Sería puro seguidismo de la visión occidental instalarse en la expectativa de que le toca a Irán mostrarse flexible, ceder y comprometerse a renuncias relevantes. Con el espíritu más objetivo posible, y sin presiones propagandísticas de unos y otros, es razonable esperar que Washington y el resto de cancillerías europeas participantes (París, Londres y Berlín) faciliten una posición constructiva de Teherán. Ya se cuenta con que Moscú y Pekín sirvan de soporte a los planteamientos iraníes.

Para simplificar una cuestión para nada sencilla: se trata de alcanzar un acuerdo que garantice cerrar la posibilidad de que Irán se dote de armas nucleares. Las autoridades iraníes sostienen contra viento y marea que nunca han pretendido tal cosa y que su programa atómico tiene fines exclusivamente civiles. O sea, acceder a una nueva fuente de energía necesaria para el desarrollo económico y productivo del país.

EL RECELO DE LOS ESCÉPTICOS

No obstante, las informaciones que obran en poder de los expertos de la Agencia Internacional de la Energía Atómica y de los servicios de inteligencia occidentales cuestionan esa inocente interpretación e indican que determinadas actuaciones técnicas sólo se explican si lo que se persigue es un objetivo militar. Hay un término técnico que define la inquietud occidental (que en Israel es auténtica alarma): ‘breakup capability’. Es decir, el umbral de uranio enriquecido para tener la capacidad para producir armas nucleares.

Lo que nos dicen algunas fuentes de inteligencia es que Irán está a sólo unos meses de alcanzar ese umbral. Pero no hay confirmación independiente de esta afirmación, porque la ruptura de las negociaciones en 2003 acabó con las inspecciones de los observadores. Si esto fuera así, surge la duda sobre las motivaciones iraníes de negociar ahora. ¿Por qué no agotar este reducido plazo y plantear las conversaciones en una posición de fuerza?

La respuesta parece sencilla: estos meses son críticos. Israel haría todo lo posible para que Estados Unidos no permitiera a Irán alcanzar el ‘breakup’. De ahí la actitud combativa de Israel estas semanas: Netanyahu cree que la oferta de diálogo de Rohaní es pura argucia para evitar una intervención militar inmediata y obtener el tiempo necesario para alcanzar el punto crítico del programa nuclear. Y, de paso, si obtienen un alivio de las sanciones, mejor aún.

Un antiguo negociador norteamericano, Ray Takey, ha resumido muy bien la situación, en declaraciones al NEW YORK TIMES: «Las dos partes son víctimas de su propio éxito. Los iraníes cuentan con un programa nuclear maduro sobre el que se muestran reacios a negociar. Los americanos disponen de un bloque de sanciones sustanciales que no quieren desmantelar sin concesiones iraníes mensurables».

LAS RAZONES DE LOS PRAGMÁTICOS

Así las cosas, la negociación se antoja difícil. La satisfacción de una parte sólo parece viable con el sacrificio relevante de la otra. Pero hay otra manera de verlo, como sostienen Colin Kahl y Alideza Nader, en FOREIGN POLICY. Seis razones aconsejan que Washington no se deje arrastrar por el maximalismo de su protegido Israel y acepte soluciones intermedias.

La tesis de estos autores -nada sospechosos, porque han ocupado responsabilidades en el Pentágono y están vinculados a think-tanks de clara orientación militar- es que resulta contraproducente pretender que Irán elimine todo su uranio enriquecido. En primer lugar, porque Irán podría obtener armas atómicas mediante uso de plutonio, para cuya producción estaría a punto de ultimar un reactor de agua pesada. Además, otros países que se han atenido al Tratado de No Proliferación, como Argentina, Brasil, Alemania o Japón, conservan cantidades menores de uranio enriquecido. Pero hay otros motivos políticos relevantes.

A saber, que poner a Rohaní contra las cuerdas, presionándolo para que elimine todo el uranio enriquecido sería apostar por el fracaso. Como jefe de las negociaciones, accedió a suspender el enriquecimiento en 2003 y Occidente no aceptó la concesión. Eso le costó el puesto y provocó el triunfo de los radicales. En todo caso, el Guía Supremo, Jamenei, rechazaría tal eventualidad, por un ejercicio básico de orgullo nacional, pero sobre todo por coherencia: ¿cómo sacrificar ahora todo el dinero invertido y todas las penurias sufridas?

Pero, ante todo, es que Irán no está obligado a aceptar esa concesión: aunque las sanciones han golpeado duramente, el país no se encontraría al borde del colapso. Ni siquiera si el Congreso obligara a Obama a adoptar medidas aún más duras. El régimen ha superado tiempos peores, como la guerra contra Iraq, en los ochenta.

Más sugerentes son las otras razones. Si la intransigencia israelí hace mella en el frente occidental, es muy probable que la opinión pública iraní responsabilice del fracaso no a su gobierno, sino a Estados Unidos y a Occidente. Y eso podría reforzar a los clérigos que mandan en el país. Por añadidura, esa actitud haría más difícil el régimen internacional de sanciones, por oposición presumible de Rusia y China. Para concluir el argumentario, ante tal fracaso, el Guía Jamenei no tendría otra salida que recorrer el camino que le resta -más corto o más largo- para dotarse del arma nuclear. Justo lo que Obama y Europa quieren evitar, y lo que Israel considera que es lo único efectivo para eliminar la amenaza.

Esta línea de análisis tiene sus fracturas, por supuesto. Hay indicios de que Irán posee un nivel tecnológico suficiente para que las concesiones que haga en las negociaciones no le priven de poder dotarse de armas nucleares, si esa es en algún momento su intención. Incluso si accediera a limitar el grado de enriquecimiento del uranio a un 3%, el material técnico de que dispone, con sus casi veinte mil centrifugadores en activo, permitiría elevar la calidad hasta el 5%, el nivel exigido para un arma atómica, en sólo unos meses, según sostiene Gary Samore, un experto en no proliferación que formó parte del primer equipo de Obama.

La jefa de la delegación norteamericana es Wendy Sherman, una veterana del Departamento de Estado, muy cercana colaboradora y amiga personal de Madeleine Allbright en sus años como jefa de la diplomacia norteamericana durante la segunda Administración de Clinton. Negoció el preacuerdo nuclear con Corea del Norte, que no pudo concluirse antes de terminar el mandato del presidente demócrata y que Bush W. se negó a convalidar. Sherman, de la que se dice que maneja un puño de hierro envuelto en un guante de seda, dijo hace unos días en el Congreso que «era preferible ningún acuerdo que un mal acuerdo». Cosechó el aplauso de los republicanos, muchos de los cuales actúan clara y abiertamente por cuenta de los intereses israelíes.

Seguramente, la veterana negociadora quiere tranquilizar al flanco por donde Obama prevé que puede entrarle el ‘caballo de Troya’ de este delicado intento, uno de los más decisivos de su mandato. Sherman fue muy inteligente, pero también muy realista en sus tratos con el desaparecido King Jong Il. No necesitará un menor esfuerzo con los hombres de Rohaní, que serán también, necesariamente, los de Jamenei. Pero tendrá que tener en cuenta que Irán es un país con un programa nuclear, no un programa nuclear con un país, como ha escrito agudamente un observador.