Estas subidas de pecios y rebaja de ingresos comenzaron ya en 1973, con la guerra árabe-israelí, y en 1979 y 1980 con la toma del poder por Thatcher y Reagan respectivamente. Ya desde entonces debería haberse iniciado la crisis, pero la existencia de capitales ingentes en manos de los beneficiarios de estas subidas de precios y reducciones de costes, ha permitido financiar el consumo de amplias capas de la población, así como a los Estados, lo que ha dado a llamarse “vivir por encima de nuestras posibilidades”.

También se está dando un fenómeno de confrontación entre áreas económicas, Estados dentro de las áreas, territorios dentro de los Estados, sectores económicos y clases sociales para que estas reducciones de consumo las soporten más los “otros” que “nosotros”. Esto, que a muchas personas les puede parecer poco ético, además da lugar al espejismo de que la crisis se puede resolver por los métodos tradicionales ya que a “otros” les está yendo mejor.

Visto la anterior y puesto que no se pueden seguir agotando globalmente los recursos de la Tierra como hasta ahora, y el sistema capitalista no tiene visos de desaparecer, la crisis no puede desaparecer tampoco.

Por lo tanto, lo que habría que hacer es cambiar la percepción de la situación, en el sentido de que la crisis debe transformarse en una oportunidad para llegar a un mejor reparto de los recursos entre todos los habitantes de la Tierra, así como enfocar las prioridades de la utilización de los recursos disponibles en los bienes y servicios básicos para vivir con dignidad.

Resumiendo, mucha más responsabilidad y mucha más solidaridad de todos y para todos.

Para ello es necesario que la clase política se afane en los objetivos citados antes, aunque no hay que ser ingenuos, son los verdaderos detentadores del poder los primeros que se tienen que concienciar de que las penurias les van llegar también a ellos, o a su entorno, más temprano que tarde.