La fuerte demanda provocada por el crecimiento de China y la India y la cantidad de producción agraria que se destina al consumo del ganado o a la elaboración de biocombustibles son algunas de las causas que están detrás de la evolución de los precios de los alimentos.

La creciente globalización, la revolución verde, el desarrollo de la agricultura genética, tan alabada por el pensamiento dominante y apoyada por tantos grupos de científicos, miren ustedes a lo que nos han conducido. Por un lado, sigue dándose en el mundo esa gran dualidad en la que grupos de población comemos en exceso y grandes sectores padecen hambre o desnutrición. Esta situación, que es estructural y que no ha sido suficientemente corregida con los grandes avances técnicos, lleva demasiado tiempo establecida en la economía mundial. Ahora, además, vivimos tiempos en los que la coyuntura agrava los problemas estructurales.

La existencia del hambre y su no desaparición, así como la realidad de las hambrunas que de cuando en cuando se dan, acompañadas de la presión demográfica, ha hecho resucitar las tesis pesimistas sobre la población de Malthus. Por eso se propone un control demográfico, vinculado al optimismo que para muchos significa el avance de la ciencia y de la técnica, como herramientas capaces de resolver los problemas derivados del hambre. Todo ello sirve, entre otras cosas, para apoyar los productos transgénicos, que aparecen como la solución a los problemas derivados de lo que se considera una escasez de la oferta de alimentos en relación con la población. Pero, sin negar la importancia de la técnica para avanzar, no podemos caer en su adoración sin más, pues lo que tenemos ante nosotros son sin lugar a dudas problemas sociales, derivados de las estructuras que configuran la producción, la distribución y el consumo actual.

Nos encontramos en un desorden alimentario mundial, como ya denunciaba J.-P. Charvet, con su obra «Le desordre alimentaire mondial. Surplus et pénuries: Le scandale» (Ed.Hatier, Paris, 1987). Por otra parte, conviene recordar a los que confían tanto en el avance técnico que K. Griffin hacía una crítica contundente a la revolución verde en «La economía política del cambio agrario» (Fondo de Cultura Económica, México, 1982.), hasta el punto de concluir que la historia de la revolución verde en el Tercer Mundo es la historia de un fracaso.

A su vez Vandana Shiva, en el libro «Cosecha robada. El secuestro del suministro mundial de alimentos» (Ed. Paidós, Barcelona, 2003), nos estremece cuando explica con rigor y ejemplos concretos la destrucción de la agricultura de muchos campesinos del mundo subdesarrollado por los grandes intereses dominantes. En esa línea resulta también muy ilustrativa la obra de Michel Chossudovsky «Globalización de la pobreza y nuevo orden mundial» (Siglo XXI editores, 2002). Este libro sirve para poner de manifiesto que África es víctima de la globalización, tanto por lo que concierne a las políticas puestas en marcha por la presión del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, como por las grandes empresas oligopólicas que dominan la producción y el mercado agrario. África no es que fracase, como señalan tantos autores hoy en día, por no encontrarse inserta en la globalización, sino que es un continente damnificado por la globalización que la incluye a esta región para explotarla y la excluye a la vez marginándola.

Por último, recomiendo la lectura de «Doce mitos sobre el hambre» (Icaria, Barcelona, 2005), de varios autores, una obra que cuestiona tantos tópicos que se utilizan hoy para tratar el hambre en el mundo. Sin enumerar todos, sólo diré que algunos de ellos, como la insuficiencia de alimentos o el exceso de bocas que alimentar, quedan tan rebatidos como la revolución verde.

En definitiva, la agricultura se encuentra sometida a los intereses de un pequeño y reducido grupo de empresas multinacionales que controlan todos los procesos hasta llegar al consumidor final. Sus intereses son lucrativos y no consisten en asegurar una alimentación digna para todo el mundo. Eso ha conducido en muchos países subdesarrollados a problemas de insuficiencia alimentaria, destrucción del sustento de vida de muchos campesinos, que son lanzados a la miseria, la pobreza o el paro, mientras se fabrican alimentos para el mundo rico que provocan, entre otras cosas, exceso de peso.