Con la crisis económica ha debido pasar algo parecido. Parece que no hubo tiempo de verla de lejos, lo que hubiera permitido perfilar bien su contorno y características, y bien porque pensáramos que no estábamos en la senda de los elefantes, bien porque llegó a más velocidad de lo esperable o bien porque nos pilló bailando el vals en los salones de primera como cuando el hundimiento del Titanic, lo cierto es que sólo está siendo analizada una vez que la tenemos encima.

Así, unos destacan de ella la falta de liquidez, o de confianza, o de las dos cosas a la vez, en el sistema financiero, otros el alto valor de los tipos de interés, la subida de los precios de las materias primas o el alza imparable del precio del petróleo que no saben si atribuirlo a la especulación o a que los chinos y los indios le han cogido gusto al modo de vida occidental. Pero nadie se atreve, todavía, a definir exactamente el perfil exacto del elefante, es decir, de la crisis.

Y ese factor, la incertidumbre sobre la forma y tamaño del bicho, es lo peor. Todos los analistas económicos coinciden en decir que lo peor no ha pasado, pero no hay coincidencia en decir cuando va a ser lo peor. Posiblemente, cuando se sepa como es la crisis.

En el debate sobre el estado de la crisis, celebrado el 2 de julio en el Congreso de los Diputados, el Presidente anunció un paquete de medidas en función de la interpretación que, ahora, están haciendo de la crisis. Parece que esa interpretación, o el momento en que se ha hecho, no satisficieron al resto de los grupos políticos quienes, sin excepción, la criticaron.

Lo que no se sabe es que parte del elefante es la que ha visto el Partido Popular porque, de las cincuenta medidas que anunció Rajoy en ese debate, no se sabe nada: ni él las explicó ni, lo que resulta más curioso, nadie le ha preguntado. Puede que se trate de medidas sobre fondos reservados, lo que justificaría la discreción, pero mucho me temo que se trate de propuestas simplemente intrascendentes incluso para quien las ha anunciado, quien, curándose en salud, ya solicitaba del Presidente que las acogiera sin soberbia.

Lo cual nos puede llevar a la falta de alternativa y al fomento de una especie de «qualunquismo» en materia de política económica nacional: haga lo que haga un gobierno nacional, no va a tener ninguna influencia en una economía tan globalizada que responde mejor a manos invisibles que a regulaciones estatales. Lo que, a su vez, podría justificar que un gobierno poco decidido hiciera como eje de su política económica el esperar y ver.

A la vista de las encuestas de opinión, parece que al Gobierno se le está reclamando una mayor actividad respecto a la adopción de cuidados paliativos a la crisis. Y es, precisamente, al Gobierno y no a la oposición, a quien se le hace esta exigencia, por lo que la posibilidad de unos nuevos «pactos de la Moncloa» que reclaman algunos, no parece que tengan ahora mucho reclamo.

Ahora que se ha descubierto la complejidad, y el tamaño, del elefante, ha llegado la hora del Gobierno porque, y permítanme que hablando de animales, acabe con un refrán muy español, “para las cuestas arriba quiero mi burro, que las cuesta abajo, yo me las subo”.