La película del polaco Andrzej Wajda ha hecho suyo aquel principio de “Quién no recuerda su historia está condenado a repetirla”. Katyn logra a la perfección el doble objetivo de su director. Es denuncia y recordatorio de la barbarie.

Como todas las guerras, la Segunda Guerra Mundial fue pródiga en violaciones de los derechos humanos; pero las cotas alcanzadas en esta ocasión fueron bestiales, pero la magnitud del holocausto y los pactos de los aliados alrededor de la guerra, han contribuido a taparlos.

Para Wajda, dar a conocer la matanza de 22.000 oficiales polacos en Katyn en 1940, cuyo único responsable fue la Unión Soviética, es una exigencia histórica y personal. Pues su padre fue uno de los oficiales polacos asesinados, lo que le ha permitido incorporar al relato de los hechos detalles autobiográficos.

Sin duda, el film contribuye a recuperar la memoria histórica del terrible suceso, del que Stalin trató de ocultar, atribuyéndoselo a los nazis. Hoy nadie niega el hecho, ni deja de reconocer que Polonia fue víctima de la pinza nazi soviética durante la conflagración.

Este largometraje, candidato al Oscar como la mejor película extranjera, tiene muchas virtudes: La primera, narrar los hechos esenciales, una auténtica lección de historia, contando al tiempo, con talento, el drama personal de varios personajes; y la segunda, tan importante como la anterior, hacerlo sin ánimo de ajustar cuentas. Es elogiable y sorprendente, por inusual, que a pesar de lo involucrado de su director, éste apueste por la objetividad sin renunciar a los sentimientos de los protagonistas.

El film, de acertado reparto, ofrece una magnífica reconstrucción de la época, con muchas escenas rodadas en los lugares reales de Cracovia donde sucedieron. Fotografía, música, dirección artística, exquisitas, se ponen al servicio de una trama de intenso dramatismo, que atrapa las emociones de uno de los muchos capítulos negros de la historia reciente de la humanidad.