Bagdad, 21 de diciembre. Las diferencias entre los aliados del nuevo gobierno iraquí y las tensiones internas en varias de las formaciones políticas hacen temer por la estabilidad de la amplia coalición salida de las elecciones de marzo.

Estos dos «leads» informativos podrían haber figurado perfectamente en los resúmenes de agencia del día en que se anunció la constitución del nuevo gobierno. En realidad, la crisis empieza ahora. Lo que vivía Irak desde las elecciones del 7 de marzo era una situación de espera. A todos los efectos, el primer ministro Al-Maliki gestionaba una continuidad expectante. Ahora tendrá que mantener una permanente vigilancia para prevenir una crisis que podría acabar no sólo con el gobierno, sino con el frágil pacto de no agresión entre las distintas fuerzas políticas, sociales y religiosas del país.

Las amenazas son de dos tipos: horizontales y verticales. A la que añadiríamos una tercera: la amenaza fantasma.

LAS AMENAZAS HORIZONTALES

Debe entenderse por horizontales las amenazas procedentes de las profundas diferencias entre las comunidades integrantes del país (sunníes, chíies y kurdos, como actores principales, aunque no únicos). Las amenazas horizontales son las que tienen el potencial más destructivo. Pueden asemejarse a las placas tectónicas: cuando colisionan provocan terremotos, en ocasiones devastadores.

La supuesta salida de la crisis no ha alejado el riesgo de colisión, aunque algunas maniobras del astuto Al-Maliki indiquen lo contrario. Como se recordará, numerosos notables sunníes -con sus respectivas clientelas políticas y tribales- fueron privados del derecho a participar en las elecciones por supuesta colaboración con el Baas de Saddam; por lo tanto, no son diputados, no están en el nuevo Parlamento. Pero en un intento por neutralizar posibles operaciones de concentración, Al Maliki ha conseguido que uno de esos proscritos acepte ser uno de los viceprimeros ministros. Naturalmente, otros muchos quedan marginados y no será fácil que acepten esta situación.

Más difícil le ha resultado integrar a la gran formación rival, Al Iraquiya, cuyo nombre indica su voluntad de unidad nacional. Se trata, en efecto, de un conglomerado de políticos de todas las comunidades partidarios de superar el sectarismo que ensangrienta Irak. Al Iraquiya, liderado por otro primer ministro amparado por Washington, Iyad Allawi, fue, en realidad, la ganadora de las elecciones, ya que obtuvo 91 escaños, dos más que Estado de Derecho, el partido del jefe del gobierno saliente. Pero desde un principio se tenía la firme impresión de que tendría muchas más dificultades para enhebrar una mayoría parlamentaria que pasara la sanción del Parlamento.

El pacto de Al Iraquiya con Al-Maliki ha sido trabajoso y se antoja frágil. Uno de los dirigentes de la coalición intercomunitaria (significativamente, no Allawi) será Presidente del Parlamento. Un puesto desde el que se pueden realizar maniobras para salvar el gobierno, pero también para derribarlo. El líder de Al Iraquiya ha pactado encabezar un nuevo organismo que podría traducirse, resumidamente, como Consejo Nacional de Estrategia. Como podría esperarse del inmaduro sistema institucional iraquí, no se sabe con precisión sus funciones. LE MONDE puede tener razón al comentar que se tratará de una «instancia de decisión para los sunníes, solamente consultiva para los chiíes».

Con los kurdos, el pacto ha sido más sencillo. A cambio de que el histórico Jalad Talabani continúe como Jefe del Estado, puesto privado de las principales funciones ejecutivas, aunque no meramente testimonial, los kurdos sostendrán al gobierno con sus 57 diputados. Siempre, claro, que el Ejecutivo no entre en una dinámica de desestabilización que eleve notablemente el coste del apoyo.

La lucha por el control del petróleo y los problemas constitucionales de las zonas limítrofes (en torno a Kirkuk) no están resueltos. Que Maliki quiera acaparar con hombres de su confianza el manejo del principal recurso del país es lógico. Pero también le sitúa en el blando de las insatisfacciones de sus rivales, kurdos o sunníes.

LAS AMENAZAS VERTICALES

Deben entenderse las amenazas verticales como las fracturas en el interior de cada gran bloque o comunidad (moderados, radicales, aperturistas, tradicionalistas). Se podrían equiparar a las tormentas tropicales o las lluvias torrenciales, quizás menos devastadoras, pero también más imprevisibles en su aparición temporal.

El exponente más claro de estas amenazas es el acuerdo entre los dos grandes bloques chiíes. Al-Maliki siente un visceral rechazo de los radicales del clérigo Moqtar Al-Sadr, cuyas milicias causaron tantos quebraderos a los norteamericanos en los suburbios de Bagdad. Pero sus 40 diputados les proporcionaban el derecho de estar en este gobierno donde todos sacan tajada, aunque no del mismo tamaño. Los saderistas parecen ahora más pragmáticos. En la línea evolutiva de Hezbollah en Líbano o de Hamas en Palestina, han decidido continuar la batalla en el frente político y, sobre todo, en el social. Su estrategia consiste en abanderar la mejora de los servicios al ciudadano, en particular a los más necesitados. Si tienen éxito -habría que decir si Maliki consiente que presente esos eventuales éxito como suyos-, las relaciones de Irak con Estados Unidos pueden complicarse, se admite en el NEW YORK TIMES.

Entre los sunníes, las divisiones son menos atronadoras, pero no menos agudas. La colaboración con los chiíes produce ronchas, después de toda la sangre que ha bajado por Mesopotamia: la reciente y la que dió fundamento a los imaginarios. En la formación mixta de Allawi, la participación en el gobierno en estas condiciones ha provocado protestas públicas. Un diputado del Al Iraquiya voceó sus dudas sobre la naturaleza democrática de Irak en plena sesión de investidura. El presidente del Parlamento, un correligionario, le mandó callar. Pero otros muchos colegas de bancada pensaban los mismos. Las frustraciones personales -la amenaza verticales que discurre de arriba a abajo en el escalón de los partidos- son peligrosas.

En el partido de Al-Maliki también se escucha ruido. Hasta ahora las voces de discordia más activas han sido las femeninas. Las mujeres, diputadas o dirigentes del aparato, no se han conformado con el incumplimiento de la Constitución, que prevé un cuarto de los puestos ministerial para mujeres. Sólo hay una -y ocupa un puesto de segundo rango- en el nuevo gobierno de Al-Maliki. No sólo protestaron ellas: diputados de Al-Maliki mostraron claramente su disconformidad con esta medida que deja en evidencia el discurso modernizador del primer ministro.

…Y LA AMENAZA FANTASMA

Por tanto, no es descabellado temer que la verdadera crisis está por venir. Consciente de la fragilidad de su gobierno y de la escasez de confianza circulante, Al Maliki no ha podido, o no ha querido, asignar los cargos ministeriales relacionados con la Defensa y la Seguridad. Se los reserva de nuevo. O sea, acumula poder. Sabe que lo va a necesitar. Después de todo, Irak todavía soporta decenas de muertos todos los meses por causas violentas.

Pero, además, el control de estos «ministerios de fuerza» le resultan imprescindibles para vigilar de cerca el proceso de repliegue militar norteamericano. De aquí a un año deberían abandonar Irak los 50.000 soldados que permanecen en el país, en calidad de asesores, formadores o protectores de sus compañeros. Las dudas sobre el cumplimiento del calendario se mantienen y no se disiparán hasta el final, porque dependerá del clima político y, ante todo, de la capacidad de la insurgencia para poner en jaque del nuevo al débil entramado político e institucional. Es una amenaza fantasma, que no fantasmagórica.