Este año, las sucesivas citas electorales podrán dibujar mapas políticos exasperados o de difícil gestión. Sin que eso motive alarma entre los electores. Como si se tratara de un síntoma secundario o menor de lo que realmente preocupa: la falta de horizonte para millones de personas, de familias. La más inmediata es Italia: este fin de semana

No ha sido nunca el país transalpino el termómetro más fiable o representativo de la salud europea, por muy comprometido que haya estado siempre con el proyecto integrador. Las múltiples capas de la política italiana favorecen discursos reales o impostados sobre cualquier cosa que convenga. Nunca ha marcado Italia la tendencia política o ideológica de Europa. Más bien se ha empeñado en convertirse en una prueba de la capacidad europea para absorber lo excesivo, lo atípico, hasta lo más repudiable.

LA RESISTIBLE ‘OPCION MONTI’

Hace unos meses parecía distinto. Quienes, con mejor voluntad que entendimiento, se creyeron la «opción Monti» como un indicio de que Italia, después de todo, era «reformable», andan ahora decepcionados. Quizás con cierta superficialidad, se admitió la abdicación de la política, del sistema político representativo y la voluntad ciudadana, simplemente porque la solución que representaba el respetado tecnócrata italiano parecía viable. Se sacrificó con facilidad la denostada ‘política’ a la presunta ‘eficacia’. El deterioro de la política italiana había sido tan intenso que no se trataba de transar nada, sino de sustituir un cadáver por una fría opción de futuro.

Pero Monti dimitió, pretextando que se había completado una fase de la tarea. Dejaba la pelota en el tejado de la ‘clase política’ con la no explícita intención de que le renovaran el crédito para continuar con una reforma en profundidad. El gesto fue, en realidad, un golpe de efecto poco consistente con su perfil de seriedad. Aunque nunca podrá probarse, muchos tuvimos la sensación de que Monti había cedido a parecidas tentaciones que las que denunciaba, esas que han envenenado durante décadas la República italiana.

‘Il proffessore’ se dejó querer por amplios sectores de la muy desacreditadas familias políticas. Jugó primero a que no sería candidato, luego a que no sabía si lo sería y luego a serlo pero sin las «pasiones» habituales. Finalmente, no le ha hecho ascos a algunas de las pautas más alejadas de su proclamado estilo.

Monti, sin embargo, en la hora decisiva, se ha desinflado. Quizás nunca estuvo inflado. O sus opciones, como algunos comentamos en su momento, eran más fruto de la complicidad de editorialistas y manejadores de la opinión que de la verdadera sensibilidad ciudadana. Las encuestas predicen un resultado muy discreto para este antiguo ejecutivo de Goldman Sachs, uno de los bancos de inversión vinculados al fiasco financiero mundial. ¿De qué se extrañan algunos?

No es que la mayoría de los italianos haya dado muestras abundantes de buena memoria. Incluso de que le importe tenerla. El italiano es, políticamente, profundamente escéptico. Por no decir cínico. Eso explica las tendencias electorales muy singulares mantenidas durante décadas.

INCIERTO RESULTADO, ESQUIVA SOLUCIÓN

Llegados hasta el punto, Italia elige sin perspectiva de una solución clara. Las encuestas predicen un escenario complicado de gobernabilidad. La izquierda puede volver a (intentar) gobernar, más por agotamiento o carbonización de la derecha, por el cálculo arriesgado de Monti, que arrastrada por una cierta ilusión de cambio, de alternativa. En Italia no existe el ambiente que había en Francia la primavera pasada, aunque ese impulso se haya estancado, como era de temer. Este previsible triunfo escaso, apagado, e insuficiente le deja las manos muy atadas a la izquierda posibilista italiana.

Ciertamente, Bersani y Hollande comparten una imagen de seriedad, de experiencia en fontanería política y de moderación, algo siempre utilizado como supuesta baza, aunque luego no se sabe bien para qué -y para quienes- termina sirviendo. Curiosamente, el dirigente italiano tiene experiencia de gestión, no como el francés. Estuvo en los GobiernoS de D’Alema y de Prodi, y fue bien valorado, pero ocupó responsabilidades de segundo orden.

Se percibe una cierta paradoja: lo que en un momento pudo ayudar al líder de la izquierda a colocarse en cabeza de la preferencia electoral, puede terminar resultando una trampa a la hora de gobernar. Bersani no se limitó a tender la mano a Monti, sino que se vinculó a su ‘programa de reformas’, hasta el punto de que, sin su apoyo, el tecnócrata no lo hubiera sacado adelante. Y eso le confirió a Bersani respetabilidad y marchamo de alternativa entre los llamados ‘mercados’ y los ‘druidas’ de la opinión.

El problema es que, ahora, por falta de respaldo electoral suficiente y, tristemente, de alternativa propia real, la suerte y el programa de la desvaída izquierda italiana parece atado a Monti. Lo que provoca tensiones en la amalgama de partidos que apoyan el liderazgo de Bersani. Desdeñoso, el tecnócrata le ha hecho ascos a su potencial socio de gobierno, como si intentara evitar que su presunta solvencia se pudiera diluir en el discurso sospechoso de una izquierda que, intelectual e ideológicamente, desprecia.

Esa arrogancia puede costarle cara al ‘Professore’. Al final, los entendidos pueden proclamar que Monti ha hecho lo correcto, pero la gente de la calle cree poco en esos discursos donde se llega a la meta por el camino doloroso y lago pero correcto. En Italia no hay quien no crea en los atajos, de un signo o de otro.

Berlusconi es el maestro de la trampa, del engaño, de la demagogia, del ridículo fuera de las fronteras. Pero también del atajo como forma y estilo de hacer política. De la supervivencia en momentos extremos. De la política como deporte, pero de riesgo. Su recuperación sólo ha podido parecer milagrosa o incomprensible a quienes se hayan resistido a ponerse gafas italianas para entender Italia. ‘Il Cavaliere’ no aspira a ganar. Pero puede hacer ingobernable Italia. O sea, lo de casi siempre.