Hay cierto aire de irrealidad en la riña que protagonizan Obama y Netanyahu. No porque falten los motivos para la disputa, que son aparentemente importantes y muy agrios. Pero visto con perspectiva histórica y estratégica, el conflicto perjudica a ambas partes y resulta del todo insostenible a medio plazo.

En las últimas horas, se ha detectado una ofensiva propagandística israelí, primero para hacer control de daños y, en segunda instancia, para desplazar hacia la Casa Blanca la parte más gruesa de la responsabilidad de la querella. El intento se antoja grosero, a poco que se analice con neutralidad lo ocurrido.

El desencuentro entre Obama y Netanyahu se debe a dos motivos fundamentales: la firmeza de la Casa Blanca en negociar con Teherán el control y neutralización (ya que no es posible la eliminación) de su proyecto nuclear iraní y el empeño de Washington en resolver el conflicto palestino-israelí mediante la fórmula de los ‘dos Estados’. Por sí solas, las discrepancias no deberían haber salido de los cauces habituales. Pero hace tiempo que la desconfianza y desagrado mutuo entre ambos dirigentes ha provocado el desbordamiento.

Cuando las cosas empezaron a ponerse tensas, Obama intentó enfriar los ánimos, pero Netanyahu se sintió fuerte por la política desleal de los republicanos y jugó a practicar la ‘pinza’ contra el presidente norteamericano, quizás con el convencimiento de que éste cedería o buscaría la manera de satisfacer las aspiraciones de la derecha nacionalista israelí.

Pero Obama hizo todo lo contrario: mantuvo las negociaciones con Irán, aunque con ello asumiría el enorme riesgo del fracaso. Netanyahu dobló y triplicó las apuestas. Y llegó hasta quizás lo imperdonable: se avino con entusiasmo a la invitación republicana, sin el consentimiento del despacho oval, para pronunciar un discurso ante el Congreso con el propósito de alertar del riesgo que supone para Israel no destruir el programa nuclear iraní. Para más escarnio, ese discurso se programó en tiempo de campaña electoral israelí. Lo cual confundía intereses nacionales y partidistas.

El resultado de este envite no fue el esperado. Las encuestas posteriores al discurso no arrojaban un repunte del Likud. Netanyahu sacó entonces una carta que escondía desde hacía tiempo debajo de la manga: desafió a Washington con el rechazo del Estado palestino y, por si esto fuera poco, se despachó con pronunciamientos despectivos sobre el voto de los árabes israelíes (conducidos a votar ‘en hordas’, en autobuses ‘fletados por la izquierda’, dijo).

Esta «sorpresa» final de campaña irritó sobremanera a la Casa Blanca. Y mucho más al comprobar que resultó eficaz, pues Netanyahu ganó. El presidente retrasó más de lo habitual la felicitación obligada y reprochó al primer ministro sus referencias despectivas al voto árabe y el rechazo a la creación del Estado palestino. En consecuencia, Obama le advirtió a Netanyahu que «su Gobierno tendría que reevaluar sus opciones en Oriente Medio». En Israel y en los sectores más proísraelíes de Estados Unidos se activaron las alarmas. Numerosos analistas han coincidido en diagnosticar estos días que nunca un presidente norteamericano se ha atrevido a llegar tan lejos en la crítica de su aliado privilegiado en Oriente Medio.

EL GIRO CÍNICO DE NETANYAHU

En otro gesto, seguramente tan calculado como los anteriores, Netanyahu aseguró que se le interpretó mal en campaña, que nunca dijo que rechazaría un Estado palestino si fuera elegido, sino que las circunstancias no permitirían que tal situación se produjera. Esta nueva muestra de grosero cinismo, tan propio del primer ministro israelí, exasperó a Obama y a sus asesores. En la semana posterior a la victoria electoral se filtró la nueva predisposición de la Administración norteamericana a respaldar una eventual resolución de la ONU en favor de la reanudación de las negociaciones basadas en el principio de los dos Estados y abstenerse en caso de que se plantee otra resolución que condena la expansión de los asentamientos (1).

En el frente interno, la organización judía J-Street, próxima al Partido Demócrata, cerró filas con la Casa Blanca y responsabilizó a Netanyahu del deterioro de las relaciones de familia, presentándolo como un peligro mayor para la seguridad israelí.

La última gota en este intercambio de golpes ha sido la filtración de que Israel espió las negociaciones nucleares con Irán. Varios ministros israelíes han negado rotundamente estas imputaciones, aunque los desmentidos no parecen convincentes.

Más allá de todo este ruido, del cruce de reproches y culpabilizaciones, y sin negar que se ha producido daño y que la reparación será costosa y no inmediata, quizás se esté exagerando un poco. Sin descartar, como dicen algunos palestinos, que haya algo de «teatro».

En su áspera llamada de felicitaciones a Netanyahu, Obama afirmó que, bajo ningún concepto, se pondría en duda el compromiso de Estados Unidos con la seguridad de Israel. Convenía, entre tanto reproche y tirón de orejas, entre tanta advertencia gruesa, deslizar ese mensaje. Israel ha sido, es y seguirá siendo el protegido de Estados Unidos en Oriente Medio. Ni siquiera una bronca como la que se está viviendo podrá alterar esa realidad geopolítica, que ha sobrevivido a todos los sobresaltos globales y regionales de las dos últimas décadas.

A esta consideración estratégica hay que sumar las exigencias tácticas. Aunque Obama respalde la solución de los dos Estados, en la práctica no ha presionado a Israel para avanzar en la justa reclamación de los palestinos, por muchos errores que éstos hayan cometido en los últimos procesos de negociación. La posición de Estados Unidos no ha sido nunca del todo neutral, ni en sus iniciativas más equilibradas, como los denominados «parámetros de Clinton» o el reciente esfuerzo de John Kerry. Hay una predisposición norteamericana a favorecer las posiciones de Israel, sobre todo cuando las negociaciones se estancan. De la misma manera, cuando rebrota el conflicto bélico, como ocurrió el verano pasado en Gaza, la Administración norteamericana, aun señalando los excesos israelíes, tiende a amortiguar las críticas internacionales y a ser comprensiva con las «necesidades de seguridad de Israel» y con su «derecho a defenderse», minimizando la gigantesca desproporción de esa lucha.

En definitiva, en toda esta pelea de familia hay bastante impostura. Si cualquier otro dirigente mundial se hubiera comportado como lo ha hecho Netanyahu en los últimos meses, Washington ya estaría liderando una iniciativa de aislamiento internacional.

 

(1) FOREIGN POLICY, 20 de marzo.

(2) THE WALL STREET JOURNAL, 24 de marzo.