Hillary Clinton, a la que sólo un malintencionado puede discutirle su compromiso sin fisuras con la causa israelí, entendió enseguida que sus rivales políticos en Washington no iban a facilitar su tarea y aconsejó a Obama una prudente distancia. El presidente, al comienzo tan entusiasta como cualquiera de sus antecesores -y más los demócratas- hizo calculados amagos, pero terminó declinando una implicación más personal y marginó el intratable dossier en el catálogo de sus prioridades internacionales.

Ahora, con un nuevo Secretario de Estado, se vuelve con fuerza a afrontar la aparente misión imposible de tantas y tantas Administraciones. Los demócratas pueden presumir de haber conseguido los mejores resultados: la paz entre Egipto e Israel (con Carter) y un principio de acuerdo entre palestinos e israelíes (con Clinton). Veinte años después de los acuerdos firmados en Washington por Rabin, Peres y Arafat, las ilusiones de una paz negociada se han ido esfumando.

LA APUESTA DE KERRY

John Kerry, candidato presidencial demócrata en 2004, líder de su partido en el Comité de exteriores del Senado durante muchos años y experimentado político en las lides diplomáticas, no ha querido agotar su posible último servicio al país sin quemar las naves en este asunto intratable de la política internacional.

De momento, ha conseguido que se reanuden las negociaciones sin que se interpongan condiciones previas. Lo cual no quiere decir que tales obstáculos hayan desaparecido o incluso se hayan relajado. Los palestinos quieren que Israel detenga la colonización de los territorios ocupados, que se produzca la liberación de un importante número de prisioneros en una fase inmediata y que se negocie el asunto territorial sobre la base de las fronteras de 1967, es decir antes de la ocupación israelí de Cisjordania. Sin olvidar, claro, que se ponga un plazo para concluir las negociaciones.

Israel, que pese al pobre entendimiento de Netanyahu con Obama sabe que nunca será abandonado por Washington, se niega a atender estas reclamaciones palestinas. Si el primer ministro se ha avenido a no hacer un desplante a Kerry es porque seguramente no cree que tenga nada que perder.

Kerry ha pedido discreción. Lo ha conseguido más o menos, pero no rigurosamente. El mayor ruido se ha escuchado en el bando israelí. En la coalición conservadora se han dejado oír las voces intransigentes que exageran el riesgo de las negociaciones para presionar a Netanyahu, pero también para mantener activa la propaganda republicana en el Congreso.

La liberación de prisioneros es el primer escollo. Ministros israelíes del sector duro ya están advirtiendo que puede ponerse en libertad a condenados por delitos de sangre. Netanyahu puede intentar el consenso con los principales exponentes del Gobierno y orillar a otros más recalcitrantes. Pero también puede utilizar la oposición de éstos para dejar que el proceso se bloquee a las primeras de cambio. No en vano, en uno de sus comentarios sobre la iniciativa de Kerry, ha desdeñado las aspiraciones palestinas.

EGIPTO Y SIRIA, ASUNTOS RELEGADOS

Si al final las negociaciones arrancan, la administración Obama dejará atrás -o eso podría pretender- el mal sabor de boca por la falta de decisión en la guerra siria y el ambiguo papel desempeñado en la crisis política egipcia.

En Siria, el jefe del mando militar ha presentado estos días todas las opciones barajadas por la Casa Blanca, con sus posibilidades y riesgos. En resumidas cuentas, el Pentágono cree que una implicación norteamericana más directa puede tener una influencia importante en el curso de la guerra, pero deja claro los riesgos de una campaña larga y costosa, en vidas en y dinero. El general Martin Dempsey, azuzado por el republicano McCain para que comprometiera opiniones personales, fue muy cauto en su informe y se limitó a delinear con mucha claridad las valoraciones técnicas de las políticas. El asunto sigue abierto, pero será difícil que Obama, aún por cerrar la retirada de Afganistán el año próximo, se arriesgue a otro Iraq para culminar su paso por la Casa Blanca. Que el presidente Assad haya ganado terreno no parece a día de hoy argumento suficiente. Al menos mientras no se disipen los temores sobre una influencia indeseada de elementos islámicos radicales en la oposición. Se les armará, con mucho tiento y controles rigurosos, y poco más.

En Egipto, el delicado equilibrio entre golpistas e islamistas se ha traducido en una postura muy ambigua. Ni condena ni respaldo del golpe de Estado. Pronunciamientos generales sobre el deseable restablecimiento del proceso democrático, perfil bajo en las apariciones diplomáticas públicas y pies de plomo en las declaraciones de los portavoces.

Esta selección de prioridades de la Administración Obama no es caprichosa. Un revelador estudio de Shibley Telhami, resumido en FOREIGN POLICY, demuestra, una vez más, que el conflicto palestino-israelí es el elemento de mayor impacto para el mundo árabe en la percepción de la política de Washington. Ni su actitud ante las revoluciones de los últimos años, ni siquiera la ayuda económica importan más que la satisfacción de los derechos de los palestinos. Tampoco la desactivación de la amenaza nuclear iraní.

Paz justa antes que pan, libertad o seguridad. Esto quiere la mayoría de las masas árabes. O, al menos, eso es lo que declaran. Obama lo sabe y, de conseguirlo, su presidencia será un éxito indiscutible. Un papel más activo en Egipto, Siria o Irán, aunque se cerrara con éxito, no tendría el mismo valor emocional y político. El riesgo bien vale doblar la apuesta.