No sería razonable construir generalizaciones a partir de la frase pronunciada por un menor mal informado. Sin embargo, me temo que la identificación entre Islam, violencia y amenaza está calando hondo en la opinión pública, y temo también que la consecuencia lógica expresada inocentemente por aquel niño sea compartida, si no expresada, por un colectivo cada día más numeroso.

Prácticamente no hay día en el que los noticiarios no ofrezcan imágenes de graves matanzas ocasionadas en nombre del Islam, a veces en países remotos, y a veces cerca de casa, como en el 11-M. Las amenazas a los soldados españoles, a los cooperantes españoles, a los pescadores españoles, suelen provenir de grupos violentos que se autoproclaman “islámicos”. Los medios amplifican también las noticias acaecidas a nuestro alrededor sobre “tribunales de honor” que condenan a mujeres por no llevar pañuelo, niñas de doce años obligadas a casarse, ablaciones genitales….

Este caldo de cultivo alimenta posicionamientos políticos oportunistas, a veces groseros, como el de los promotores de la “batalla de los minaretes” en Suiza, y a veces más sutiles, como el que protagoniza el Presidente francés reivindicando la “herencia cristiana de Europa”, previniendo contra la “desnaturalización” del modo de vida occidental, o instando a todas las religiones a “guardarse de la ostentación y la provocación”. ¿A qué razones hemos de atribuir el veto francés al debate incluso sobre la eventual incorporación de Turquía a la Unión Europea?

El pecado de la intolerancia ya despertó al monstruo de la violencia racista una vez en Europa. Cuidado. No tentemos a la suerte. Vivimos en comunidades globales, mestizas por necesidad, condenadas al entendimiento entre diferentes. Derramar el combustible de la incomprensión y del odio, criminalizar al diferente por su origen o religión, estigmatizar al otro culpándole de todos los males… Puede llevarnos al incendio de la convivencia y al desastre. Ya lo sufrimos a comienzos del siglo pasado. ¿Nos hemos olvidado de la Shoah?

La islamofobia puede tener también consecuencias muy negativas en el marco de las relaciones internacionales. La geopolítica de bloques que tantas tensiones provocó puede reeditarse en clave religiosa, cristianos contra musulmanes. Los regímenes moderados de Oriente y del Magreb se verían empujados por sus opiniones públicas hacia unos alineamientos muy peligrosos para la estabilidad y la seguridad mundial. Por no hablar del efecto legitimador que la exacerbación en Europa del sentimiento anti-musulmán puede ocasionar sobre grupos terroristas.

Hay límites que no pueden traspasarse, ni tan siquiera en nombre de la tolerancia o de la convivencia. Son los límites de la defensa de los derechos humanos, de la igualdad de la mujer para con el hombre, de la libertad y de la seguridad. Ahora bien, dentro de esos límites debemos hacer todos los esfuerzos para evitar la simplificación, la caricaturización, la estigmatización del Islam, de lo islámico, o de los musulmanes, como un riesgo o una amenaza a evitar. No solo porque no es justo. También porque es peligroso. Para todos.

A aquel niño del Congreso tuve la oportunidad de contestarle. “Los terroristas no son de una religión o de otra. Son solo fanáticos sin razón. A los musulmanes no vamos a echarles a ningún sitio, porque este país es tuyo, mío y suyo también. Y tenemos que aprender a convivir en paz y en tolerancia.” Espero haber llegado a tiempo.