De todo el catálogo internacional, destaca seguramente la nuclearización de Irán. Las filtraciones del departamento de Estado no han descubierto nada dramático, en puridad. En todo caso, han confirmado algunas aprensiones: que se desconoce con exactitud el nivel de avance del proceso, que Irán ha debido abastecerse en mercados particularmente indeseables, que algunos dirigentes árabes (singularmente los monarcas petroleros del Golfo) están más ansiosos que nadie por abortar la aspiración de los ayatollahs, que Israel presiona de lo lindo en favor de una opción militar y que las potencias occidentales no saben ya cómo convencer a los iraníes para que entren por el aro.

Lo que no ha aparecido en los papeles desvelados estos días -ni seguramente aparecerá- son esas otras acciones equivalentes a las militares. No en todo caso «opciones», sino actuaciones ya en marcha.

OFENSIVAS MENOS ARRIESGADAS

Dos hechos muy recientes sobresalen sin discusión: el asesinato de Majid Shahriari, uno de los principales científicos responsables del programa nuclear iraní, y la infección informática del software que gestiona el funcionamiento de las centrifugadoras. La mayoría de los medios occidentales se han ocupado muy poco del primer asunto y algo más del segundo. Una relevante excepción lo constituye el interesante análisis publicado por THE OBSERVER.

El dominical describe con detalle la ejecución de este atentado mortal y de otro de idéntica factura que no resultó tan exitoso: el otro científico, Fereydum Abbasi, consiguió salvar la vida. A comienzos de año, un colega de estos dos expertos, Massud Alimohammadi, también fue abatido en las calles de Teherán. Con cierta candidez, algunos medios dirigieron inicialmente las sospechas hacia los escuadrones de la muerte del régimen. Poco después se consideró la autoría de dos de los grupos armados de la oposición (Jundullah y Mujaidines-e-Jalq), con escasa convicción. Cuando se conoció la ocupación de la víctima, las sospechas empezaron a cambiar de dirección. Hace tres años, el responsable de las instalaciones nucleares de Isfahan murió víctima, aparentemente, de radiación. Pero, ya entonces, otras fuentes creyeron que, en realidad, había sido envenenado.

En el artículo del OBSERVER, se citan fuentes de los servicios de inteligencia occidentales, propias y de la revista TIME, que centran prioritariamente sus sospechas sobre la autoría de esos «tres asesinatos y medio» en el Mossad israelí. Se resaltan tres argumentos: 1) Israel ya empleó este mismo método expeditivo paras liquidar a los científicos que levantaron el programa nuclear iraquí a comienzos de los ochenta; 2) el director saliente del Mossad, Meir Dagan, había obtenido permiso político para intensificar el recurso de asesinar a los enemigos de Israel (práctica que continuará con el nuevo jefe de los temidos servicios secretos); 3) la ejecución extremadamente profesional de los atentados.

Estas variaciones de guerra encubierta o de baja intensidad tiene la ventaja de minimizar los riesgos. Si Bush dejó pasar la oportunidad y Obama trata de retrasarla lo más posible es en gran parte debido a las consecuencias inevitables demasiado costosas: llámese fracaso parcial, represalias, inestabilidad en la yugular del tráfico petrolero (Ormuz), etc.

Israel ya habría obtenido de Estados Unidos las bombas anti-búnker que llevaba años demandando por si el presidente norteamericano de turno no se atreviera a dar el paso. Pero actuar en contra del deseo de la Casa Blanca, en estos momentos de enésimo intento de negociación de paz en Oriente Medio, podía acarrear daños políticos y diplomáticos a considerar. Si no hubiera otra alternativa, sería ingenuo estimar que Israel se atendría a la templanza.

Pero podrían haber encontrado un camino, al menos provisional. Si no podemos detener, o controlar, o encauzar el programa nuclear, hagámoslo imposible, inviable en su raíz: destruyendo sus mentes o anulando su tecnología con ataques blandos, limpios, o de los que apenas dejan rastro.

EL ARMA DEL TIEMPO

Obviamente, estas actuaciones podrían ser tácticas, pero carecen de profundidad estratégica: es decir, por si solas no son suficientes para arruinar los designios de Teherán. Resultan muy eficaces para retrasar la culminación del proceso y ganar tiempo. El otro instrumento, las sanciones internacionales destinadas a neutralizar el suministro de todo tipo de material coadyuvante, arroja resultados más desmayados. Otra cosa es meter material defectuoso en los envíos, otra forma de guerra, el boicoteo, el sabotaje, que también estarían practicando agencias occidentales.

Con este panorama, la mayoría de los analistas conceden pocas esperanzas a la nueva ronda negociadora que se inicia este viernes en Ginebra, a pesar de las invocaciones de la Secretaria Clinton en favor del «engagement» (diálogo o negociador). Irán habría acumulado ya 3 toneladas de uranio pobremente enriquecido y habría avanzado considerablemente en el desarrollo tecnológico que permitiría elevarlo a la condición exigida para la fabricación de bombas nucleares.

Discrepa del pesimismo Robert Dreyffus en THE NATION. Este veterano observador de Irán cree que la propuesta que se presente a Teherán parece a primera vista aceptable. En pocas palabras, consiste en que Irán entregue a Rusia su uranio poco enriquecido para su reprocesamiento en combustible. Parte de este material sería empleado en un reactor destinado a uso médico en Teherán, pero la mayoría iría destinada a la planta de Bushrer, construida precisamente con tecnología rusa, y destinada a fines civiles. En caso de que los negociadores iraníes reciban autorización de aceptar esta oferta, las potencias occidentales permitirían a Teherán que continuara desarrollando la construcción de centrifugadoras. Naturalmente, todo el proceso estaría sujeto a la estrecha vigilancia de la Agencia Internacional de la Energía Atómica. Este esquema sobre el que se intentará trabajar suscita, no obstante, numerosas interrogantes y no pocas trampas, de uno y otro lado. De ahí el escepticismo dominante. Aunque el plazo de este año parece un ardid israelí, a Obama se le acaba el tiempo de la reflexión.

Para complicarle el escenario aún más, se desinflan las perspectivas de un acuerdo entre israelíes y palestinos. Netanyahu no quiere o no puede prorrogar la congelación del proceso colonizador en territorio palestino ocupado y la Casa Blanca acaba de decidir la renuncia a esta exigencia previa para reanudar las negociaciones bilaterales directas. No parece probable que los palestinos cedan, por lo menos enseguida. El proceso tiene visos de estancarse, si no lo estaba ya. Se avecina una enésima ronda de incómodas escaramuzas diplomáticas. No es que este asunto este directamente vinculado con el de Irán, pero abre un nuevo frente en el esfuerzo diplomático y proyecta sombras de malestar e inquietud en el mundo islámico.