Por consiguiente, estamos ante un mensaje inequívoco por parte del cuerpo electoral tras el resultado más decepcionante obtenido por los socialistas desde el comienzo de la nadadura democrática. Los socialistas deben detenerse a pensar muy seriamente las causas que explican su progresiva pérdida de confianza de los ciudadanos para poder estar en condiciones de superar esta deserción de apoyo social. Pero, ¿de verdad están haciendo este ejercicio o siguen escudados en el argumento de la crisis económica para no enfrentarse a la crisis de un liderazgo severamente derrotado en las urnas? Los actuales dirigentes socialistas tienen voluntariamente que ceder el testigo y demostrar que disponen de la generosidad y la visión necesarias para propiciar y facilitar un cambio profundo, sincero y visible para recuperar esta función ahora perdida de alternativa; un papel en nuestra democracia tiene que volver a representar el PSOE de manera imprescindible cuanto antes. Porque si los socialistas no hacen este trabajo, o lo hacen rematadamente mal, solo contribuirán ellos mismos a consolidar la amplia indiferencia de millones de ciudadanos progresistas que no reconocen ahora mismo al PSOE como tal alternativa. De ahí que en el congreso que está convocado para celebrarse en el próximo mes de febrero en Sevilla no se pueda perder esa oportunidad de plantearse una renovación necesaria y profunda en los proyectos y también, fundamentalmente, en las personas.

Por mucho que se insista en que lo prioritario son precisamente las ideas y los proyectos , ¿quiénes las llevan a cabo y transmiten a la sociedad, sino las personas? Ahora bien, el PSOE quizá se encuentra a este respecto con una dificultad añadida: los mejores y más capacitados socialistas no están hoy dentro de la organización sino que que están progresando profesionalmente al margen del partido. Hay demasiados dirigentes locales, regionales y nacionales sin biografía laboral propia, que entienden la política como un oficio y viven desconectados de la realidad social que, día a día, viven la mayoría de los ciudadanos en las empresas, las oficinas, los tallares o las aulas. De esta manera, la mayor parte de las listas de diputados y senadores que se presentaron desde las filas socialistas en el 20-N son la mejor muestra de las patologías que aquejan a una organización hoy dominada por «funcionarios» del partido al lado de algún que otro advenedizo sin la menor capacidad de liderazgo. Y es que los ciudadanos ya no aceptan esas prácticas y comportamientos de reducidos aparatos orgánicos que consumen su energía en asegurarse fidelidades creando dependencias. Lo que ante todo demandan los ciudadanos a los partidos políticos son propuestas con soluciones y, en el caso específico del PSOE, que los nuevos dirigentes no concentren sus esfuerzos en la lucha por el control de la organización para perpetuarse en ella. Por lo que basta ya de llamadas a las «cuestiones internas» para eludir las responsabilidades personales y el debate colectivo. La participación democrática es la vía que le queda al PSOE para superar de esta crisis que arranca desde antes de las pasada elecciones. Tanto en la Ejecutiva socialista como en el Comité Federal se han opuesto a otras muchas opiniones que allí se han escuchado, las de quienes no creen –como el autor de este artículo- que el debate sea un “lío” y que la autocrítica sea derrotismo y que mostrar tanto dolor cuando se recibe un golpe tan fuerte tras la derrota del 20-N sea propensión a la melancolía. A veces, se escucha decir equivocadamente que los ciudadanos quieren que los socialistas estén unidos y que no es el momento de afligirse sino de mirar para adelante. No estoy de acuerdo. Hacer autocrítica no es mostrar desunión.