresión de que el Estado Islámico de Iraq y el Levante puede convertirse en el grupo más potente de la oposición siria, aumentaría el riesgo de una victoria extremista en Damasco y las potencias occidentales podrían replantearse su deseo de que se derrumbe el régimen de Assad.

Esta dimensión regional es la clave para entender lo que está pasando en Iraq. Dos bloques de poder se perfilan, con Irán y Arabia Saudí a la cabeza de cada uno de ellos (1).

UNA PACIENTE CONSOLIDACIÓN

El EIIL surge de los residuos de la insurgencia sunní iraquí contra la ocupación militar norteamericana. Al Zarqawi era el cabecilla de una organización asociada a Al Qaeda. Aunque era partidario de un acoso sin cuartel al ocupante, creía que algunos de sus combatientes se excedían de la raya (2)

Tras la caza de Al Zarqawi, en 2006, la facción más extremista de la insurgencia, bajo el mando del nuevo líder (‘emir’), conocido por Abu Bakr Al Bagdadi, se tomó tiempo para reorganizarse, con la incorporación de efectivos de otros países islámicos, a la espera de tiempos mejores. Los procedimientos contrainsurgentes del general Petreus daban resultado. Un sector amplio de las tribus centrales sunníes se había alejado de la tentación terrorista.

El levantamiento armado sunní contra el régimen alauí de Siria, a partir de 2011, proporcionó a los radicales sunníes iraquíes no sólo una causa para luchar, sino un santuario para proyectar el combate hacia Iraq. ‘Yihadistas’ sirios, iraquíes y de otras nacionalidades constituyeron el EIIL. La política insistentemente sectaria del Gobierno central iraquí, dominado por los chiíes, generó un malestar creciente de los clanes tribales sunníes y favoreció una alianza de conveniencia entre estos sectores, más bien moderados, y los combatientes radicales, aglutinados por el EIIL.

Después de varios intentos, el EIIL lanzó a comienzos de este año una gran ofensiva en el centro de Iraq, que pilló parcialmente por sorpresa al Qobierno central. Los ‘yihadistas’ tomaron el control de Ramadi y Fallujah, dos de las grandes ciudades de la zona, auténticas pesadillas, en su día, para los ocupantes norteamericanos.

El Gobierno central reaccionó con pavor. Incapaz de dominar con sus propias fuerzas la rebelión sunní, se tragó sus palabras y pidió ayuda directa a Washington. Obama, contrario a involucrarse directamente de nuevo en Iraq, después de haber mantenido frente a las presiones republicanas el calendario de retirada, se avino a reforzar el arsenal del Gobierno de Al-Maliki para evitar su caída. Le proporcionó misiles Hellfire, rifles M-16 y drones de reconocimiento). No fue suficiente. Los ‘yihadistas’ perdieron Ramadi pero mantuvieron Fallujah y se sintieron con fuerza suficiente para lanzar esta operación militar, que coloca al régimen posbélico de Iraq cerca del colapso.

En la ofensiva actual se ha fraguado otra alianza de conveniencia entre el EIIL y antiguas milicias ‘baasistas’ reconstituidas. Uno de los jefes de estas últimas sería el ex-vicepresidente Izzat Ibrahim Al Douri, único alto dirigente del régimen de Saddan Hussein (consuegro suyo, por cierto) que no pudieron capturar los norteamericanos. En contraste con la difusión de las fotos de la espeluznante ejecución de soldados iraquíes, testigos presenciales en Mosul y Tikrit aseguran que los vencedores habían adoptado una actitud conciliadora y en absoluto vengativa. Se trataría de una táctica dual: amedrentar a los soldados del Gobierno y tranquilizar a los civiles para ganarse su confianza.

LAS BAZAS CHIÍES

Sin embargo, la mayoría chií de Iraq no se hace muchas ilusiones. En su avance relámpago desde Mosul hacia el Sur, los ‘yihadistas’ han amenazado Samarra, distante apenas 100 km. de Bagdad y sede de lugares santos chiíes, donde ya se registró una matanza notable hace ocho años. El pánico ha sido tan grande que el jefe religioso de los chíies, el anciano ‘ayatollah’ Alí Al-Sistani, ha hecho un llamamiento a todos los ciudadanos para que se unan al ejército iraquí en la defensa de Bagdad y otras ciudades del país. El mensaje no tiene un tono sectario, pero sólo los chiíes parecen haberlo atendido. En el sur de Bagdad, feudo chií, las milicias chiíes se han movilizado intensamente para reforzar las defensas de la capital y de ciudades como Najaf y Kerbala, sedes de los templos más emblemáticos de su confesión.

La situación es tan seria que Irán, el principal valedor de los chiíes iraquíes, se ha visto obligado a involucrarse más directamente en el conflicto vecino. El Jefe de la Guardia Revolucionaria, general Qasim se desplazó a Bagdad para asesorar al Gobierno central iraquí y poner a su disposición algunas de sus unidades de élite. Pero ni la movilización chií, ni el respaldo comprometido de Al-Sistani, ni el apoyo militar iraní es suficiente para tranquilizar a Al-Maliki y la élite chií iraquí. No había más remedio que insistir en la solicitud de ayuda a Estados Unidos.

EL DILEMA DE OBAMA

El Gobierno central iraquí desea que la Casa Blanca ordene ataques aéreos, con cazas y drones, contra los ‘yihadistas’ sunníes para frenar su avance y disuadirles de la ofensiva. Obama ha estado rechazando estos requerimientos. Pero, ahora, el presidente se enfrenta a un dilema que no parece haber resuelto: sigue creyendo que involucrarse más profundamente en la guerra iraquí sería un error de enorme magnitud, pero está también convencido de que existe un riesgo muy alto de colapso del Gobierno central iraquí.

La Administración norteamericana siente una antipatía creciente por Al Maliki debido a sus políticas sectarias, que han arruinado los esfuerzos de conciliación realizados durante la ocupación. Las elecciones de hace unos meses dejaron al partido del primer ministro como el más votado, pero sin la mayoría suficiente para gobernar en solitario. La ofensiva militar ‘yihadista’ ha coincidido con los desesperados esfuerzos de la principal formación chií para componer una coalición parlamentaria que les asegure la continuidad en el poder. Todo indica que estos acontecimientos recientes han erosionado decisivamente su capital político.

No es la supervivencia de Al Maliki lo que preocupa a Obama, sino la eventual toma de poder en Bagdad de los extremistas sunníes, que convertiría la intervención militar norteamericana de 2003 en una sangrienta e insoportable paradoja. La invasión pretendía acabar con una inexistente alianza entre Bin Laden y Sadam, y lo que habría ocurrido, once años después, sería precisamente la victoria de unos combatientes aún más radicales y sanguinarios que los seguidores del fundador de Al Qaeda.

Por esa razón, Obama está presionando a Nuri Al-Maliki para que asegure una política más sólida y duradera de inclusión, si quiere ser rescatado militarmente por Estados Unidos. Después de haber completado la retirada militar de Iraq, el presidente de Estados Unidos no puede permitirse una deriva sangrienta que destruiría completamente el país. Solo un gran pacto nacional, en todo caso, muy difícil de lograr con garantías, podrá conjurar la impresión de un fracaso mayúsculo más.

(1) Puede consultarse el desenvolvimiento de estas claves en el trabajo de SIMON HENDERSON «The battle for Iraq is a saudi war on Iran», en FOREIGN POLICY, 12 Junio de 2014.

(2) Para conocer más detalles sobre el nacimiento y consolidación del EIIL, hay dos referencias recientes de gran interés: un artículo de ANTHONY CORDESMAN, de Centro de Estudios Estratégicos de Washington, titulado “ISIS goals y posible futur gains”; y las aportaciones de BRIAN FISHMAN, un experto antiterrorista de la NEW AMERICAN FOUNDATION, en el artículo del NEW YORK TIMES del 15 de junio, titulado “Rebel’s fast strike in Iraq was years in making”.