El debate abierto estos días en torno a los problemas de la Presidenta de la Comunidad de Madrid para llegar a fin de mes resulta cuanto menos vergonzoso. Es difícil entender que un mujer perteneciente a una de las familias más ricas de España, con un sueldo de 8.395,24 euros mensuales (100.742,91 euros al año), más gastos de representación y no pocos coches oficiales a su disposición no pueda llegar a fin de mes.

La “pobre” condesa consorte de Murillo ha reconocido que lo peor para ella es hacer frente a la factura de la luz, ya que los techos de su casa son muy altos y la calefacción es eléctrica. Tal vez la factura de la luz de Aguirre sea tan cuantiosa porque reside en un céntrico palacete madrileño de miles de metros cuadrados, que requiere de unos cuantos sirvientes, que linda con cuatro calles, y donde solamente los armarios roperos, donde guarda varios centenares de pares de zapatos (¿emulando a Imelda Marcos?) y un amplio vestuario de las más afamadas firmas de moda (¿recuerdan el que le diseñó su amiga Ágatha Ruiz de la Prada para la celebración de los últimos Premios TELVA?), ocupan una superficie superior a la vivienda media de un madrileño. Efectivamente, calentar una vivienda así debe de resultar bastante caro.

Si se ve muy apurada, la Presidenta de Comunidad podría pedirle ayuda a alguno de sus familiares, gestores de Aguirre-Newman, uno de los brokers inmobiliarios más poderosos del país, o a su marido, el empresario ganadero Fernando Ramírez de Haro y Valdés, Conde de Murillo, Grande de España e hijo de la Marquesa de la Casa Valdés.

Quién sabe, quizá sea cierto que la condesa pasa apuros. Pero nunca podremos saberlo a ciencia cierta hasta que Esperanza Aguirre haga público su patrimonio, una promesa que realizó antes de convertirse en Presidenta de la Comunidad de Madrid, y que nunca ha cumplido.

Todo este tipo de comentarios no sirven más que para que la ciudadanía desconfíe de la clase política, de la que se siente cada vez más alejada. Esperanza Aguirre debería pedir disculpas por estas frívolas declaraciones en la que parece reírse de los problemas reales de los ciudadanos para llegar a fin de mes.