No en vano, en los últimos meses, el 80% de la destrucción de empleo en España se ha concentrado entre los menores de 34 años y el paro juvenil asciende al 46,1%, un record tan solo alcanzado en 1994. Estas circunstancias conllevan que el 51% de los jóvenes españoles entre 18 y 34 años viva con sus padres, por encima de la media de los países de la Unión Europea que se sitúa en el 46%. De hecho un 80% de los entrevistados en el estudio del CIS manifiestan no haberse emancipado del hogar de sus progenitores debido, fundamentalmente, a la escasez de recursos económicos (54,9%), a no tener trabajo (16,3%), a la imposibilidad de acceder a viviendas (carestía, falta de ayudas…) (7,9%) o a las malas condiciones laborales en las que desenvuelven (poco salario, poca estabilidad…) (4,1%). El 75% de los que consiguen emanciparse y ocupan viviendas en propiedad se enfrentan a hipotecas de entre 20 a 40 años (y de 600 euros mensuales de media). Una cantidad insostenible para muchas parejas jóvenes que, con la que está cayendo, pierden sus trabajos e incluso sus viviendas (según datos ofrecidos por el Consejo General del Poder Judicial, desde enero hasta marzo de 2011 se produjeron 15.491 lanzamientos judiciales, su máximo histórico hasta la fecha). Por ello, muchos jóvenes se han visto en la necesidad de recurrir a sus familiares más directos y/o a los recursos sociales para no acabar en la calle (sirva de ejemplo, que Cáritas española destinó, el pasado año 2010, 1,9 millones de euros en ayudas directas a familias y, en concreto, el 62% de esta cantidad se destinó a alquileres y a pagos de rentas de habitaciones en pisos colectivos).

Esta situación se debe a que históricamente la política de vivienda pública en España es muy insuficiente, a que la financiación de las viviendas sea de las más onerosas de Europa, a que las ayudas a su acceso resulten escasas (el gasto público en vivienda asciende al 0,9% del P.I.B., a diferencia de los países punteros de la Unión Europea que dedican entre un 2% y un 3% de su P.I.B), a que los planes de vivienda están orientados mayoritariamente a potenciar la propiedad, y a que la oferta de viviendas sociales en alquiler sea muy escasa (unas 124.000 en total, lo que representa el 0,5% del total del parque de viviendas). De forma que la vivienda es un bien de muy difícil acceso para la mayor parte de la población. Los más afectados por esta política son, en su mayor parte, los jóvenes que desean independizarse, pero también las personas que residen en infraviviendas, y los diversos grupos sociales que se han visto más perjudicados por la crisis económica.

En consecuencia, la tardía emancipación de los jóvenes en España responde a razones asociadas a la desregulación y precariedad laboral, a las elevadas tasas de desempleo y paro, así como a las carencias de un modelo de Estado de Bienestar, que no ha traducido en el derecho constitucional a un trabajo y a una vivienda dignos. Por eso bastantes familias españolas tienen que realizar funciones que en otros países son propias del Estado. Y en momentos de precariedad, como los actuales, cumple un papel especial de colchón económico y emocional con aquellos familiares directos más necesitados. Además, el hecho de que las relaciones entre los integrantes de las familias españolas (abuelos-padres-hijos-nietos-bisnietos) sean más igualitarias, libres y tolerantes contribuyen a amortiguar la sensación de fracaso para los que todavía no han podido emanciparse. Así, por ejemplo, según la referida encuesta del CIS el 76,9% de los jóvenes que viven con sus padres pueden decorar sin ningún problema su habitación a su gusto, o reunirse en casa con sus novios/as o amigos/as (70,3%), o llegar por la noche a la hora que quieren (51,5%), o levantarse cuanto les apetece (51%). Sin embargo, tan sólo un 20,3% tienen autorización para mantener relaciones íntimas u organizar fiestas (27,1%).

Todo lo anterior está teniendo efectos socialmente erosivos, pues ni económicamente, ni psicológicamente, ni afectivamente logran distanciarse de sus familias de origen, generándose unas relaciones de dependencia, cuyos efectos son difíciles de calibrar. La juventud, de esta manera, lejos de estar penetrada de ideas de ilusión, fuerza, arranque, vitalidad y futuro, cabe que se oriente, más bien, hacia el derrotismo, la pasividad, la desmotivación, el no futuro. Si la incertidumbre deja paso en la juventud a la certidumbre de un mañana sin horizontes, esto podría implicar una crisis profunda de nuestra sociedad y no deberíamos permitirlo, por sentido de responsabilidad y de justicia hacia los que tienen toda su vida por vivir y los que están por llegar.