En los años en los que se gestó la Transición democrática yo era un joven aprendiz de sociólogo, y muy pronto fui un joven profesor dedicado al estudio de la realidad sociológica y política de España; y todavía recuerdo muy bien lo que sostenían algunos sobre aquella situación. Mi temprano compromiso político y mi colaboración en algunos foros políticos y sociales me permitieron asistir a muchas reuniones en las que era frecuente que se pontificara con mucha suficiencia sobre lo que era o no era factible y necesario en aquellos momentos. Posiblemente, en algún momento me animaré a contar varias anécdotas divertidas que se relacionan con la publicación de algunos artículos en Cuadernos para el diálogo, en Triunfo y en algunas revistas europeas, así como los dos primeros libros que publiqué antes de la muerte de Franco. Anécdotas que se relacionan con los enfoques y actitudes de personajes que luego llegaron a ser muy importantes, y que revelan perfectamente esa tendencia a la disonancia histórica entre el antes y el después.

En el proceso previo a la Transición, cuando los datos objetivos apuntaban ya abiertamente hacia posibilidades plausibles de cambio político, se produjo una exacerbación de las posiciones más doctrinarias en algunos círculos políticos. En el ámbito de la oposición, estas inflexiones eran solemnizadas generalmente con el recurso a los principios y a las doctrinas políticas. En la izquierda no era infrecuente que se manejaran textos que había sido escritos más de un siglo antes, por autores que se encontraban en otros contextos y países muy diferentes, para intentar dilucidar si determinadas estrategias eran suficientemente “científicas” (?) y ortodoxas. Desde luego, Carlos Marx era utilizado, generalmente como arma arrojadiza, con las pretensiones más variopintas, al tiempo que algunos éramos reclamados para que reconociéramos públicamente nuestra falta de “fe marxista” debido a artículos (entonces ya publicados en la prensa diaria) que para nada se relacionaban –ni tenían que relacionarse– con el pensamiento del célebre erudito alemán.

Obviamente, las pretensiones de analizar complejos momentos políticos como aquellos a partir de textos desfasados –o no pertinentes– y de filtraciones “ideologizadas” –en ocasiones simplista y equivocadamente– empezó a generar algunas disfuncionalidades analíticas que, si se amplificaban hasta el extremo, podrían llegar a entorpecer la dinámica política que empezaba a ponerse en marcha. Pero aquel ambiente analítico empezó también a ser abiertamente criticado y refutado por algunos líderes de la izquierda que tenían el necesario sentido común y la suficiente visión de Estado. Por eso, en aquellos momentos se hablaba del “exceso de acumulación ideológica de la izquierda española” y por eso algunos entendieron que había que hacer frente de cara a aquella tendencia, sin mayores miramientos ni medias tintas. Y se hizo con éxito.

Pero, ¿qué hubiera pasado si la izquierda española se hubiera dejado llevar por tales climas “subjetivos” de “acumulación ideológica” y si algunos líderes y sectores se hubieran deslizado hacia posiciones más cómodas, ambiguas y tacitistas? Pues, posiblemente, lo que hubiera ocurrido es que los fundamentalismos doctrinarios de uno y otro lado hubieran ocupado casi todos los espacios políticos, haciendo más cierta la apreciación de quienes pensaban que algo parecido a la transición era “escasamente realista” en aquellos momentos.

Hace poco una persona que me merece mucho respeto político me recordó la lógica subyacente de aquellos viejos debates entre doctrinarios, posibilitas y realistas, cuando me advirtió –no sin falta de alguna razón– que en política no se deben postular estrategias imposibles. Se refería al debate sobre la pertinencia –o conveniencia– de un gobierno de coalición en España en momentos como los actuales.

En realidad, las consideraciones sobre la posibilidad o imposibilidad de determinadas estrategias o salidas políticas deben valorarse con mucha prudencia, ya que en política nada está escrito de manera definitiva y la historia está plagada de posibles o imposibles que luego fueron revertidos. Pero, en el fondo, lo que llama más la atención del momento presente es la tendencia al fatalismo y el pesimismo que se está instalando en amplios círculos políticos españoles. Así, hay medidas y posibilidades que son reclamadas por la opinión pública y por determinados círculos económicos y sociales y que, sin embargo, apenas son consideradas en serio por buena parte de las élites políticas por entender que son poco realistas o totalmente imposibles. ¿Por qué? En determinados casos sencillamente porque algunos –los más doctrinarios– piensan que su imposibilidad es una cuestión de principios: “Porque los desiguales no son «casables», no se «complementan»” –sostienen. A su vez, los más realistas y/o “posibilistas” consideran que su “irrealidad” deviene de las mutuas subjetividades negativas. Es decir, el hecho es que unos y otros no se quieren. Lo cual es cierto.

El problema es que este ambiente de “pesimismo-fatalismo” está extendiéndose a otros sectores de la sociedad española, dando lugar a una secuencia de negatividades –“esto no tiene arreglo”, se escucha por doquier– que están afectando negativamente a la marcha de nuestra economía, quebrando la verosimilitud –y hasta la imagen– de una salida razonable a la crisis actual, con una perspectiva de “tablas políticas”.

Consecuentemente, en estos momentos, nos encontramos de nuevo ante una situación política en la que los componentes subjetivos y pesimistas pueden ser un obstáculo para realizar los análisis que la situación actual requiere. Ayer fue una “acumulación ideológica excesiva”, hoy es una “acumulación pesimista-negativa” un tanto confusa y desganada y posiblemente también excesiva. ¿Seremos capaces de superarla?