Lo cierto es que la mayoría de los medios occidentales, y muchos expertos en Irán, no daban a Rouhani como favorito, y se inclinaban por vaticinar que el sucesor del flamígero Ahmadineyad iba a ser Said Jalili, considerado como el auténtico ‘protegido’ de Jamenei, responsable actual de las negociaciones nucleares y reputado conservador. Como mucho, otorgaban ciertas posibilidades al popular y populista alcalde de Teherán, al que algunos atribuyen una gestión eficaz de los servicios municipales de la capital.

LAS RAZONES DE UNA VICTORIA

Pero ha ganado Rouhani, y no de cualquier manera: con casi el 51% de los votos, y una participación elevada (casi el 73%). Las razones más aparentes de su éxito serían las siguientes:

Primera. La “moderación” de su discurso, muy hábil, muy inteligente, muy capaz, y muy conveniente, teniendo en cuenta que no caben dudas de su vinculación con el régimen teocrático desde sus inicios. Ya formaba parte de la corte de seguidores de Jomeini, desde el exilio parisino del ‘santón’ chií. Ha sido parlamentario durante dos décadas, fue un hombre clave en la conducción de la guerra contra Irak y tiene credenciales de fidelidad más que sobrantes. Pero Rouhani habría conectado con el ‘cansancio’ de la clase media, harta de apretones económicos y rigores ideológicos y morales que ni dan pan ni quitan penas. Y sobre todo con la juventud iraní, tramó demográfico mayoritario, ya que los menores de 35 años suman las dos terceras parte de la población.

Segunda. La recogida o reunión en su candidatura de votos reformistas o moderados, tras la eliminación, obligada o voluntaria, de algunos candidatos afines a esas tendencias, como el presidente en los noventa y uno de los políticos más influyentes de la reciente historia de Irán, el Hojatoleslam Rafsanjaní, hoy en desgracia, o Mohammad Reza Aref, próximo al también expresidente Jatamí; o incluso del protegido del presidente saliente Ahmadineyad, su jefe de gabinete, Esfandiar Rahim Mashaie. Es decir, el beneficio del ‘voto útil’.

Tercera. La división del voto más conservador, con enfrentamientos incluso agrios en los últimos días de campaña, ya que cuatro de los seis candidatos con ciertas opciones se reclamaban de la doctrina más oficialista. Resulta especialmente significativo que el citado Jalili, ‘front runner’ hasta casi última hora, quedara en último lugar, con un humillante 10%.

¿UN CAMBIO DE TÁCTICA?

La gran pregunta es: ¿y si Jamenei descartó ciertos candidatos reformistas, por qué dejó en liza a quien podía, a la postre, beneficiarse de una percepción moderada para triunfar? ¿No confiaba acaso en el atractivo electoral de Rouhani? ¿Tuvo un error de cálculo? ¿No supo calibrar la dimensión del malestar ciudadano y el previsible voto de castigo a los más leales?

Puede ser. Pero hay otra explicación más sugestiva. ¿No será que Jamenei quería precisamente que ganara Rouhani? Es decir, que el propio Guía hubiera comprendido hace ya tiempo que la revolución iraní no tiene más salida que la apertura interna, cierta reconciliación con vecinos y potencias, una imagen más amable. Esta tesis la defiende Suzanne Maloney en el análisis para mí más convincente de estos días, publicado en el FOREIGN AFFAIRS.

Rouhani ha defendido la liberación de los presos políticos, una economía más atenta a las necesidades populares y más derechos y libertades (especialmente a las mujeres). Pero no parece, se ha apuntado antes, un peligro para los ayatollahs y para el equilibrio del complejo sistema político iraní. El Presidente tiene poder, por supuesto, sobre todo en el plano económico y en ciertos aspectos de seguridad ciudadana. Pero en los asuntos estratégicos es la autoridad religiosa suprema, el Guía Supremo, el que tiene las riendas. O el que veta decisiones menores de otros órganos clásicos de poder de la democracia occidental (Gobierno, Parlamento, Judicatura).

El triunfador de las elecciones tiene, además, otra baza de primer orden. Fue responsable de las negociaciones sobre el dossier nuclear durante la presidencia del reformista Jatamí. Como tal, ordenó la detención del enriquecimiento de uranio, fruto de un pacto con las grandes potencias occidentales. Los conservadores le crucificaron luego por ello. Incluso el propio Jamenei se lo reprochó indirectamente, insinuando invariablemente estos años que el apaciguamiento con Occidente no es un buen camino.

Por ello, Rouhani podía parecer sospechoso. Pero el clérigo moderado ha demostrado una habilidad poco común. Como él ha recordado a veces, durante el supuesto ‘parón’ al que él se avino, el programa nuclear iraní no se detuvo, sino que registró un avance importante, aunque en otros aspectos. Ni en la campaña, ni en los años de supuesto oscurecimiento ha renegado del proyecto estratégico más ambicionado por el régimen chií. Lo que Rouhani defendía era otro sistema táctico. Más transparencia, ha proclamado en la campaña. Más diplomacia, para decirlo en corto. No en vano, se le conoce como el “sheij diplomático”.

En la actualidad, Rouhani ocupaba la dirección del Centro de Estudios Estratégicos, es miembro del Consejo del discernimiento, otra de la instituciones de la prolija arquitectura institucional iraní, encargado de arbitrar y resolver disputas. Ha sobrevivido a purgas o retiros muy severos, y pese a su relativo apartamiento de los últimos años, ha sacado la cabeza en el momento oportuno. Lo protege Rafsanajani y Jatamí, que no son necesariamente amigos. Pero quizás lo haya lanzado, más o menos secretamente, el propio Jamenei, para hacer posible un respiro para el régimen. No sólo externo, sino también, y más aún, interno: la economía es un desastre y las tensiones entre el Guía Supremo y el Presidente saliente eran ya del dominio público. Las sanciones explican parte de este desaguisado, pero no la inflación del 40%, la carencia de productos básicos y un crecimiento estancado.

En su primera rueda de prensa tras la victoria, el futuro Presidente se ha esforzado notoriamente por hacer amigos. O por tranquilizar a los enemigos. Se ha referido a los países cercanos –monarquías suníes que recelan de Irán tanto o más que Israel, aunque por motivos diferentes- no sólo de “vecinos”, sino de “hermanos”. Hacía tiempo que no se oía una música semejante desde uno de los principales púlpitos de Teherán.

En la Casa Blanca se ha reaccionado con optimismo cauto. Se la ha instado a Rouhani a restaurar un espíritu negociador, una vez que se ha reconocido que su triunfo es “la victoria de la calle”. Obama ha reafirmado su propuesta de “negociación directa”. Europa ha seguido la misma pauta. Como era de esperar, el mensaje más frio ha llegado de Israel, que ha pedido hechos y no sólo palabras. No sería raro ver en las próximas semanas a destacados dirigentes israelíes promover la impaciencia en sectores republicanos del Congreso norteamericano para dificultar un giro moderado en Teherán.

Habrá que esperar a ver si Rouhani es una nueva versión de Jatamí o una simple marioneta operada por Jamenei. Si es capaz de construir un perfil propio, o se limitará a hacer de ‘hombre bueno’ del régimen. De momento, la gente que salió a la calle hace cuatro años para protestar por el triunfo amañando de Ahmadineyad, y fue reprimida y castigada, ha celebrado el resultado electoral como el anuncio de un tiempo diferente.