La Real Academia española define juventud como “la edad que se sitúa entre la infancia y la edad adulta”. Es un concepto multidimensional, que está afectado por diversas variables bio-psico-sociales. La juventud se corresponde con una determinada fase vital y constituye una posición socialmente construida. Históricamente ha estado vinculada a la edad biológica, pero hoy en día en los países más desarrollados el concepto ha adoptado una nueva contingencia, puesto que hay distintas modalidades de ser joven, de vivir y de sentir la juventud, condicionadas por variables económicas, sociales y culturales.

Hasta hace apenas cien años los niños pasaban directamente de la protección de sus padres al mundo de los adultos, mediante ritos de paso o de iniciación. En Grecia, por ejemplo, entre las elites el tránsito tenía lugar cuando el niño se convertía en efebo o en Roma cuando abandonaban la “toga pretexta” por la “toga viril”. En las sociedades de nuestros días, los jóvenes tienen distintos modelos de conducta, en ocasiones difusos, que van más allá de emular la conducta de sus abuelos y padres, tal como sucedía hasta hace tan solo varias generaciones. Como consecuencia de lo anterior, la adolescencia se ha ampliado hasta edades más avanzadas y ya no están claros los límites entre el novicio (el niño puber) y el joven. Lo mismo sucede con el paso de la juventud a la edad adulta, ya que muchos jóvenes actuales por su año de nacimiento hubieran sido considerados adultos hace dos décadas y viceversa.

Diversos factores han coadyuvado en este cambio. Por un lado, el aumento de la esperanza media de vida, que ha modificado los ciclos vitales. Por otro lado, la universalización y obligatoriedad de la educación hasta los 16 años y la prolongación en el tiempo de los estudios universitarios, que ha ido ampliando la edad juvenil más allá de los 25 años. Si a lo anterior añadimos las dificultades estructurales del mercado laboral español, la realidad es que un sector de los jóvenes, ante las dificultades de acceso al trabajo, siguen estudiando pues son conscientes de que a mayor formación, mayores posibilidades de normalizar sus vidas. Algunos son brillantes titulados en diversas disciplinas, han cursado masteres y cursos de especialización de alto nivel, manejan idiomas con soltura, se desenvuelven con soltura en las nuevas tecnologías y disfrutan de una gran libertad, pero no encuentran su lugar en la sociedad. Devienen en jóvenes crónicos, que con más de 30 años no tienen más opción que vivir con sus más o menos viejos padres, según les consideremos con una mirada caduca o actual.

Todo lo anterior está teniendo efectos perversos, pues ni económicamente, ni psicológicamente logran romper el cordón umbilical respecto a sus familias de origen, habiendo ya comprometido las tasas de fecundidad. Además, podrían llegar a ser un polvorín para la sociedad, les frena el amparo y protección de sus familias y la inercia de una situación que no es fácil para ninguno de ellos. Tampoco lo fue, efectivamente, para nuestros padres y abuelos, que vivieron la difícil experiencia de una España empobrecida y sin futuro y algunos optaron por la emigración hacia los países europeos. Con la Transición democrática, España inicia un cambio en positivo en todos los órdenes de la vida social y se convierte con la llegada del nuevo siglo en uno de los países más ricos del mundo. Muchos hijos de la Transición, los adolescentes y jóvenes de aquellos años que como yo nos educamos bajo la influencia de los aires renovados y la ilusión de aquellos años, aprovechamos las oportunidades que nos brindó la historia y pudimos encontrar nuestro hueco. Sin embargo, otros quedaron en la cuneta, fueron quizá los más osados o apocados, que por no adaptarse a la nueva sociedad emergente se sumergieron en tentaciones sin sentido y perdieron el rumbo de sus vidas. Pero todos sabíamos lo que debíamos hacer, lo que la sociedad nos exigía para integrarnos, que el camino no era fácil, que había que luchar, pero que con esfuerzo podían alcanzarse las metas propuestas.

Ahora el escenario es otro, máxime en tiempos de crisis como la actual. Los jóvenes no tienen claro qué es lo que deben hacer para integrarse plenamente en la sociedad, pues formarse, como nunca hasta ahora ninguna generación lo había hecho, y esforzarse, no les garantiza su integración y la posibilidad de desarrollar proyectos vitales a medio y largo plazo. ¿Qué hacer para que recuperen los espacios perdidos y su identidad? Su integración pasa necesariamente por una reestructuración del mercado laboral y sobre todo porque los gobiernos entiendan que es insostenible que en España la tasa de desempleo de los jóvenes menores de 25 años ascienda al 39,16% y que las proyecciones de la OCDE prevean que se mantendrá por encima del 40% en el año 2011. La situación es más complicada para aquellos que carecen de una formación adecuada, pues si no logran encontrar o conservar el primer empleo, tienen un alto riesgo de entrar dentro del grupo de los parados de larga duración.

Para hacer frente a estas tendencias, la OCDE ha planteado que es necesario, en primera instancia, garantizar ayudas a los parados jóvenes con el objetivo de permitirles seguir buscando trabajo, pues dos tercios de ellos no perciben subsidio de desempleo. A la par debería ofrecerse la oportunidad de participar en programas de formación o de capacitación profesional. Resultaría imprescindible que los gobiernos potenciaran las campañas de sensibilización para animar a los jóvenes menores de 20 años a que continuaran preparándose, con la finalidad de que todos tuvieran una cualificación mayor. Y para aquellos que apuestan por cualificarse con una alta especialización permitirles que ofrezcan su capital de conocimientos a la sociedad, pues aunque el futuro se traza y construye desde el pasado, discurriendo por el presente, si no actuamos teniendo en cuenta a las generaciones que vivirán y tomaran las decisiones del mañana, ¿qué tipo de sociedad estamos construyendo?, ¿sería viable un mundo de adultos que no han podido madurar, por razones ajenas a su voluntad?, ¿no estaríamos ante la perspectiva de una mayor dualización social?.

Esperemos que no sea así y que los jóvenes no se vean avocados a cronificar su juventud, que la madurez les llegue sin quiebros, con la naturalidad que conlleva cumplir años y vivir las experiencias del día a día.