El espectáculo dantesco donde todo esto sucedió, pudo escuchar a nuestro presidente congratularse con el optimismo al que nos tiene acostumbrados desde que decidió ignorar la realidad española y centrarse en artificios de ingeniería financiera elaborada, para proclamar que la crisis había pasado a mejor vida. En un acto de carácter muy próximo al onanismo más ceremonioso, Rajoy dijo ante sus colegas europeos, los promotores del descalabro impuesto a los países periféricos de la Eurozona (entre ellos España) que “debían sentirse orgullosos” de la tarea realizada. No podía faltar en su discurso la dichosa herencia. Ese chivo expiatorio que se ha convertido en culpable de todas las desgracias y que parece que ahora traspasa fronteras y ha sido causa de todos los males de Europa. Las presiones alemanas por forzar políticas de austeridad, abanderadas por ese Juncker al que ahora proponen para ponerse al frente de Europa, no tuvieron cabida en su discurso. La austeridad fatal con la que se ha condenado a la recesión a Italia, Irlanda, Grecia, Portugal y a la propia España, no han encontrado sitio en el discurso de un Rajoy henchido que culpa a otros que estuvieron antes, y abandera una recuperación que califica como ejemplar.

Jugar en terrero aliado siempre es fácil, y la verborrea de Rajoy desató los aplausos de los presentes, cómplices de la barbarie austericida que asfixia a Europa. Tal vez tanto aplauso y tanta congratulación impida ver a nuestro presidente las cosas como son. Sólo así se explica que, al volver a España, siguiera defendiendo que aquí hemos salido de la crisis (no pregunten de cuál ni en dónde) sin haber tocado el Estado de Bienestar (no quiero pensar cómo va a quedar el pobre el día que le de por meterle mano… ríanse ustedes de la gallina de los payasos de la tele esa que tenía las patas de alambre).

Pero no nos despistemos de Europa, que es ahí donde hemos de fijar nuestro interés de cara a las próximas elecciones. Ahora que se han cumplido los objetivos de la canciller alemana, podemos decir sin rubor que Michael Barnier entró con mal pie en una campaña electoral donde los hilos los mueve Merkel. La fantochada a modo de primarias que han montado los de la derecha europea, ha terminado a modo de reunión “yanqui” con estrella del pop invitada incluida (curiosamente un irlandés que se fue de su castigado país a Holanda para pagar menos impuestos) y la predecible y predicha victoria de Jean – Claude Juncker, como candidato del PP europeo para las elecciones del próximo 25 de mayo. El PPE no ha sorprendido como tampoco lo ha hecho Rajoy al seguir, una vez más, el dictado de Alemania. Decir, como ha defendido Barnier, que hay que regresar a una regulación inteligente, que hay que retomar la iniciativa del empleo, el crecimiento y la competitividad, que hay diferenciar el nivel de los esfuerzos, por países y en el tiempo porque hemos estado cerca de rebasar los límites de la austeridad admisible es muy mala tarjeta de presentación para lograr el apoyo de la canciller germana, quien busca posicionar al frente de Europa una razón que contradiga cualquier halo de medida socialdemócrata impuesta por sus socios de Gobierno, a quienes ha utilizado para llegar al poder, pero de cuya ideología busca zafarse a la hora de llevar su gobierno. Si Europa dice “no”, Merkel encuentra la excusa para desoír a quienes han formado con ella un gobierno de coalición, creyendo que podrían pelear por dar alternativas a Alemania y a Europa. A la canciller no le gusta consensuar con sus socios de gobierno cuando estos pintan colores contrarios y busca para Europa un gobierno sobrio de derechas, un aliado a modo de excusa para defender los intereses propios y continuar con las políticas de austeridad y las reformas estructurales que tanto daño han hecho y siguen haciendo a los habitantes de los países de la Eurozona, independientemente de las cifras macroeconómicas que tanto celebra la derecha europea con nuestro Rajoy como ejemplo.

Intereses, los de la canciller, que definitivamente pasan por acumular poder, independientemente del bien común y los ideales, cada vez más lejanos, que inspiraron el nacimiento de ese proyecto llamado Europa. Afortunadamente las urnas tienen la última palabra y los ciudadanos europeos, con nuestro voto, podemos elegir cambiar las cosas.

Barnier resultaba incómodo a una Merkel insaciable y tampoco tenía nada que ofrecerle a Rajoy para lograr el voto de los populares españoles (en Francia ni siquiera preside la derecha) y aquí de lo que se trata es de acumular poder y no de construir un proyecto, así que la derecha española “vendió” su simpatía al mejor postor. Los populares europeos han perdido una oportunidad única de mostrar su interés por sacar de la miseria a millones de ciudadanos que en la Europa del siglo XXI pasan hambre, no tienen trabajo o viven situaciones de precariedad al límite de la pobreza. Países que han visto cómo se destruía con cada reforma, con cada subida de impuestos, con cada recorte, los pilares del Estado de Bienestar de sus naciones por imposición europea. A cambio, han puesto como cabeza de lista a un ex primer ministro (ostentó 18 años el cargo) de un paraíso fiscal que ha pilotado el llamado austericidio. Un hombre que salta a la yugular de quien pone en duda el papel de Luxemburgo como paraíso fiscal y que ha estado más de ocho años al frente del club de ministros de Finanzas, el Eurogupo, con un perfil más financiero que político, participando de forma activa en los distintos programas de rescate a cambio de reformas económicas cuyas consecuencias fatales todos tenemos en la cabeza. La elección de la derecha sobre el perfil de su candidato a presidir la Comisión Europea deja al descubierto sus intenciones y qué línea quieren seguir. Esperemos que las urnas impidan quese cumplan augurios tan poco sugerentes.