Parecía que la Transición Democrática había logrado encauzar de manera razonable los principales problemas históricos de la “España invertebrada”. Sin embargo, la evolución de los hechos, la radicalización de las posturas, la exageración de algunas reivindicaciones (como coartada político-electoral) y determinados defectos en el funcionamiento de los últimos gobiernos, han contribuido a reabrir nuevamente algunos contenciosos históricos en una manera que amenaza con enconar más los problemas y no resolverlos.

En el estado de cosas al que estamos llegando, hay bastantes responsabilidades repartidas y no podrá negarse que algunos hemos sido bastante críticos -incluso demasiado críticos a veces- con el último Gobierno de Rodríguez Zapatero. Pero lo cierto es que buena parte de la responsabilidad en el fracaso de encontrar un encaje positivo y consensuado de la España actual en su contexto europeo, hay que atribuirla a la derecha española. Tanto a la derecha nacionalista catalana y vasca, como a la derecha española centralista y poco modernizante. Responsabilidad, tanto por acción (por errores y arrogancias), como por omisión (no se entienden bien algunos silencios y pasividades).

Después del último asalto violento y cruel de las derechas españolas más tradicionales al poder, con todas sus secuelas de destrucción humana y material, de oscurantismo, de aislamiento, de retraso económico y de regresión histórica, parecía que tanto unos como otros habían -habíamos- aprendido la lección y eran conscientes de que tenían que coincidir en intentar el desarrollo y modernización de unas estructuras económicas, sociales y políticas homologables a las de los países de nuestro entorno. Y, así, todo fue razonablemente bien durante varios años. Sin embargo, bastó que algunos privilegios, a veces muy abusivos, empezaran a ser cuestionados y que las tornas económicas volvieran a ser adversas, para que una parte importante de la derecha española más arcaica retornara a posiciones políticas y sociales bastante duras y regresivas. Al tiempo que las derechas nacionalistas vascas y catalanas tendían a encastillarse en enfoques que, evidentemente, van a tener una articulación muy difícil y problemática en el nuevo contexto europeo. Lo cual supone despreciar todas las oportunidades que podría ofrecer el desarrollo político del proyecto europeo para encajar positivamente -y sin traumas- determinadas aspiraciones.

Quizás el elemento más peligroso del escenario que se está prefigurando es que, por un lado, la derecha que ahora lidera Mariano Rajoy se encuentra hostigada y presionada desde su flanco derecho, al tiempo que, con su comportamiento arrogante e imperativo, está derribando puentes y posibilidades de interlocución con los sectores sensatos de la izquierda, que mostraron tan alta capacidad de interlocución y acuerdo durante el período de la Transición Democrática. Resulta preocupante, en este sentido, que en la izquierda empiece a cundir el desánimo sobre los logros y los enfoques de la Transición y se empiece a extender la percepción de que las renuncias de entonces acabaron siendo aprovechadas y puestas en cuestión por la actual derecha gobernante, que no desaprovecha la ocasión para negar el pan y la sal a los sindicatos, a los partidos de izquierda y a los sectores más débiles y necesitados de la sociedad española.

A su vez, respecto a los sectores económicos que podrían estar -en principio- detrás de las derechas nacionalistas vascas y catalanas, es difícil saber si tienen algún proyecto viable de futuro en este momento. Desde luego, la vía del independentismo puede acabar provocando una auténtica catástrofe económica para estos sectores, cuya proyección e intereses son, obviamente, supranacionales. De ahí que ciertas formas de independentismo en estos momentos sean en gran parte un reflejo de los malestares subyacentes y tengan una clara caracterización de “fenómeno ideológico” (en el sentido de Manheim), no respondiendo a una mínima racionalidad histórico-económica. Con todas las dificultades que de ahí podrían derivarse.

En cualquier caso, el gran problema es la ausencia de un proyecto moderno de España, que sea positivo y esté adaptado a los tiempos históricos por parte de la derecha tradicional española. Un proyecto que pueda ser viable y verosímil tendría que incardinarse con los diseños que están esbozando otros países europeos y tendría que caracterizarse por una seria capacidad de diálogo, de interlocución y de sensibilidad social. Es decir, no debería ser un proyecto -no puede ser un proyecto- basado en arrogancias y en enfrentamientos de unos con otros, sino que debería ser un proyecto dotado de capacidad de objetivación y de sensibilidad social. O si queremos decirlo de otra forma, tendría que ser un proyecto con altura de miras y con una perspectiva histórica a medio y largo plazo. Algo que resulta inexcusable en momentos de cambios profundos y de composición y recomposición de los escenarios económicos y de las arquitecturas políticas supranacionales.

Por todo esto, creo que somos muchos los que nos preguntamos: ¿Dónde están los líderes y los equipos políticos con capacidad de articular y desarrollar las alternativas que ahora son necesarias? ¿Dónde está el ‘seny’ de los catalanes? ¿Y la capacidad emprendedora y realista de los vascos? ¿En qué «padrinos» estarán pensando algunos? ¿Cuáles podrían ser las consecuencias y los costes del aventurismo político?