En el horizonte del año 1997 la calle Fuencarral era un auténtico laboratorio de observación social: jóvenes con tenderetes improvisados vendiendo artesanías, otros tocando el acordeón y diversos instrumentos musicales, algunos haciendo la “estatua”, muchos acudiendo presurosos a las horas punta a sus trabajos (precarios), o a realizar tareas a tanto la pieza o la hora, etc. Incluso en un contexto de crisis, la impresión que transmitía la calle Fuencarral era de bastante vitalidad.

Sin embargo, hoy en día, cuando observo esta calle con el mismo espíritu distanciado y analítico de un sociólogo, lo que constato me parece distinto. Desde luego, la crisis actual es mucho más severa y de fondo, más consustancial a un determinado modelo que se está agotando. Pero, también me parecen distintas las reacciones y la propia vitalidad de la calle. Ahora lo que más llama la atención es el considerable número de comercios que cierran o que cambian de manos en muy poco tiempo. Incluso varios de los famosos cines de la zona de Fuencarral han cerrado sus puertas de manera definitiva o están a punto de hacerlo, debido a la asfixia que ha creado el elevado IVA cultural impuesto por este Gobierno, que no parece pensar en las consecuencias de muchas de las medidas contraproducentes que toma.

El pesimismo que existe actualmente entre la opinión pública española también hace notar sus efectos por doquier. Por ello, no es exagerado decir que en estos momentos sufrimos los efectos combinados de una doble “depresión”: la económica y la psicológica. De ahí que apenas haya consumo y que casi todo el mundo se retraiga -incluso ese 28% de población que, según los datos del INE, puede vivir con holgura-, mientras que las incertidumbres ante el futuro erosionan las ganas de vivir y disfrutar de mucha gente.

No sé si el clima de negatividad también está influyendo en mi capacidad de observación objetiva como sociólogo, pero lo cierto es que el pulso de la calle Fuencarral ahora me parece que está bastante más decaído y todo parece un poco más triste. Quizás se encuentra más a tono con el triste Gobierno que tenemos, con algunos de sus compungidos y erráticos ministros, o con los taciturnos mandamases europeos, o con el mustio Presidente del Gobierno de España. ¡Y llevan menos de dos años! ¡Vamos, para tirar cohetes!