Si las informaciones sobre utilización de armas químicas por el Gobierno sirio son ciertas, nadie podrá negar el carácter criminal de tales actuaciones. Aunque nadie debería olvidar tampoco todos los bombardeos y matanzas anteriores perpetradas contra la población civil en distintas partes de Siria. El espanto, por lo tanto, no es cosa solamente de los últimos días.

Las fronteras inhumanas de la incivilización, en esta perspectiva de devastación masiva, se empezaron a traspasar a gran escala con la Primera y, sobre todo, con la Segunda Guerra Mundial. La utilización de poderosos instrumentos de destrucción, desarrollados a partir de los avances científicos y tecnológicos, dio lugar a que la Segunda Guerra Mundial se convirtiera en uno de los mayores actos de aniquilación y barbarie masiva que se han conocido en la historia de la humanidad. Prácticamente todos los ejércitos en contienda perpetraron bombardeos masivos de poblaciones civiles, se asesinó a prisioneros indefensos, se internó a millones de seres humanos en campos de concentración y exterminio, se cometieron actos de saqueo y violación en masa en muy diferentes frentes y, al final, el horror de los bombardeos de Hirosima y Nagasaki puso un broche penoso de terror sin límites. Por eso, en dicha guerra las víctimas inocentes de la población civil -en un propósito deliberado- superaron en muchos cientos de veces a las de los propios soldados combatientes. Creo sinceramente que nuestra civilización, como tal, aún no ha sido capaz de comprender -y asumir- todo lo que ocurrió en aquellos aciagos tiempos.

Por eso, en los años posteriores a la contienda, los líderes democráticos más inteligentes y honestos pusieron el énfasis en la necesidad de atajar en sus raíces las causas de los conflictos que llevaron a tal estallido de barbarie, propiciando no solo condiciones justas de vida y trabajo entre los pueblos y garantizando el trato equitativo a las personas y el respeto a sus derechos inalienables, sino también potenciando los mecanismos institucionales que podrían ayudar a frenar y en su caso neutralizar el uso de la violencia injusta, indiscriminada y desproporcionada. De ahí el importante papel de Naciones Unidas y de los Parlamentos nacionales, como posibles cortapisas a la eventual ausencia de autocontrol de aquellos gobernantes que se crecen a sí mismos en el ejercicio del poder y en el uso de las poderosas armas de destrucción que manejan sus ejércitos.

La falta de consideración a Naciones Unidas y a los Parlamentos nacionales puede resultar, por ello, especialmente grave en circunstancias como las actuales, en las que resulta evidente que la gran mayoría de la opinión pública está en contra de la utilización de armamento sumamente destructivo para infringir “castigos” (generalmente a víctimas civiles) por las barbaridades criminales que han podido cometer algunos de sus dirigentes.

Como señaló un inteligente diputado tory (se supone que nada sospechoso) en el ejemplar debate que frenó las iniciales ínfulas agresivas-bombardeantes del señor Cameron “es difícil comprender en qué grado y sentido el lanzamiento de unos cuantos misiles sofisticados puede reducir en algo el sufrimiento del pueblo sirio”. Para aquel sorprendido diputado británico, lo más probable -le parecía- es que los bombardeos añadirán nuevas víctimas civiles al ya de por sí sufriente pueblo sirio.

La verdad es que algunos no somos capaces de entender la lógica con la que operan algunos de estos líderes mutados en nuevos jueces internacionales de la horca y el misil y cómo se puede intentar prescindir tan alegremente de tres pilares institucionales tan importantes en estas cuestiones como son los Parlamentos, la opinión pública y Naciones Unidas. ¿En qué queda la democracia si se intenta soslayar estos tres pilares, o si se los intenta manipular de manera grosera y desmedida? Pero, aún con el eventual apoyo de algunos Parlamentos y organismos internacionales, quedará pendiente la controvertida cuestión de la especificidad y la delimitación en la atribución de responsabilidades, penas y castigos. Es decir, una justicia universal -que nunca tendría que ser aplicada unilateralmente por un solo líder o una sola nación- no debiera ejercerse nunca de manera indiscriminada y general, sino sentando en el banquillo solamente a aquellas personas que han sido responsables de actos de barbarie criminal concreta. Y si esto no sucede así con toda claridad, especificidad y garantías, la espiral de responsabilidades de destrucción no se sabe nunca dónde podrá terminar. Todo dependerá, en ese caso, de que exista otra potencia con armamento militar superior que pueda decidir quién castiga al último castigador. Y hasta llegar a ese punto todos los anteriores podrán ser reputados como criminales si han causado con sus acciones de bombardeo víctimas inocentes.

Si fuéramos capaces de ponernos en el lugar de la población siria, que en estos momentos contempla los análisis y debates internacionales sobre cómo, cuándo y con qué intensidad van a ser bombardeados a distancia, con armamentos muy sofisticados, por algo a lo que ellos son completamente ajenos, ¿cómo nos sentiríamos? ¿Qué pensaríamos? Y en el momento en el que empiecen -ojalá que nunca ocurra- a atronar las nuevas bombas, las sirenas y el ulular de las ambulancias, ¿qué pensaríamos sobre el sentido de la justicia que tienen aquellos que han dado la orden de castigo? ¿En qué lugares caerán muchos misiles? ¿Tendrán algunos la desvergüenza de hablar nuevamente de “víctimas colaterales” imposibles de evitar?

Mucho de lo que está ocurriendo y sucediendo revela hasta qué punto podemos estar ante una seria degradación de los criterios de orientación moral y ante un deterioro notable de la calidad humana y política de una parte importante de las élites dirigentes. Deterioro en lo que se refiere a su inteligencia, a su capacidad de autocontrol, a su disposición para someterse a los principios del Derecho, de la racionalidad y a los controles institucionales democráticos, y también deterioro respecto a la posibilidad de mantener bajo control sus desbordados egos personales, anteponiendo incluso el riesgo de “no quedar mal” a la posibilidad de causar víctimas inocentes con sus acciones bélicas.