El conflicto, latente desde hace tiempo, se agravó el año pasado, cuando el Gobierno de Japón decidió recuperar algunos de estos islotes despoblando a un ciudadano que los tenía en alquiler, supuestamente para evitar que cayeran en poder de un grupo ultranacionalista que deseaba adquirirlos para desarrollar una campaña nacionalista hostil a China. Sin embargo, Beijing interpretó esta iniciativa como una provocación. Los dirigentes chinos aseguran que las islas pertenecen a China y que les fueron arrebatas durante la expansión japonesa a finales del siglo XIX. Tokio rechaza esta versión y sostiene que se anexionó las islas sin intervención militar, porque estaban vacías y nadie las reclamaba.

CHINA SUBE LA APUESTA

En los últimos años, Beijing ha incrementado sus gestos de afirmación en las islas, con frecuentes incursiones de patrulleras navales en las aguas circundantes. La última medida ha sido crear una zona aérea de identificación (ZAI) en torno a las islas, obligando a todos los aparatos aéreos que transiten por ella a comunicar su bandera, matriculación y plan de vuelo, además de mantenerse en contacto permanente por radio. En caso contrario, incurrirían en el riesgo de ser interceptados o algo peor, ya que el mando militar chino anunció que «adoptaría medidas defensivas de emergencia».

Es la primera vez, desde 1949, que la República Popular de China expande su espacio estratégico marítimo. Y lo hace solapando la zona de defensa aérea nipona. Con esta decisión, Beijing afirma responder a la «arrogancia japonesa» y quiere dejar claro que no piensa aceptar el actual statu quo. Lo que, sin duda, pone a prueba la alianza entre Washington y Tokio.

Como era de esperar, Japón protestó enérgicamente y reclamó el amparo a Estados Unidos, en virtud del compromiso de seguridad mutua que vincula a ambos Estados. La reacción de Washington fué rápida y todo lo contundente que merecía la ocasión. El Pentágono invocó la libertad de navegación y tránsito por el espacio aéreo internacional y confirmó una misión, previamente decidida, de dos aviones B-52 no armados, que atravesaron la zona sin cumplir con las exigencias chinas. Poco después, hicieron lo mismo aviones F-15 japoneses. Beijing se inhibió de cualquier respuesta coercitiva. Aparentemente, la apuesta china se quedó en farol. Pero lo cierto es que las autoridades norteamericanas recomendaron a las compañías aéreas de su país que cumplieran con las órdenes chinas. No hay confianza, por tanto, en que pueda producirse un incidente que tendría graves consecuencias para la seguridad de la región.

Estos episodios podrían resolverse en unos días si no reflejaran una dinámica de inestabilidad en la región. Desde hace años, China está acometiendo importantes inversiones en su aparato militar y ha formulado cambios relevantes en su estrategia de poder regional. No se ha quedado atrás Japón, país que hasta hace sólo unos años estaba todavía purgando los pecados expansionistas del pasado. Esta escalada ha arrastrado a otros países, incluida la India, a realizar importantes inversiones en sus aparatos militares.

JAPON REFUERZA SU APARATO MILITAR

En Japón, la supuesta ‘amenaza china’ ha servido de motivación al Gobierno para incrementar en casi un 3% el presupuesto militar del próximo año y revisar la directiva de seguridad nacional.

De forma coherente con estos cambios de naturaleza estratégica, se ha embarcado en un ambicioso programa armamentístico. En los últimos meses, se han botado varios navíos de gran tonelaje y se han desplegado varios porta-helicópteros de veinte mil toneladas en vacío, los barcos más grandes del archipiélago desde el final de la Segunda Guerra Mundial. El nombre de este navío no puede ser casual. Se le ha ‘bautizado’ Izumo, un crucero que participó en la guerra contra China en los años treinta.

Este despliegue naval (que se ampliará en años venideros) se complementa con la creación de una unidad anfibia de 700 hombres, especializada en la toma de islas y el despliegue de nuevos aviones de vigilancia de alta tecnología, de fabricación norteamericana.

LA INCOMODIDAD DE WASHINGTON

Varios analistas norteamericanos califican este duelo como «juego del gato y el ratón» entre los dos gigantes asiáticos y consideran que se trata de un asunto de fanfarronería por ambas partes, pero admiten que se pueden producir errores de cálculo que provoquen un acontecimiento grave. De ahí la seriedad con la que la Administración se ha tomado el asunto.

La doctrina Obama de pivotar sobre Asia las prioridades estratégicas norteamericanas de los años venideros exige un compromiso de convivencia con Beijing, pero también una política firme de los pactos existentes con sus aliados en la zona, que contemplan el despliegue de la potencia china con creciente inquietud. La gira que el Vicepresidente Biden está realizando por la zona -programada desde hace tiempo- no puede resultar más oportuna. La embajadora en Tokio, Caroline Kennedy, recientemente nombrada, fue muy explícita al declarar, en plena crisis, que la creación de la ZAI «sólo sirve para incrementar la tensión en la región». Un asesor chino en la materia se limitó a decir que la respuesta norteamericana resulta «negativa para una sólida relación entre grandes potencias». Lenguaje muy prudente para el tono habitualmente elevado de China en estos asuntos presentados como de dignidad nacional.

A Washington le inquietan estas actitudes de fuerza de los dirigentes chinos, pero tampoco comulga con el exhibicionismo nacionalista del actual Gobierno japonés, liderado por el primer ministro Shinzo Abe. Lo que menos desea Obama es verse implicado en un conflicto artificial, cuando en realidad lo que pretende es fortalecer reglas de comportamiento que aseguren la estabilidad regional y garantice un entorno comercial y económico sin riesgos.

En algunos círculos estratégicos y políticos de Estados Unidos se tiene la idea de que el nuevo equipo exterior y de seguridad de la Administración Obama carece de suficiente experiencia y conocimiento de las tensiones estratégicas y los manejos en Asia. Parece una crítica excesiva, porque, de momento, las respuestas del Secretario de Defensa, del equipo de Seguridad Nacional y del Departamento de Estado han resultado eficaces. Pero nadie confía en que se registren muy pronto nuevos episodios de tensión.