En un par de semanas parecen haberse concretado gestos para el legado presidencial de Barack Obama: el acuerdo preliminar sobre el programa nuclear iraní y la escenificación de la reconciliación histórica con Cuba. Sin embargo, todo está en el aire. Por eso, Irán y Cuba, que desde fuera se perciben como grandes oportunidades, bien pudieran convertirse en potenciales complicaciones bajo la muy diferente perspectiva de la óptica política interna.

Las divergentes interpretaciones del acuerdo de Lausana entre la Casa Blanca y Teherán podrían impedir un acuerdo final en el plazo previsto del 30 de junio o, lo que es peor, replantear de nuevo las negociaciones por mucho que a ambas partes no le interese tal escenario. Y, en cuanto a Cuba, el apretón de manos de Panamá puede congelarse si el «respeto» y la «admiración» de Raúl Castro se ven superados con la «paciencia» que anuncia una reconciliación tortuosa.

HILLARY Y OBAMA: NI TAN LEJOS NI TAN CERCA

Quien parece entender muy bien estas dualidades es la potencial sucesora de Obama en la Casa Blanca. El momento elegido por Hillary Rodham Clinton para hacer pública su candidatura a la nominación ha coincidido con este momento de notoriedad internacional de su correligionario.

Es sabido que Hillary no es una partidaria entusiasta de la política exterior de Obama. Al contrario, hace un año se permitió expresar una crítica con tal grado de acidez que se vio obligada a rectificar meses después. ¿Gesto calculado o desliz? Difícil de saber. En todo caso, en la hora de su segunda oportunidad, Hillary Clinton contempla la política exterior de Obama como arenas movedizas: puede hundirse ante sus rivales si intenta asentarse sobre ellas.

El riesgo es tanto más inaceptable cuando el rédito que podría obtener no parece determinante. Es un axioma clásico que la política exterior no gana elecciones. Ni siquiera en el sistema-mundo norteamericano. Pero sí puede ser un factor relevante para perderlas. Irán fué precisamente ese caso para Jimmy Carter. La humillación de los rehenes, combinada con el segundo shock petrolero tras el triunfo de los ayatollahs, se convirtió en las arenas movedizas (más bien en tormenta perfecta) para el entonces presidente demócrata.

El relato sobre las diferencias entre los dos políticos demócratas actuales en política exterior es conocido. Hillary es declaradamente más dura de lo que ha sido Obama con las amenazas. Más intervencionista, más convencional, más apegada a las alianzas tradicionales de América. Por tanto, si en estos veintiún meses que le restan de mandato Obama no «cerrara» de forma inequívocamente satisfactoria el acuerdo nuclear con Irán o no avanzara decisivamente en la apertura a Cuba, su «compañera» Clinton, de conquistar la Casa Blanca, podría desandar estos «pasos históricos».

Ni siquiera tendría necesidad de proclamarlo en campaña. Aunque Obama no consiguiera confirmar los éxitos exteriores en la recta final de su mandato, no parecería apropiado que Hillary se apuntara al desprestigio del su correligionario para ampliar su base electoral. Por eso, portavoces del equipo de la aspirante ya han dejado entrever estos días que no resultaría inteligente alejarse demasiado del actual inquilino de la Casa Blanca, a pesar de esas discrepancias en política exterior. Resulta mucho más conveniente apoyarse en las mejoras internas. En particular, la sólida recuperación económica y, en una dimensión más discutida, la lenta pero segura ampliación de la atención sanitaria (ObamaCare).

LA ESTRATEGIA REPUBLICANA

Con toda seguridad, los rivales republicanos se afanarán en las primarias por presentarse, cada uno de ellos, como la mejor baza para desactivar la herencia del primer presidente afro-americano.

Resignados a tener que aceptar que la recuperación económica es un hecho, los aspirantes del Great Old Party no tienen más remedio que tomar el camino opuesto a su rival demócrata. Tratarán de amplificar lo que consideran aventurera, errática y peligrosa política exterior de Obama. Irán y Cuba son muy convenientes para su demagogia porque en ambos escenarios cuentan los republicanos con aliados muy irritados con la actual Administración.

La confirmación de Netanyahu en el liderazgo político israelí ha sido una apuesta que ha resultado exitosa para los conservadores estadounidenses. Pero el factor que puede cobrar mayor importancia en los meses por venir es el de la maquinaria financiera de la campaña. Recientemente se han publicado cifras del respaldo que notables millonarios pro-israelíes (por convicción o por interés) están prestando o van a prestar a los aspirantes republicanos, a corto y medio plazo, a la Casa Blanca o al Capitolio. El peso de ese apoyo puede hacer empalidecer al tradicional «lobby judío», por otro lado más plural y bipartidista que nunca.

Cuba también se antoja arena movediza por cuanto al menos tres de los aspirantes republicanos son latinos o muy cercanos a esa comunidad y, a la sazón, enemigos, en mayor o menor medida, de la reconciliación con el castrismo: los senadores Ted Cruz (Texas) y Marco Rubio (Florida) y el ex-gobernador de Florida, Jeff Bush (marido de una mexicana).

De estos tres, Rubio, hijo de cubanos exiliados, será el más combativo en el dossier cubano. En diciembre, cuando se anuncio el acuerdo preliminar, saltó a degüello, acusando a Obama de traicionar a los demócratas cubanos, «sólo para pulir su legado». Cruz, de origen mexicano, será menos emocional, pero sus pulsiones ultraconservadores le instalan en un discurso destructivo.

El «tercer Bush», el más moderado de los tres, quizás será el menos agresivo en este punto. Su Estado nodriza, y el de Rubio, es Florida, el más «afectado» por la reconciliación. Aunque sigue siendo santuario de los «enemigos» de la Revolución, las cosas han cambiado mucho en «Little Cuba». Las jóvenes generaciones ya no apuestan ciegamente por la confrontación con La Habana. Por otro lado, como ya viene siendo habitual, Florida podría resultar clave para conquistar la presidencia en noviembre de 2016. Los votos anticastristas no serán suficientes para lograr ese objetivo. El equilibrio puede ser la carta ganadora y eso obligará a Rubio a parecerse más a Bush III, que en su día fuera su mentor y hoy es su rival.

En definitiva, las contradicciones republicanas, las incertidumbres exteriores y los vientos económicos favorables explican el mediático mensaje con que Hillary Clinton arranca su campaña. De forma significativa, se ha proclamado «defensora» de los americanos. Pero no de enemigos exteriores que o bien tienden su mano con mayor o menor entusiasmo (Cuba e Irán, respectivamente), o esa mano no les alcanza para golpear (Rusia), o se trata de una mano demasiado cautelosa (China). La amenaza que Hillary cree necesario afrontar es la desigualdad, que la recuperación económica no ha conseguido enjugar. Construir sobre seguro; es decir, confirmar la mejora de América, y no incursionar en las arenas (siempre) movedizas de la política exterior