Estados Unidos había obtenido una congelación del programa iraní, a cambio de un aligeramiento provisional de los sanciones, mientras se negociaba un acuerdo definitivo. Pero a los franceses no les sentó nada bien conocer que Washington ya había cocinado con Teherán el borrador de preacuerdo, sin atender al resto de negociadores, y especialmente a ellos.

Francia ha mantenido una línea llamémosle dura, o firme, con respecto a la nuclearización de Irán. Los franceses disponen de una larga experiencia en este conflicto, quizás el más delicado de la escena internacional en estos momentos.

Según el ex-vicedirector de la Agencia Internacional de la Energía Atómica, Olli Heinonen (1), la inteligencia gala acumula información muy valiosa gracias, en parte, a la comunidad de exiliados iraníes en Francia, entre los cuales se encuentra Akbar Etemad, el ‘padre’ del programa nuclear iraní.

El veto francés llega en un momento complicado de las relaciones con Washington. Es innegable el malestar de Hollande con Obama por la deriva de la crisis siria. Cuando el Eliseo ya había ofrecido un apoyo decidido a la iniciativa norteamericana de destruir el arsenal químico de los Assad, la Casa Blanca se avino al atajo diplomático propuesto por Moscú. Luego se destapó el escándalo de las escuchas, más ficticio que real, pero dañino al fin y al cabo.

Las razones de fondo de la discrepancia francesa han sido glosadas, y respaldadas, por Jean-Sylvestre Mongrenier (2). Los 19.000 centrifugadores iraníes habrían conseguido producir ya 186 kilos de uranio enriquecido al 20 % (aparte de otros seis mil al 3,5%), lo que le permitiría dotarse del arma nuclear en cuestión de meses. De ahí que Francia exigiera la paralización del enriquecimiento. Estados Unidos intentó forzar una declaración de los negociadores iraníes en este sentido, pero resultó imposible, porque se trata de una línea roja para el régimen. Irán insistió -basándose en la lectura estricta del Tratado de No Proliferación- en que tiene derecho a enriquecer uranio. Al forzar este enfrentamiento, los franceses consiguieron que los norteamericanos endurecieran el borrador y provocaron la negativa iraní. La prensa francesa ha sido muy explícita sobre la irritación del entorno de Kerry, pese a los diplomáticos disimulos del Secretario de Estado.

Los franceses mostraron especial preocupación por la inminente conclusión de la central de Arak, tras nueve años de trabajos supervisados por la AEIA. El reactor de esa central, de 40 megavatios, está destinado, según Teherán, a la producción de isótopos para tratamientos médicos. Pero los israelíes y expertos de otros países insisten en que el régimen iraní pretende reutilizar el agua pesada que allí se genere para extraer plutonio. Con sólo ocho kilos de este material podría fabricarse una bomba acoplada a un misil, en sólo tres años.

Ahora bien, para la obtención de plutonio, Irán precisaría de una fábrica específica de la que no dispone en la actualidad, lo que relativiza de forma sustancial el peligro aireado por sus enemigos. La Central de Arak puede ser destruida mediante un ataque aéreo (no como la planta de enriquecimiento de uranio en Fordo, que está soterrada). Pero esa eventual intervención militar debe realizarse antes de que se introduzca en la central el material fisible, si no se quieren provocar daños humanos y ecológicos inaceptables.

Por tanto, la «amenaza de Arak» es especulativa o a futuro. De ahí que se considere excesivo el celo francés. París sostiene que incluir Arak en las discusiones reduce el riesgo de que Israel actúe por su cuenta e intente destruir la central. Washington no observa tantos recelos y, en todo caso, estima que se podía dejar para una fase posterior de las negociaciones. No sería descartable, si el proceso diplomático avanzara, que los iraníes transformaran la central en un reactor de agua ligera, o bien renunciaran fehacientemente a construir una planta para la extracción del plutonio. Esta discrepancia sobre la dimensión del riesgo de Arak fue una de las más importantes en Ginebra.

Bien es cierto que estos argumentos pueden ser contestados desde una posición más pegada a la legalidad vigente, si eliminamos las percepciones o los juicios de intenciones, como señala el general francés Étienne Copel, un veterano del armamento nuclear (3). Señala este especialista militar que Irán cumple con la mayoría de las estipulaciones del Tratado de No Proliferación y, por tanto, tiene derecho a desarrollar este tipo de energía, más allá de la desconfianza internacional.

En una línea bien distinta, Mongrenier considera que París se ha limitado en Ginebra a recordar lo que las potencias occidentales venían exigiendo a Irán: la congelación del proceso de enriquecimiento de uranio, la transferencia fuera del país del material ya almacenado y la apertura de todas las instalaciones a las inspecciones de la AEIA.

¿ARABIA SAUDÍ CON ARMAS NUCLEARES?

Irán puede considerarse prácticamente ya, en la jerga atómica, un «Estado umbral». Es decir, un país que dispone de las capacidades requeridas para franquear la etapa decisiva hacia la consecución de armamento atómico, tan sólo dependiente de la decisión política. Aceptar este hecho «podría amplificar la turbulencia de los contrarios», sostiene Mongrenier. Israel figura en cabeza en esa lista de «contrarios». Es el más sonoro y activo en sus esfuerzos por hacer fracasar Ginebra mediante la consecución de unas exigencias inaceptables para Teherán. Pero no es el único. Hay otro enemigo hostil, conocido pero mucho más silencioso y, desde luego, más inquietante para Estados Unidos. Se trata de Arabia Saudí.

La monarquía wahabí no está dispuesta a aceptar que la gran potencia chií del mundo islámico pueda decidir, a conveniencia, convertirse en un Estado con armas nucleares. La actitud favorable a la negociación demostrada por el Presidente Obama ha sido una razón más -quizás la más decisiva- en el deterioro de las relaciones entre Riad y Washington (4). ¿Qué puede hacer la Casa Saud para evitarlo? Presionar política y diplomáticamente, como está haciendo. Sin la discreción habitual. Pero además, y eso es lo que preocupa en Estados Unidos, responder a Irán con la misma moneda; es decir, dotarse también de armamento nuclear. Para ello cree contar con un cooperador necesario: Pakistán.

Hace tiempo que se baraja esta hipótesis, pero hace unos días el programa televisivo Newsnight (BBC) aseguró, citando fuentes de inteligencia y de la OTAN, que Pakistán estaría dispuesto a entregar armas nucleares a los saudíes. Hace casi tres años, el periódico londinense THE TIMES acreditaba de fuente autorizada saudí el propósito real de dotarse de arsenal atómico para contrarrestar la supuesta amenaza iraní en el mismo campo. El propio Rey Abdullah le habría confesado al negociador norteamericano Denis Ross, en 2009, que si Irán se dotaba de armas nucleares, su reino haría lo propio.

Que Pakistán es el socio señalado para esta inquietante empresa saudí no debería ser una sorpresa para los más avisados. El experto en Arabia Saudí Simon Henderson nos lo recordaba estos días (5). Cuando Alí Bhutto inició el programa nuclear de Pakistán en los setenta, Arabia destacó como el principal financiador potencial. Posteriormente, el ‘padre científico’ del arsenal nuclear pakistaní, A.Q. Khan, fue un asiduo visitante del reino, hasta llegar a ofrecérsele la ciudadanía saudí, en recompensa por la valiosa información que proporcionó a sus príncipes, que incluyó la visita, en 1999, del entonces ministro de Defensa a unas principales instalaciones del dispositivo nuclear pakistaní. Ese mismo año, el actual primer ministro pakistaní, Nawaz Sharif, fue derrocado por el general Musharraf y fijó su exilio en Arabia. Más inquietante aún para Washington, el reino saudí lleva adquiriendo en China misiles capaces de soportar carga nuclear.

Esta alianza entre dos colosos sunníes frente al desafío chií que lidera Irán en el mundo islámico presenta numerosas ventajas mutuas. Sólo con plantearse, ese entendimiento despierta una viva preocupación en Washington (y aún más en Israel), porque se trata de dos de sus principales aliados en el convulso mundo islámico. Pakistán depende enormemente de Washington, pero vive con la paranoia de que los estrategas norteamericanos manejan desde hace años las ventajas de que India tenga un peso mayor en el futuro de Afganistán. Lo que resultaría intolerable para los omnipotentes militares pakistaníes.

Sin embargo, ese eje sunní tiene sus limitaciones, porque Pakistán e Irán, aunque en bandos diferentes del Islam, mantienen una colaboración interesada en controlar la evolución de Afganistán y minimizar otras interferencias extranjeras. Al igual que le ocurre a Pakistán con la mayoritaria población pastún, Irán desea proteger a la minoría hazara, de creencia chií.

En todo caso, si Pakistán tuviera que elegir entre la amistad de Arabia Saudí y la ‘convivencia pacífica’ con Irán, es de suponer que elegiría lo primero. Sólo una intervención contundente de Washington podría frenar ese designio, si los saudíes caen en la tentación de emprenderlo. La carrera nuclear entre los dos máximos exponentes de los polos islámicos es el peor escenario para Washington e Israel. Pero, lejos de disuadir a Obama de las negociaciones, esta amenaza es un estimulo y no un obstáculo para insistir en un resultado positivo con Irán.

(1) Citado por Yochi Dreazen, en How France Scuttled the Deal at the Last Minute. FOREIGN POLICY. 10 de Noviembre de 2013.

(2) L’injustifiable haro sur la diplomatie française.LE MONDE, 12 de noviembre.

(3)Iran a le droit d’exploiter l’uranium dans ses centrales.LE MONDE, 12 de noviembre.

(4) Ver artículo anterior. https://fundacionsistema.com/Info/Item/Details/4948

(5) The Nuclear Handshake. FOREIGN POLICY. 8 de Noviembre de 2013.