Lo que está ocurriendo en la Unión Europa -y no sólo aquí: también en otros lugares afectados por la crisis- es la reaparición (no son nuevas) de alternativas coyunturales o de ocasión, válvulas de escape, polos de atracción de la protesta o del rechazo. No son opciones de Gobierno y, en la mayoría de los casos, ni pretenden serlo los propios protagonistas.

UN DOBLE VOTO DE PROTESTA

En Italia, algunos analistas suman los votos de Berlusconi y de Beppe Grillo para que las cuentas del sentimiento «anti-europeo» resulten más abultadas: prácticamente la mitad del electorado. Se trata, sin embargo, de electorados bien distintos, aunque ciertamente existan algunos puntos de contacto entre ellos.

Berlusconi representa la resistencia de una derecha italiana egoísta y «anárquica» (en el sentido más conservador de la palabra: que cada cual se salve con sus recursos y que nadie pida seriamente cuentas). Es el producto de un reflejo anti-fiscal, base por otra parte del éxito del peculiar empresario milanés desde mediados de los noventa. Los efecto de las políticas de austeridad impuestas por Berlín, Fráncfort y Bruselas (el orden no es aleatorio) han revivido a un Berlusconi moribundo bajo el peso de su propia ignominia. No le importa mucho eso a ese tipo de italiano cínico, vividor, egoísta y aprovechado. Algunos de sus propios votantes despreciarán seguramente a Berlusconi: pero no lo que él representa y está dispuesto a defender, aún a costa de ridiculizarse en el intento.

Beppe Grillo, en cambio, es algo más confuso. Sin duda, más novedoso. Pero, con bastante probabilidad, también más efímero. Ha recogido el ‘voto del cabreo’ que diría un castizo. No es una respuesta articulada y con vocación de construir una alternativa. Como suele ser habitual en estos fenómenos (electorales más que políticos), surgen con cierto ímpetu pero les cuesta mantenerse y terminan evaporándose sin apenas hacer ruido.

De lo que se ha oído estos días sobre el éxito del Movimiento 5 Estrellas, tienen especial interés unas declaraciones del líder del Partido Democrático, Bersani. «Hasta ahora lo que les hemos escuchado es que se vayan todos; bien, ya están ellos aquí; ahora, o bien se van ellos también o nos dicen qué quieren hacer por su país y por sus hijos». El comentario tiene toda la ‘mala intención’ que podría esperarse de un político italiano, cuánto más si procede del ámbito intelectual comunista y se ha especializado, como Bersani, en el estudio de las estrategias de poder de la Iglesia.

No le falta razón al que pudiera ser próximo inquilino del Palacio Chiggi. Claro que, con su propia ironía, podría devolvérsele a Bersani una pregunta no menos envenenada: «Bien, hasta ahora lo que les hemos escuchado es que había que terminar con la austeridad como política única de afrontamiento de la crisis; ahora que, aun con apuros, han ganado ustedes las elecciones, han de demostrarnos que tienen una alternativa viable». Bersani haría bien en estudiar con detalle estos nueve meses de Gobierno de Hollande, para intentar prevenir limitaciones y problemas. Y eso con suerte, porque Italia soporta una situación mucho más complicada que Francia; y Bersani dispondrá de un respaldo legislativo mucho más frágil.

EL HORIZONTE DE GOBERNABILIDAD

¿Qué hará entonces el líder del centro izquierda italiano? Las opciones se le reducen. Lo que hubiera preferido la triada europea sería que la suerte del primer ministro ‘in pectore’ siguiera ligada a la de su antecesor, Mario Monti, el ‘favorito de los mercados’. Es decir, la misma fórmula, pero invertida. Pero, como era de esperar para todo el mundo excepto para los fanáticos de la política de austeridad que se niegan a ver lo evidente, Monti ha quedado reducido a la irrelevancia política, con menos del 10% de los votos y unos respaldos parlamentarios muy recortados. No valdrá para mucho el apoyo que le estuvo regateando durante la campaña. ‘Il Professore’ es el gran derrotado de estas elecciones. No él, en realidad, sino la élite europea, de la que ha sido su principal intérprete, por mucho que últimamente intentara hacer entender a Ángela Merkel que había que endulzar sus recetas.

Algunos analistas no han descartado otra fórmula con resonancias alemanas: un Gobierno de gran coalición, para conjurar el peligro de la desestabilización económica y social y poner sordina al canto del ‘grillo’. Parece más una ensoñación que una posibilidad real.

La sagacidad de Bersani en su comentario de bienvenida al perturbador Grillo no se agota en la ironía paternalista sobre la entrada de los anti-sistema en el Parlamento. Hay que pensar ‘a la italiana’ y suponer que quizás le esté tendiendo la mano. No le costaría mucho al eventual primer ministro ignorar algunos comentarios incómodos del líder populista, ni ciertos coqueteos con grupúsculos de extrema derecha. Bersani puede extraer de los ‘cinco estrellas’ el elixir del descontento juvenil. No únicamente para sumar apoyos en las bancadas, sino también para legitimar súplicas, envueltas en exigencias, ante el tribunal ‘tricefálico’ europeo que tiene virtualmente intervenida la economía italiana (y otras del continente).

El enrevesado sistema electoral italiano -urdido en su momento por el tramposo Berlusconi para afianzar su dominio- le permitiría paradójicamente al centro-izquierda balancearse en el alambre político y retrasar la nueva llamada a urnas, que muchos consideran, en todo caso, inevitable a medio plazo. Los dirigentes políticos convencionales creen que este margen no servirá para gobernar en sentido estricto, pero sí para desactivar a Grillo, seducirle a él o a muchos de sus componentes, inocular cierto desánimo en sus seguidores protestatarios y privar de energía al movimiento de protesta. Entonces, se jugará con otra matemática electoral y se podrá capear el temporal con otras garantías.

Es un cálculo comprensible, pero arriesgado. Italia se desfonda en la recesión, sin que asome una perspectiva favorable, salvo para los profetas de la austeridad. Ese eje de necesidad que ha surgido en el corazón de la UE (Francia-Italia-España) continuará previsiblemente con Bersani, aunque con parecidos resultados, si no más debilitados, ya que el político ex-comunista no dispone de las credenciales de Monti en la triada de poder europea.