No es lugar para abundar en esta tesis. Pero de igual manera que la globalización, como hecho mayor, alteró la relación de la religión con la vida pública hemos de preguntarnos si esta crisis -la grave y descomunal crisis financiera y económica que todo lo invade y que todo lo somete- va a tener algún impacto en los actores religiosos, si va a modificar en alguna medida la relación de la religión con la vida pública y si va a afectar al tablero de las relaciones entre socialismo y religión. Son éstas algunas de las preguntas que guiarán la reflexión.

TRES REFLEXIONES

Primera. I. Zubero en ‘Las nuevas condiciones de la solidaridad’, planteaba que en la modernidad occidental se habían practicado dos modelos de solidaridad, la solidaridad obrera, de los débiles entre sí, y la solidaridad del Estado de Bienestar, de los fuertes con los débiles, siendo que en ambos casos eran modelos de solidaridad “a favor del propio interés”. Sostenía que la irrupción del entonces llamado Tercer Mundo y los límites ecológicos del crecimiento nos exigía un nuevo modelo de solidaridad internacional “contra el propio interés”. No creo equivocarme si digo que durante décadas hemos imaginado que la emergencia de los países del Sur respondería a un modelo de igualdad por elevación. Ellos se igualarían a nuestro nivel de vida, a nuestra calidad de vida, la cual, por supuesto seguiría en un ‘continuum’ de crecimiento y progreso. Pero no ha sido así. Una de las revelaciones de la crisis es que la igualación de los países emergentes interrumpe el ritmo y quiebra el modelo de nuestro crecimiento económico. Nos exige “kénosis”, abajamiento a los llamados desarrollados. Es una igualación, bajo las inexorables leyes de la competitividad del mercado, no por razones morales, “contra el propio interés”. El grave problema es que ensancha las fallas de la desigualdad. Hay clases y clases. Hay países y países.

No es lo mismo pensar la crisis a escala nacional que a escala mundial. Se trata de salir no a codazos y pisotones sino juntos, en cooperación. Todas somos hijas e iguales. Ha sido la gran aportación del monoteísmo judeo-cristiano a la humanidad y su prueba definitiva: el amor al forastero, al extranjero. Convertir la religión en amor a lo mío, en factor de nacionalismo exacerbado es simplemente idolatría.

Una segunda reflexión. La crisis tiene algo de “experiencia religiosa” como decía la canción. Es lugar común que la crisis (o las crisis) es ocasión de revisión y llamada a la conversión. Pero las interpretaciones sobre la dirección del cambio no convergen. Para la derecha, el Estado -más el autonómico- ha sido un derroche, así que menos Estado, más mercado, y más centralizado. Para los nacionalismos, la marca España es un lastre, o seguir dentro de España es una ruina. Para la anti-política, las responsabilidades descansan en la corrupción y el despilfarro de la clase política, “no nos representan”. Para el socialismo… de momento nos las dan todas. En torno a la crisis se está librando una gran batalla en el proceso de construcción de hegemonías ideológicas.

¿CUÁL PUEDE SER LA APORTACIÓN DE LA RELIGIÓN?

Para dar un par de respuestas a la pregunta me voy a servir de Hermann Cohen, referente del socialismo ético neokantiano, fundador de la Escuela de Marburgo -inspirador del socialismo humanista de Fernando de los Ríos-. En la última etapa de su evolución intelectual, en que se revuelve contra la disolución de la religión en el universalismo ético ilustrado dice que la religión –para él el profetismo judío- aporta dos cosas: la primera, los pobres son los “fiadores históricos de la humanidad”, la suerte de Dios está unida a ellos, su destino histórico es la pauta de la ética, lo demás es manipulación; la segunda, la “individualidad moral”, la religión enfrenta al individuo ante su responsabilidad inalienable e ineludible ante Dios, impidiendo su disolución. Cohen vio en la religión judía la garantía de preservación del ser humano frente a su disolución por el capitalismo y por el totalitarismo del Estado.

Pues bien, si algo caracteriza a la religión es su acontemporaniedad. El peso de la tradición, la referencia trascendente y la relevancia del factor antropológico la hace refractaria a los cambios culturales rápidos. Este carácter, que ha sido negativo en el caso del avance de la igualdad de género o de los derechos civiles, puede sin embargo operar positivamente, como casa edificada sobre roca, en la necesaria rearticulación de la sociedad civil y de la política frente a la devastación de la crisis. No es empresa fácil someter la religión a la “lógica del mercado”. Todo lo contrario, pues como dice Benedicto XVI en ‘Caritas in veritate’ es la “lógica del don”. Las religiones pueden operar como muro de resistencia frente al totalitarismo económico. Eso sí, a condición de que las religiones activen el lado profético y de compromiso histórico.

Una tercera y última reflexión. La crisis económica ha impuesto una agenda política bien distinta a aquella que marcó la pauta del debate político en España con el tránsito de siglo, en particular 2004-2008. Con la economía a todo tren, a caballo de la burbuja inmobiliaria, el programa político socialista dejó a un lado la economía y la “vieja igualdad” para dotarse de nuevo contenido sobre la base de las demandas de la “nueva igualdad” de la sociedad posmoderna. Aquellas propuestas contra las nuevas dominaciones, minoritarias en los 80, fueron calando gradualmente en amplias mayorías sociales. Me refiero a las reivindicaciones de los llamados “nuevos movimientos sociales” de los 80-90 (C. Offe): pacifismo, feminismo, liberación gay, solidarismo internacional -derechos humanos, integración de inmigrantes, cooperación al desarrollo, etc.- ecologismo, también voluntariado social y el emergente tercer sector… El desarrollo de este programa desde la acción de gobierno que en su fase inicial conectó bien con la sensibilidad del cristianismo progresista, sin embargo fue alejándose de éste por ciertas involuciones, por un anticlericalismo reactivo, por cierto progresismo superficial y estético y por un desplazamiento de la identidad socialista a nuevas coordenadas “pos”. Lo central de ser socialista no era ya el combate por la justicia y la igualdad socio-económica, tampoco una superioridad ética en la acción política, sino un laicismo decimonónico, un liberalismo en materia de costumbres, matrimonio y familia, una defensa a veces más banderiza que coherente y crítica de lo público, y ciertos sectarismos en beneficio de los nuestros, a costa de la ética, del mérito y la cualificación profesional. Nunca se olvidó la militancia de la “vieja igualdad” y la solidaridad pero pasó a un segundo plano, era socialismo conservador. La relación entre socialismo y mesianismo -que no es algo negativo o peyorativo, al contrario, sin mesianismo no hay socialismo-, sufrió tensión, desafección y finalmente distanciamiento. Entre tanto, por la otra margen la defensa del ‘pack’ “patria, familia y religión” iba amalgamando y solidificando la relación entre derecha y religión, no exenta de tensiones.

La crisis nos obliga a volver a los fundamentos, a prescindir de hojarasca y papel cuché para quedarnos con lo esencial. Las religiones tienen aún reservas morales y espirituales que no debemos desaprovechar. ¿Será la crisis ocasión para resaltar lo que une al socialismo democrático con las tradiciones del profetismo religioso? La pregunta es pertinente.