CON LA GUARDIA EN ALTO

Es muy posible que tengan razón los que aconsejan prudencia ante la evolución de los acontecimientos en Egipto, después de la aceleración histórica provocada por la crecida democrática de las últimas tres semanas. Tranquiliza, no obstante, que los propios líderes del movimiento juvenil que ha jubilado precipitadamente al raïs aseguren que mantienen de momento la confianza en la cúpula militar.

La situación es paradójica, cuando menos. Es verdad que el régimen sigue intacto, y que, salvo algunos policías expedientados y ciertos ex-ministros bajo la lupa, sólo Mubarak ha pagado los platos rotos. Es verdad que, nominalmente, en la cabeza del Estado se encuentra el militar más significado de la etapa anterior, el ministro de Defensa Tantawi, a quien los propios dirigentes de la revuelta motejaban como «el perrito faldero de Mubarak». Es verdad que las promesas de una democracia plena y sin trampas han conseguido por fin disolver las manifestaciones populares, después de dos semanas de seducción militar fallida.

Pero no es menos cierto que los primeros pasos prácticos resultan alentadores. El panel de juristas que prepara una nueva Constitución presenta una composición plural y hasta inesperada, con la presencia al frente de un destacado crítico del presidente depuesto, de un prestigioso jurista abiertamente identificado con los Hermanos Musulmanes y de otro cristiano de credo copto, la principal minoría del país. O que los pronunciamientos públicos de la cúspide castrense parecen negar cualquier eventualidad de permanencia en el poder más allá de lo que lleve organizar la consagración de una democracia abierta y pluralista. Incluso se ha autorizado la recogida de fondos para asistir a familias de los caídos durante las protestas. Y muchos detalles más que hacen mostrar un semblante de confianza a los ‘jóvenes egipcios’ que se han ganado la admiración mundial.

Y con eso y todo, en la medida en que nadie se convierte a la democracia de la noche a la mañana, los que se resistían a dejar la Plaza de Tahrir o los que no bajan la guardia merecen respeto y atención.

PERFIL DE UNA REVOLUCIÓN

En espera de que se despejen todas esas dudas, lo más interesante de estos días han sido los análisis y disecciones de las fuerzas revolucionarias. Con escasas discrepancias, éste sería el retrato robot del primer agente revolucionario en el mundo árabe desde mitad del siglo pasado:

– persona joven, en su treintena, como edad dominante;

– hombre o mujer, sin distinción significativa de género;

– liderazgo competente, preparado, reflexivo y flexible.

– mensaje laico, moderno, abierto y tolerante, que no ha excluido a la juventud de los Hermanos Musulmanes, en gran parte porque en ningún momento los islamistas han intentado pescar en río revuelto

– conocedores de los recursos comunicativos electrónicos (al menos a nivel de usuario, y más avanzado entre los líderes)

– inspiración en el propio movimiento tunecino, con viajes significativos en momentos cruciales de la apuesta revolucionaria.

– influencia de asociaciones democráticas horizontales y partidarias de la no violencia, poco conocidas en Occidente, como la serbia Otpor (que resultó decisivo en la caída de Milosevic), y el pensador norteamericano Gene Sharp, a quien de momento nadie cuelga sospechosas vinculaciones.

– madurez inesperada de una oposición acostumbrada a la humillación y el ninguneo, que ha sabido dejar el control del movimiento a sus verdaderos inspiradores y no apuntarse de forma oportunista un falso protagonismo.

PARTE PROVISIONAL DEL CONTAGIO

A medida que pasan los días, brotan los focos de tensión, se amplían y extienden las protestas y el virus contestatario gana pie en otros países islámicos: Argelia, Libia, Yemen, Irán, Irak (¡Irak!), Jordania, Marruecos, Bahrein… No hay tiempo para detenerse en todos. Los dos últimos han sorprendido a algunos, por cuando se consideraba que los tronos concitan un respeto reverencial que no infunden las repúblicas. ¿Será otra falsa creencia, como las que han quedado ridiculizadas a orillas del Nilo? A la hora de escribir esta crónica, Bahrein se perfila como el escenario más caliente. Tropas en las calles, contestación abierta, dinamismo bloguero, fuerte sensación de marginación de la mayoría chií (80% de la población) frente a un gobierno poco querido, el de la familia Jalifa, no por ser sunní, sino por su estilo autoritario y nepótico.

Con especial interés aguardamos los acontecimientos en Marruecos. La manifestación prevista para el domingo puede sacar a nuestro vecino de la falsa sensación de estabilidad en la que se agazapaba desde el comienzo de las protestas en la inmensa plaza pública árabe de este invierno.

Irán es un caso ciertamente aparte. Se trata del único país en el que los occidentales han alentado expresamente a los opositores que pretenden acabar con el régimen gobernante. Ni siquiera le acompaña Libia en esta categoría, después de que Gadaffi entrara ya hace años por el aro y perdiera hasta el mínimo eco contestatario de la hegemonía occidental. Importante e inoportuno ejercicio de hipocresía occidental: por muy despreciables que resulten los dirigentes de la República islámica, resulta obsceno el descaro con que se acude a la doble vara de medir.

DOBLE RASERO OCCIDENTAL

Estados Unidos ha hecho el mayor gasto hasta el momento en la gestión de la crisis, aunque su capacidad de influencia haya resultado limitada, como subrayan los atónitos analistas norteamericanos. Estos días se han ido conociendo con más detalle las contradicciones, dobles lenguajes y raseros, mensajes equívocos y fricciones en el interior de la administración Obama.

La preocupación de Obama ante la posibilidad cierta de ser colocado en el ‘lado equivocado de la historia’ por las poblaciones árabes desconcertó a muchos de sus más cercanos colaboradores, que tiraron del manual de los intereses y escondieron el de los valores. Quizás porque él mismo resultó por momentos preso de la ansiedad ante un cambio demasiado rápido. Al final, tuvo que convencer a algunos de sus irritados aliados, que le aconsejaban mantener la ‘cabeza fría’ y no llevar demasiado lejos la aplicación práctica de su famoso discurso pronunciado precisamente en El Cairo durante su primera gira por Oriente Medio.

Más allá del desconcierto, el papel de Occidente en este proceso abierto y de resultado aún incierto merece una profunda reflexión, aunque no hay que hacerse demasiadas ilusiones. No deja de resultar grotesco que, mientras las poblaciones árabes parecen decididas a levantarse contra sistemas de gobierno autoritarios, ineficaces, insensibles y caducos, una de las democracias con más carga de historia, la italiana, arrastre lo que arrastra. El caso Berlusconi resulta casi un guiño de la Historia, una coincidencia asombrosa y un signo del empobrecimiento democrático en Occidente.