Los términos del acuerdo, tal y como ha filtrado la propia Casa Blanca y, parcialmente, la República iraní, son sumamente medidas y reflejan tal vez el único compromiso posible.

Irán se compromete a paralizar su programa nuclear, con las siguientes medidas:

1.-Cesar el enriquecimiento de su uranio por encima del 5% y desmantelar todo el sistema técnico que permitiría hacerlo.

2.-Neutralizar o diluir (en óxido) su stock enriquecido al 20%.

3.-Detener la construcción de nuevas centrifugadoras de uranio.

4.-Interrumpir las obras de construcción de un reactor en la Central de Arak.

5.-Parar la producción de combustible con destino a la instalación anterior.

6.-Renunciar a construir una fábrica capaz de extraer plutonio a partir de combustible (que era la manera alternativa de dotarse de armas nucleares, junto al enriquecimiento del uranio).

7.-Permitir «accesos cotidianos» de los inspectores de la AIEA a las instalaciones clave de Natanz y Fordo y a otros sitios relevantes, como las fábricas de centrifugadoras y la de Arak.

En contrapartida, las grandes potencias se comprometen a una suavización «limitada, temporal, concreta y anulable» de las sanciones contra la República islámica, por un valor de siete mil millones de dólares, con las siguientes medidas:

1.-Desbloqueo bancario de 4,2 mil millones de dólares, producto de la venta del petróleo iraní.

2.-Suspensión parcial de sanciones sobre el «oro y los metales preciosos, el sector automovilístico y las exportaciones petroquímicas».

3.-Permiso de «reparaciones e inspecciones en Irán para algunas compañías aéreas».

4.-Autorización de la entrega de 400 millones de euros para financiar los estudios de estudiantes iraníes en el extranjero.

5.-Facilitación de las actuales relaciones humanitarias entre Irán y el resto del mundo.

6.-mantenimiento del principal paquete de sanciones, como el bloqueo de las reservas de cambio iraní, el boicot de una veintena de bancos iraníes y las aplicadas a los programas militares, entre otras.

RESPIRO, MOMENTANEO, PARA OBAMA

Bastará con una orden ejecutiva del Presidente de los Estados Unidos para que estas sanciones sean levantadas o suspendidas. De esta manera, se evita un tortuoso debate y el riesgo a un voto dividido en el Congreso.

Pero igual que el acuerdo no puede sorprender y responde a las expectativas de quienes creían en su consecución, tampoco puede llamar especialmente la atención del inmediato rechazo de Israel. Varios portavoces judíos ya han dicho que éste es un «mal acuerdo», en referencia a lo que Obama dijo en su momento que nunca suscribiría. De la misma manera, se esperaba también que las autoridades israelíes dijeran que no se sienten «ligados» al acuerdo y que se consideraban libres para adoptar las medidas necesarias para proteger la seguridad de la nación.

De momento, otra de las potencias regionales recelosas con el proceso negociador, Arabia Saudí, guarda silencio. La monarquía wahabí ha manifestado su oposición a cualquier concesión a Irán, su máximo enemigo y rival islámico. Más allá del acuerdo nuclear, lo que inquieta en Riad es que este proceso de acercamiento diplomático entre Washington y Teherán conduzca a un cambio de prioridades estratégicas en Oriente Medio. Según algunos analistas de la región, los saudíes temen que Estados Unidos vuelva a sus alianzas anteriores a los ochenta, cuando Irán actuaba de gendarme norteamericano en la región. Se trata de una aprensión descabellada, pero tal recelo ha sido expresado al parecer de forma discreta por algunas portavoces del régimen.

Obama se ha mostrado prudentemente satisfecho con el resultado, a sabiendas de que el camino está plagado de minas. Israel intensificará su labor de lobby en círculos legislativos de Washington y no dudará en propagar todo tipo de informaciones, rigurosas o no, sobre supuestos incumplimientos iraníes del acuerdo de Ginebra. Dos ‘popes’ del pensamiento estratégico, como Brzezinski y Scowcroft, han apoyado el propósito de Obama. Sin embargo, el principal consejero presidencial en la materia durante su primer mandato, Gary Samore, encabeza ahora una organización denomina «Unidos contra un Irán nuclear», dedicada a sabotear intelectualmente un compromiso con la República islámica.

En los círculos oficiales de Irán, se hace virtud de la necesidad. La cúspide del régimen se muestra satisfecha con lo alcanzado, que califica de «éxito». Tampoco debe sorprender esto, ya que no había opciones de fracaso para los dirigentes iraníes. De Ginebra sólo se podía salir con un acuerdo. Éste era precisamente el argumento de quienes defienden la línea dura de actuación: la necesidad que Teherán tiene de conseguir un aligeramiento de las sanciones permitía a las grandes potencias obtener más. Es decir, no otra cosa que el desmantelamiento de su programa nuclear.

Es pronto aún para anticipar consecuencias a largo plazo. Lo obtenido parece ser realista y beneficioso para la gran mayoría.