FAREWELL, HIROSHIMA

Este año se cumple el septuagésimo aniversario del lanzamiento de las bombas nucleares norteamericanas sobre Japón, que aceleró el final de la Segunda Guerra Mundial en el Pacífico y cambió las relaciones de poder en el mundo (de entonces en adelante empezamos a hablar de la ‘era nuclear’). Los residentes en Hiroshima y Nagasaki sufrieron atroces consecuencias y Japón soportó la humillación más dolorosa de su historia. Las bombas transformaron su destino político, económico y social.

El derrotado Imperio del Sol Naciente, ferozmente escarmentado, consagró en la nueva Constitución (artículo 9) el abandono del militarismo y la adopción de un ‘pacifismo’ inédito en su historia. Sus fuerzas armadas serían reducidas dramáticamente y confinadas a un papel estrictamente defensivo. Con ligeras modificaciones recientes, tras el final de la Guerra Fría, ese concepto se ha mantenido hasta ahora. Pero, en este último aniversario de Hiroshima y Nagasaki se cierran setenta años de repliegue, de timidez militar, de vergüenza. Japón afronta una nueva era de su historia en cuanto se refiere a la concepción de su seguridad, la de sus vecinos, la de sus aliados…. Y, naturalmente, la de sus rivales o enemigos.

LA MANIOBRA DE ABE

El primer ministro, Shintaro Abe, nacionalista, cree que ha llegado el momento de clausurar los años de expiación. Le ofrece a Japón un nuevo horizonte defensivo. Después de aumentar notablemente el presupuesto militar, crear un Consejo de Seguridad e impulsar el mercado armamentístico, se ha decidido a afrontar el asunto fundamental. En julio consiguió que la Cámara Baja del Parlamento (Dieta), donde su partido, el Liberal Demócrata, conservador, goza de mayoría, aprobara 11 leyes que consagran la nueva dimensión militar del país. El Senado abordará el desafío en septiembre. No hay duda de que el resultado será también afirmativo. Pero, en todo caso, si no es así, la Dieta puede neutralizar ese eventual voto negativo al disponer el primer ministro del suficiente apoyo para hacerlo.

De confirmarse el voto, Japón podrá ampliar su ámbito de actuación militar, podrá participar en conflictos internacionales no sólo con apoyo logístico o humanitario (como ya empezó a hacer en los años noventa), sino con plena capacidad militar, ampliar el ámbito de la cooperación con sus aliados (singularmente Estados Unidos) y un significativo etcétera. En fin, Japón normalizará su perfil militar y de seguridad. Será un país más. El impacto será global.

La oposición se ha opuesto firmemente a este proyecto de Abe, protagonizando incluso una retirada ruidosamente del Parlamento el día de la votación. Aparte de todo tipo de acciones políticas, se espera una denuncia ante los jueces, porque se considera que las leyes infringen los principios constitucionales, ya que suponen, en la práctica, una alteración de los límites expresos que la Carta Magna establece para las competencias militares del país. Por este motivo, los opuestos a esta modificación fundamental exigen a Abe un referéndum. Pero el primer ministro, aunque admite la pertinencia de un cambio constitucional, elude la consulta a la nación, porque tiene muchas probabilidades de perder el envite. Su jugada ha sido presentar las leyes como una lectura interpretativa dentro de los límites constitucionales.

LA VISIÓN EXTERIOR

Desde fuera de Japón, el apoyo es claro por parte de Estados Unidos, que comparte el objetivo fundamental de adaptar la potencia de Japón a las necesidades actuales. No es una posición nueva o reciente. Pero la emergencia fabulosa de China, también en el plano militar, ha reforzado este propósito, con bastante respaldo de la opinión pública (1).

Por el contrario, Pekín considera que la iniciativa del primer ministro japonés «pone en peligro la integridad y los legítimos intereses de seguridad chinos «, constituye una «potencial amenaza» para la seguridad y la estabilidad» en Asia, y conmina a Tokio a «extraer las duras lecciones de la historia» (2).

Los expertos en la seguridad de Asia se muestran, por lo general, favorables a esta iniciativa de Abe, por considerarla acorde con la realidad geoestratégica. Pero hablamos de enfoques coincidentes con los intereses norteamericanos y/u occidentales, por lo general (3).

Durante décadas, Washington ha venido promoviendo la conveniencia de que Japón emprenda una reflexión profunda sobre sus compromisos de seguridad. La lenta superación de los traumas bélicos, su rehabilitación política y, sobre todo, su pujanza económica convirtió en obsoletas las provisiones constitucionales sobre el papel de Japón en un ámbito regional y global cambiante.

Lo que consideramos como guerra fría en Europa, fue guerra caliente en Asia. Para Estados Unidos, la revolución china y las sucesivas guerras de Indochina no fueron interpretadas como luchas de liberación nacional y popular, sino como episodios de la confrontación entre Occidente y el comunismo internacional, apoyado por la URSS. Japón permaneció claramente anclado en el bando occidental entre 1945 y 1989, hasta el hundimiento del sistema soviético. En los años siguientes se mantuvo esa tendencia, pero el debate sobre la seguridad en Asia ha tenido contenidos, agentes y dinámicas diferentes a las que hemos vivido en Europa.

El crecimiento espectacular de la potencia militar China, en paralelo a su gigantismo económico, y el programa nuclear norcoreano han modificado las percepciones regionales, aunque persistan posiciones contrastadas. Filipinas, aliado tradicional de Washington, acepta el cambio japonés, porque teme la asertividad de Pekín en el Mar del Sur de la China o en los archipiélagos. Vietnam, un antiguo enemigo de EEUU que ha dejado de serlo, mantiene una desconfianza histórica hacia China. En cambio, Corea del Sur recela del incremento del poderío militar nipón. China trata de explotar estas fisuras.

Cuando Obama proclamó su «giro hacia Asia» (pivot to Asia), al comienzo de su mandato, tenía en mente éste y otros desafíos regionales. La dimensión militar es sólo la otra cara de la auténtica batalla que se libra en esa parte del mundo: la hegemonía económica y comercial global. Setenta años después de Hiroshima, el único país que ha experimentado la que debería ser irrepetible experiencia del terror nuclear, se enfrenta a un dilema histórico.

 

(1) Con motivo de la visita oficial de Shintaro Abe a Estados Unidos, en abril, se publicó una encuesta realizada en ambos paises sobre las percepciones de sus poblaciones respectivas sobre el presente y futuro de sus relaciones, que reflejarían un alto grado de confianza mutua. «How Strong is the U.S.-Japan Relationship». FOREIGN POLICY, 14 de abril.

(2) Sobre el futuro de las relaciones chino -japonesas, bajo este enfoque del nacionalismo emergente en ambos países, es interesante el trabajo publicado por el INSTITUTO FRANCÉS DE RELACIONES INTERNACIONALES (IFRI), en su colección «Asie Visions», de marzo de este año, obra de ALICE EJMAN Y CÉLINEE PAJON.

(3) Dos especialistas en Japón en el CENTRO DE ESTUDIOS INTERNACIONALES Y ESTRATÉGICOS, de Washington, los profesores MICHAEL GREEN Y JEFFREY HORNUNG,  son autores de una pieza titulada «Ten Myths about Japan’s Collective Self-Defence Change», en la que pretenden desmontar tanto la inconstitucionalidad de las Leyes de Abe, como la tesis de la oposición mayoritaria a la iniciativa. THE DIPLOMAT, 14 de Julio de 2014.