Es una de las pocas películas que homenajea a los miles de niños españoles, todos de la zona republicana, que fueron enviados a la Unión Soviética durante la Guerra Civil. Entre 1937 y 1939 partieron varias expediciones hacia allí, donde se les recibió con los brazos abiertos. Sin embargo, con la entrada del país en la II Guerra Mundial y la llegada de los alemanes a sus tierras, esos niños padecieron la miseria y los peligros de todo conflicto bélico.

Carlos Iglesias afronta su segundo largometraje en este contexto histórico, y como ya hiciera con el primero «Un franco 14 pesetas», lo escribe, dirige y protagoniza. Como su propio autor manifestó, la idea surge de un arduo trabajo de investigación. Son 36 historias de niños de la guerra, sobre todo de Irún y de Collado Villalba, de donde sale el guión de esta película contando la historia de todos ellos y no la de ninguno en concreto. Apoyándose en estos hechos, nos habla de sentimientos y emociones fuera del control de la racionalidad. Y absolutamente por encima de ideologías y banderas. El amor entre enemigos nace inesperadamente. Entre un comisario político del Partido Comunista y una mujer de derechas que renuncia a todo por amor a su hijo.

Esta película además de coincidir con la primera, en que trata de españoles fuera de España también lo hace en la delicadeza y sensibilidad con la que trata estos asuntos con los sentimientos más enraizados del ser humano. En toda la cinta hay un constante esfuerzo por poner en valor los elementos que pueden unir a lo que conocemos como las dos Españas. Como el propio Iglesias expresa «tiende puentes».

Su realización es sobria y de gran eficacia, su escenografía tanto en los interiores como en los exteriores inmejorables por su minuciosidad y realismo.

Es una cinta entrañable, remueve conciencias y da un mensaje esperanzador del ser humano.