En contraste con aquellas organizaciones que viven una experiencia permanente de debates sin fin, y casi sin método, en buen parte de los partidos socialdemócratas tradicionales la práctica de los debates internos ha ido cayendo en desuso, hasta acabar siendo asociada a ideas de conflicto y tensión interna. Ciertamente para todo líder que ejerce el poder suele resultar un poco incómodo encontrarse continuamente sometido a la crítica y a los debates sobre los más diversos aspectos de su actuación. De esta manera, la concurrencia de las tendencias hacia una exaltación de los liderazgos y una acentuación de sus dimensiones mediáticas ha dado lugar a que algunos de los viejos partidos socialdemócratas hayan terminado dominados por hiper-liderazgos, raramente cuestionados desde abajo. La centralización de los poderes políticos, por su parte, ha conducido en muchos casos a que la mayor parte de los nombramientos, y hasta la nominación de los candidatos, dependan de la voluntad o al menos de la anuencia de unos líderes centrales que suelen dirigir los partidos rodeados de grupos compactos de leales que conforman órganos de dirección sin apenas discrepancias ni aristas. Por eso, de ahí hacia abajo las organizaciones partidarias tienden a hacerse bastante planas y conformistas.

El problema es que con organizaciones y liderazgos de este tenor, cuando aparecen problemas y dificultades, apenas puede aflorar la necesaria capacidad interna de análisis y de innovación y los partidos tienden a anquilosarse y a perder brío y capacidad de sintonía social y de atracción electoral. Por no mencionar los correspondientes fallos en el reclutamiento de cuadros, a medida que las organizaciones pierden porosidad y dinamismo desde abajo y que los líderes rechazan las diferencias de opiniones y prefieren a “colaboradores” leales y sumisos, antes que a políticos capaces e innovadores. De ahí a la rutina y a la decadencia, como puede entenderse, sólo resta un paso.

En estos contextos la simple idea de los “debates” a veces produce alergia. Por mucho que aquellos que reclaman debates aleguen necesidades perentorias o apunten riesgos de retrocesos electorales, algunos no dejan de contemplar con recelo, e incluso con miedo, este tipo de prácticas antaño tan habituales. De ahí que los más sumisos a las jefaturas suelan reaccionar con regañinas e incluso con acusaciones veladas de traición cuando los críticos sugieren la pertinencia de algo tan normal como debatir sobre las causas de un fracaso electoral y reclaman esfuerzos por identificar causas y estudiar remedios y eventuales alternativas. En ocasiones, las actitudes de rechazo de las que hacen gala los más devotos practicantes de la “debatefobia” son tan extremas y severas que casi parece que aun no hubieran superado los viejos influjos culturales heredados del régimen anterior, en el que la propia actividad política y cualquier conato de disidencia o de debate era considerado poco menos que como un mal en sí y “pecado” de lesa traición patria.

Ante estas situaciones –aun por muy tácitamente que se manifiesten– es preciso recordar que una de las diferencias primordiales entre los partidos comunistas y los socialdemócratas fue precisamente la “debatefobia” y hasta las persecuciones estalinistas contra los disidentes y discrepantes, frente al ejercicio práctico de la democracia interna más propio de los partidos socialdemócratas, que han venido siendo entendidos desde sus orígenes como organizaciones de seres libres y responsables, con el derecho, y hasta con la obligación, de aportar sus ideas y criterios en cada momento.

La cuestión, pues, estriba en cómo superar actualmente las derivas negativas hacia la “debatefobia” y hacia hiperliderazgos descompensadores que, si llegan a ser demasiado fuertes y excluyentes, pueden conducir a involuciones desdemocratizadoras y, por lo tanto, disfuncionales y potencialmente esterilizadoras, precisamente en unos momentos en los que se necesitan debates útiles, constructivos y esclarecedores y estrategias precisas de democratización interna, que no oscilen hacia el extremo opuesto y que no sustituyan los estados actuales de cierta atonía y desinterés por una amalgama abigarrada de debates sin rumbo ni posibilidades de traducción práctica. Es decir, lo que se precisan son debates bien articulados –¿alguien se acuerda del debate del Programa 2000, por cierto?– y mecanismos participativos claros y operativos, que conduzcan a desenlaces organizativos que merezcan legitimidad suficiente y apoyos crecientes.

No es infrecuente que los adictos de la “debatefobia” y los dirigismos desde arriba aleguen ejemplos históricos más o menos próximos o lejanos para prevenirnos de los riesgos de partidos debilitados y fracturados en las confrontaciones internas, o de organizaciones matrices como la Internacional, de la que antaño fueron desgajándose libertarios, socialistas y comunistas.

Pero tales objeciones revelan que algunos ni entienden nada, ni saben valorar apropiadamente las necesidades de cada momento histórico. Cuando en Estados Unidos debatían acaloradamente los partidarios de Hillary Clinton y Barack Obama, los agoreros de turno anunciaron que el Partido Demócrata se estaba destrozando y debilitando en las luchas internas y que así sería imposible ganar a los republicanos. Pero, lo cierto es que el debate movilizó ideas y personas y, una vez finalizadas las elecciones primarias, todos aceptaron el resultado como legítimo, cerraron filas y se aprestaron a confrontarse con los republicanos, con más fuerza e ilusión que antes, incorporando a la campaña electoral a muchos jóvenes y ciudadanos de diverso tipo, que posiblemente no se hubieran implicado en otra campaña de carácter más anodino e intrascendente. Al final, como vimos, ganó un candidato en principio bastante atípico y poco representativo de los aparatos y los poderes económicos establecidos; refutando una vez más el manido tópico de que las elecciones primarias siempre las ganan los que son respaldados por los grandes poderes. Lo cual ni es cierto, ni ha sido cierto en muchos otros casos y lugares.

En suma, hay que reconocer que la democracia –la más amplia democracia posible– nunca ha de ser vista como un problema, sino como una solución. Y desde luego –recordando el famoso aserto de Churchill– como la solución menos mala posible, la que se encuentra en las antípodas de los hiperliderazgos auto-decadentes, o de los neobonapartismos negativos e imposibles.